El Vecino y Su Compañero

En el último día de agosto el portal del edificio de la calle Gran Vía seguía su rutina habitual: el ascensor gemía, el conducto de basura hacía crujir sus tapas, los niños bajaban sus patines al sótano con ruido de ruedas. Carmen volvía del trabajo siempre a las siete en punto, y casi todas las tardes, al llegar a la planta cuarta, percibía el hedor del pienso canino y el golpeteo de unas garras sobre el linóleo. Así sabía que, tras la puerta número setenta y tres, de nuevo dormía Antonio Martínez, y en el umbral le aguardaba pacientemente su mestiza, Luna.

Antonio rondaba los sesenta años. Durante años había sidoElectricista del ayuntamiento, luego se tomó una baja por enfermedad y, a partir de entonces, la gente comenzó a murmurar que pasaba mucho tiempo bebiendo. Sin embargo, aun en los días más duros, la perra se mantenía impecable: el cuenco de agua siempre estaba lleno, su pelaje nunca estaba enmarañado, y en los paseos nocturnos Luna llevaba un brillante collar rojo, que su dueño contaba haber ganado en su primera sobriedad premiada.

Carmen había aprendido a notar los pequeños gestos: la servilleta que Antonio colocaba bajo los cuencos para evitar que resonaran, los paquetes de basura enrollados que sobresalían de su bolsillo, el tímido gracias que soltaba cuando, sin querer, se interponía en la escalera. Aquellos detalles mitigaban la irritación que, inevitablemente, surgía cuando de la vivienda se escuchaban gritos ebrios o el choque de vajilla. Nadie lograba comprender cómo alguien capaz de cuidar a un animal no encontraba la forma de cuidarse a sí mismo.

A principios de septiembre el ruido aumentó. Al principio se limitaba a música alta después de la medianoche, pero pronto Antonio empezó a hablar con la radio, exigiendo al locutor que pusiera algo decente. Los bajos retumbaban por los muros, haciendo temblar los vasos en la cocina de Carmen. En el grupo de WhatsApp del edificio comenzaron a llegar denuncias: ¿Hasta cuándo? escribía la vecina de la quinta planta. No se puede acostar al niño. La presidenta de la comunidad, Pilar Gómez, propuso llamar a la policía; otros argumentaban que había que pensar en la perra. Lo más curioso era que Luna ladraba con muy poca frecuencia, como si comprendiera que no debía subir el volumen.

Carmen se obligó a aguantar un par de noches, pensando que se calmaría. Pero en la cuarta noche percibió, desde la rendija bajo la puerta setenta y tres, no el aroma del pienso, sino el hedor acre de aguardiente, y vio a Luna rasgándose hasta sangrar intentando salir. Antonio no respondió al golpeteo. Carmen marcó su número; el auricular solo emitía un zumbido vacío. Entonces subió al piso de arriba, donde vivía Natalia Sánchez, y juntas buscaron una solución. No hubo gritos, pero la tensión apretaba el aire como una cuerda tensada.

En la reunión improvisada en el propio portal la gente hablaba sin parar. Unos sugerían forzar la puerta, otros denunciaban al viejito borracho, y algunos pedían compasión por el animal. Carmen sujetaba a Luna con una correa; la perra había sido encontrada cerca del conducto de basura, rascando la puerta entreabierta. El pelaje se humedeció con la respiración de la perra, y una de sus patas temblaba. En la primera planta estaba el portero, que llamaba a la empresa gestora para ver si podían cortar la energía al infractor y levantar un acta. Desde el altavoz contestaban cotidianamente: Presente la solicitud por escrito.

El domingo por la mañana la situación se desbordó. En la escalera se percibía olor a vómito y a medicinas; la puerta setenta y tres estaba entreabierta y se oía un gemido profundo. Carmen pulsó el 112, explicó al operador que el vecino estaba inconsciente, posiblemente intoxicado por el alcohol. Le pidieron que informara la dirección, la edad del afectado y el estado del pulso. Con la rodilla sujetó a la perra, y con la otra mano, temblorosa, contaba los latidos del corazón de Antonio: lentos, escasos, pero presentes.

La ambulancia llegó en quince minutos: una furgoneta blanca de la empresa MediCar resbaló sobre el pavimento mojado del patio. La enfermera, una mujer de semblante serio con chaqueta azul marino, percibió de inmediato el hedor del corredor, aunque su rostro permanecía impasible. Le tomó la presión, le instaló una perfusión de solución fisiológica y un antídoto contra la intoxicación etílica. Los policías que también fueron llamados se limitaron a redactar el informe por el ruido y a firmar por la puerta forzada. Tras retirar al hombre, los médicos permitieron que Luna se quedara en el piso, bajo la promesa de Carmen de sacarla y alimentarla. La puerta quedó sellada con una cinta roja y blanca, con fecha y firma.

Dos días después, a mediados de octubre y bajo una lluvia tenue, el portal todavía olía a desinfectante y en los escalones brillaban manchas húmedas de botas. Antonio volvió del hospital una madrugada, con una bolsa de plástico que contenía una bata y documentos arrugados. Parecía un hombre que llevaba ropa ajena: los hombros caídos, la mirada buscando un escondite. En la planta baja se reunieron los vecinos, incluida la administradora del edificio, Margarita Álvarez, una dama de pelo rizado con una tablet bajo el brazo. Carmen sacó a Luna de su apartamento y la llevó, callada, al dueño. La perra se metió con el hocico entre sus piernas, se agitó con todo su cuerpo y, de repente, Antonio soltó una lágrima, intentando ocultar su rostro entre el grueso cuello gris de la perra. Ese instante silenció el alboroto; incluso el más estricto vecino, Sergio, que había redactado una denuncia al guardia civil, bajó la vista.

