Dos niñas solían ser amigas — una amistad infantil común, sincera, cálida y sin condiciones. Jugaban juntas después del colegio, compartían secretos, sueños y risas. Pero con el paso de los años, una cosa importante se volvió evidente para ellas: incluso en familias similares, el amor puede manifestarse de maneras muy distintas.

Dos niñas, Begoña y Almudena, fueron amigas desde la infancia, una amistad sencilla, sincera y cálida, sin ataduras. Después del colegio jugaban juntas, compartían secretos, sueños y risas. Con los años se hizo evidente que, aun en familias parecidas, el amor puede manifestarse de maneras muy distintas.

Sus madres eran totalmente diferentes en hábitos, comportamiento y en la forma de cuidar. La madre de Begoña vivía sólo para sus hijos. Trabajaba sin descanso, casi no dormía, siempre tenía prisa y se ocupaba de todo menos de sí misma. Cuando compraba algo rico, nunca se guardaba nada; solo lo llevaba a los niños. Si alguien le pedía ayuda, ella aceptaba aunque estuviera al borde del agotamiento. Solía decir:

«Lo esencial es que los niños estén bien. Yo después. No me necesito».

En cambio, la madre de Almudena actuaba de otro modo. También trabajaba y amaba a sus hijos, pero con mayor serenidad y sensatez. Al volver del trabajo no corría a la cocina ni al fregadero. Primero ponía la tetera, se sentaba junto a la ventana y decía:

«Niños, un momento, necesito estar conmigo misma».

Encendía la radio a bajo volumen, partía una barra de chocolate y proponía con dulzura:

«Vamos a tomar un té. Necesitan una madre descansada, no una agotada».

Al principio Begoña no lograba entenderlo. Le parecía que el amor verdadero consistía en que la madre se olvidara de sí y se sacrificara por completo, porque desde pequeña le habían repetido: Mamá es sinónimo de entrega.

Pasaron muchos años. Las chicas crecieron. La vida las llevó a diferentes ciudades: Begoña a Zaragoza, Almudena a Granada, pero los recuerdos permanecieron. Con el tiempo se hizo visible la distinta trayectoria de sus madres.

La madre de Begoña se quemó por el estrés constante, por las interminables preocupaciones y por sentir que su vida pertenecía a todos menos a ella. Apenas disponía de tiempo para descansar, para disfrutar, incluso para cuidar su salud.

La madre de Almudena, por el contrario, aprendió a preservarse. Así tenía fuerzas para reír, viajar, contemplar los amaneceres, cuidar a sus nietos, hornear bizcochos y, después de los sesenta, decir:

«Me siento bien porque soy feliz. Mis hijos lo perciben».

Cada vez que le preguntaban su secreto, respondía sin rodeos:

«Una madre feliz es el mejor regalo para los hijos».

Confundimos a menudo el amor con el agotamiento. Creemos que el cuidado es siempre después de uno mismo, que entregarlo todo equivale a ser una buena madre. Pero no es así. El amor también implica preocuparse por uno mismo. Sólo una madre tranquila, reposada y sonriente puede brindar a sus hijos un calor auténtico, que no quema sino que reconforta.

Cuando la madre se olvida de sí, el mundo a su alrededor pierde luz. Cuando encuentra tiempo para sí, la casa se llena de calma, risas, aroma a té y chocolate. Entonces los niños aprenden lo esencial: amarse a sí mismos, no avergonzarse de descansar y vivir en armonía.

Por eso, cuídate. Bebe tu té despacio, saboreando cada sorbo. Ríe sin motivo. Compra una tableta de chocolate por 2 también para ti. No esperes a que alguien te permita descansar.

Porque la familia empieza con la madre, y la madre comienza con la felicidad.

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Dos niñas solían ser amigas — una amistad infantil común, sincera, cálida y sin condiciones. Jugaban juntas después del colegio, compartían secretos, sueños y risas. Pero con el paso de los años, una cosa importante se volvió evidente para ellas: incluso en familias similares, el amor puede manifestarse de maneras muy distintas.
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