Una mañana tardía de marzo, bajo una niebla que aún colgaba como cristal sobre las ramas de los castaños que bordeaban la entrada, Sergio Víctor Fernández se detuvo frente a las puertas de cristal del albergue Jardín de Luz. Un cubierto de escarcha plateada todavía se aferraba a los árboles y, sobre el empedrado, una sanitaria arrastraba un cubo de agua descongelada. Ajustó el guante, comprobó que el carné de guardia privado reposaba en el bolsillo del pecho y empujó la puerta tibia.
Cuarenta años atrás había dejado el patio de la academia como alumno de primer año; ahora, a los cincuenta y cinco, cruzaba el umbral de aquel lujoso hogar de ancianos como nuevo vigilante. La pensión militar le mantenía a flote, pero la hipoteca del hijo y las pastillas de la esposa devoraban los sobres. El curso de reciclaje, la inspección médica y el certificado de antecedentes quedaron atrás; aquel día era su primer turno.
El administrador Guillermo, un joven esbelto con chaqué perfectamente planchado, le guió por el pasillo. En las paredes colgaban reproducciones de Zurbarán, y una suave luz amarilla se filtraba desde el techo. El puesto está junto al despacho del médico explicó Guillermo. Registrarás las entradas y velarás porque nadie extraña altere la paz de los residentes.
Sergio tomó asiento frente a una mesa compacta con monitores de vigilancia. En la pantalla, el amplio vestíbulo parecía un acuario: sofás de piel, una máquina expendedora de café y, a la entrada, una figura de plástico de una abuela sonriente. Deslizó el dedo sobre una tarjeta laminada que mostraba tres alas habitacionales, fisioterapia y piscina. El lujo era indiscutible, pero el murmullo de la vida humana apenas se percibía.
Al mediodía, acompañando a la enfermera Begoña Pérez en la ronda, conoció a los moradores. El coronel retirado Alejandro Méndez, también veterano, llevaba siete años más que él. La antigua jefa de departamentos, Margarita Sánchez, sostenía un libro electrónico. Ambos inclinaron la cabeza en saludo, pero sus miradas permanecían alerta, como si esperaran una orden que lo cambiara todo.
Después del almuerzo, la sala de comedores olía a eneldo fresco y vapor de esterilizadores. Los residentes adinerados degustaban salmón dietético, repartiendo los bocados con la precisión de cirujanos. Tras una mampara de vidrio, curiosos nietos ataviados con plumíferos costosos agitaban la mano, cerraban la tapa del móvil y se apresuraban a la salida.
Al segundo día de trabajo, Sergio salió al patio interior. El débil sol hacía brillar los azulejos húmedos y Margarita, envuelta en un largo pañuelo, miraba el camino. Espero a mi nieta. La universidad está cerca, pero el camino es como llegar a la Luna musitó, entre sonrisa y sonrisa. Al caer la tarde, el guardia anotó que nadie había visitado a la señora Lira.
Lo observado le recordó al médico del pueblo donde yacía su madre. Allí no había suelos de mármol ni máquinas importadas, pero la nostalgia resonaba con el mismo eco sordo. La riqueza, descubrió, no salvaba de la soledad.
Desde la cámara de la tercera ala, observó a Alejandro Méndez sentado largo tiempo junto a la ventana, con la tableta apagada. La víspera, su hijo había traído frutos secos, firmado papeles y se había ido quince minutos después. Ahora el padre contemplaba el cielo gris, como quien calcula la trayectoria de un disparo de artillería sin objetivo.
En la sala de fumadores del personal, el sanitario Andrés compartió: Según el reglamento, los residentes pueden llamar cuando quieran, pero a muchos les han cortado el número; los familiares cambiaron de contacto. Sergio asintió, anotando otro rasgo del retrato de la ruptura silenciosa.
Esa tarde trasladó al vestíbulo una caja de té enviada por el hijo. El paquete, con la inscripción para todos, reposaba junto a una jarra de agua, pero nadie se acercó a servirse una taza. Sintió la conocida inquietud del deber: quería intervenir, pero ¿qué autoridad tenía un guardia?