Antonio inició Margarita Álvarez con voz firme y empresarial, vamos a tramitarte la ayuda social. ¿Trabajas? No susurró él. Entonces: o iniciamos la rehabilitación, o la comunidad presentará una demanda por alteración del orden. ¿Comprendes las consecuencias? Antonio asintió, mirando a Luna como buscando una señal. Carmen permanecía al lado, sintiendo cómo la perra temblaba, no por frío, sino por una energía desbordada que no sabía canalizar. En ese momento Carmen comprendió: la solución dependía de todos, pero la primera palabra tenía que ser suya.

Antonio alzó la vista lentamente: Firmaré todo lo que sea necesario, pero no me quiten a Luna. Su voz era ronca, pero firme. Los vecinos se miraron entre sí. Margarita suspiró: Nadie lo hará. Pero los requisitos son claros: silencio después de las diez, prohibido el aguardiente, informe semanal al guardia civil. Te ayudaremos con la documentación en el Servicio Público de Empleo y en la clínica. Extendió el bolígrafo; Antonio firmó junto a su apellido, marcando un punto nuevo en su vida. El giro se había consumado, y el camino de regreso al caos quedó cerrado.

Pasaron varias semanas desde que Antonio completó los papeles para el programa de rehabilitación. Cada mañana ahora salía temprano, se ponía una chaqueta vieja, y llevaba a Luna a pasear. La perra movía la cola con vigor, mirándolo con esos ojos vivos que parecían comprenderlo todo. Carmen, una tarde, lo vio conversar con Luna como si le contara sus planes del día o simplemente le agradeciera su compañía.

Una semana después los vecinos volvieron a congregarse en la sala de reuniones del portal, pero el tono era más suave, más sereno. Ya no se hablaba con autoridad, sino con interés: cómo apoyar a Antonio, darle una oportunidad para no recaer. Natalia propuso recolectar naranjas y otras frutas para que sintiera el cuidado de los demás. Todos asentían; era un gesto pequeño pero sincero.

Antonio fue cambiando sus hábitos. Ya no sentía la necesidad de refugiarse en la borrachera; pasaba las noches leyendo viejos libros y descubriendo nuevas lecturas para distraerse. El eco de los golpes sordos y los gritos ebrios desapareció del portal, reemplazado por el susurro de las páginas que se pasaban y por recuerdos que resonaban en su ánimo.

Una noche, al volver del trabajo, Carmen vio a Luna, sentada frente a la puerta setenta y tres, rascándose con sus patas traseras, pero ya sin resbalar el linóleo. Sonrió; la perra claramente se había acostumbrado a la tranquilidad, al igual que el resto de los vecinos. Se oyó el crujido de pasos, y al abrir la puerta Antonio salió al patio:

Buenas noches, gracias por el apoyo, significa mucho para los dos dijo, acariciando a Luna en la cabeza.

Carmen notó que Margarita Álvarez se acercaba con un libro bajo el brazo. Lo ofreció con una sonrisa amable:

Creo que esto es para ti. Si te gusta, hay más.

Antonio tomó el libro; su mirada era la de quien recibe un regalo de un viejo amigo. Ese libro trajo consigo nuevas esperanzas; sobre todo, la promesa de una velada tranquila entre gente cercana.

Los vecinos también percibieron que Antonio cuidaba más a Luna. Lo vieron entrar en la clínica veterinaria y comprar pequeños juguetes y premios en la tienda del barrio. Detalles pequeños, casi imperceptibles, que añadían matices a su nueva vida. Luna siguió siendo su fiel compañera, no solo manteniéndolo a flote, sino estando siempre a su lado cuando necesitaba una pata cálida o la mirada atenta de unos ojos castaños llenos de cariño.

El otoño dio paso al invierno. Los días se acortaban, las noches se volvieron realmente frías. Cada vez era menos frecuente ver a Antonio en la calle, pero cuando aparecía ya no era como el hombre que se ocultaba tras la sombra, sino como un habitante corriente de la ciudad. Al regresar del centro de rehabilitación comprendió que aquel camino había sido el inicio de un cambio; un pequeño paso, pero el correcto.

Al llegar el invierno, comprendió que los vecinos, antes críticos con su modo de vida, resultaron ser aliados en su dura lucha interior. Respetaron sus límites, y él aprendió lo que significaba ser parte de una comunidad, de un portal, y de la vida de Luna, que los unía a todos.

La primera nevada cubrió todo a su alrededor, ocultando el paisaje gris bajo un manto blanco. En la entrada del edificio Antonio y Luna se encontraron con Carmen.

¿Qué cree, Carmen, ahora sí será tranquilo? Esta vez la pregunta salió cargada de esperanza.

Creo que sí. Ve, el río está helado, la nieve ha caído. Es el comienzo de una nueva estación, no solo para el patio, sino para todos nosotros respondió Carmen, viendo cómo Luna olfateaba la nieve y dejaba pequeñas huellas en el césped.

Él asintió, y ese sencillo gesto selló el final de su largo proceso de reconciliación.

Desde ese momento, cada habitante del edificio sabía que la perra seguía siendo el puente que unía a gente que, a simple vista, parecía estar en orillas opuestas.

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