Durante la ronda nocturna por el tercer piso, escuchó un llanto apagado. En la sala, bajo la luz tenue de una serie, Cecelia Delgado, con un gran esmeralda en el anillo, secaba sus ojos con una servilleta. ¿Llamar a la hija? propuso él. No hace falta, está descansando en la playa respondió ella, volviendo la vista a la pantalla.
Al alba surgió un plan. En su anterior guarnición organizaba noches familiares con cocina de campaña. ¿Por qué no intentarlo aquí? A las ocho en punto informó al administrador: Hay que celebrar el Día de la Familia canciones, té, zona de fotos. Guillermo no objetó y lo remitió a la directora.
La directora, Laura Valentina, golpeaba la mesa de cristal con la pluma mientras escuchaba. Sergio estaba frente a ella, como un soldado en posición. ¿Presupuesto? preguntó. Negociaré con los proveedores; los músicos del cole interno actuarán gratis. Yo me encargo del control de accesos. Habló con firmeza, aunque su interior temblaba.
Con la autorización en mano, una hora después imprimió invitaciones. Los folletos, con la inscripción Domingo, 31 de marzo. Día de encuentro, aparecieron en la recepción. Después llamó a la lista: contestadores automáticos, faxes, silencio. La primera voz viva correspondió a la nieta de Margarita, que dijo: Si de verdad lo organizáis, vendremos. La misión estaba aceptada.
Llegó el domingo. El sol de la mañana se filtraba por las cortinas semitransparentes del salón, reflejándose en el brillante azulejo del suelo. En los rincones había macetas con jacintos y el perfume primaveral se mezclaba con el aroma del pan recién horneado.
Sergio inspeccionó la sala. Las sillas formaban un semicírculo, en el centro una pequeña tarima y un altavoz portátil para música de fondo. Sobre las mesas humeaba el té, al lado pasteles donados por la pastelería del barrio. Respiró hondo: ahora todo dependía de los invitados.
Al mediodía empezaron a llegar los parientes. Primera en llegar, la nieta de Margarita, acompañada de su hermano menor, trajo fotos antiguas y un gran pastel de chocolate. Margarita sonrió como si volviera a dar su primera clase a los universitarios.
Seguidamente entró el hijo de Alejandro. El coronel se enderezó, ajustó el chaqué como si estuviera en pleno desfile. Se abrazaron y la conversación fluyó ligera, sin la tensión acostumbrada.
Con cada familia nueva, la atmósfera se derritía como el hielo de marzo. Las abuelas debatían recetas de mermelada, los abuelos mostraban fotografías de su servicio. Los que nadie había visitado se unieron a la mesa común; les sirvieron té y pasteles, y Sergio, sutil, los acercó unos a otros.
Al atardecer, cuando el sol lanzaba sombras sobre el jardín, Sergio contempló la sala. No llegaron todos, pero bastó la cantidad para que la fe volviera a latir. El rumor de voces se transformó en el cálido murmullo de teléfonos compartidos y acuerdos para pasar en mayo.
El humor todavía vibraba entre mesas cuando vio a Cecelia Delgado. A su lado estaba su hermana menor, llegada en un vuelo temprano. Ambas se tomaban de la mano y hojeaban un álbum viejo. La piedra del anillo ya no temblaba.
El turno llegaba a su fin. Sergio ayudó a los auxiliares a lavar la vajilla, llevó una silla al ascensor y anotó en el registro los nombres de los presentes. Dentro crecía una sencilla y firme convicción: para una vida feliz no se necesita mucho, basta una pizca de empeño y respeto.
En la puerta se detuvo un minuto. En el pequeño jardín, brotes rosados emergían entre la grava. Encontraban, aun así, el camino hacia la luz. Sonrió y, por primera vez, sintió que su nuevo puesto lo situaba justo donde era necesario.







