Querido diario,
Hoy he vuelto a escuchar los comentarios que ya me cansan, pero no puedo evitar reflexionar mientras me lavo las manos en el baño de la cafetería de la Universidad Complutense. Cada vez que miro mi rostro en el espejo, reviso que el maquillaje y el labial que me puse el primer día siguen intactos, aunque dudo que resistan hasta el final del tercer cuatrimestre.
Gracias respondí con la cortesía que no se puede eliminar a los que siguen con sus observaciones.
¿De dónde sacan esas cosas? se preguntó una chica del segundo curso, que parece haber empezado sus estudios hace poco.
Es trabajo artesanal. Un regalo de novio, exclusivo. No son metales preciosos, pero no encontrarás nada igual dijo María, sin mucho entusiasmo.
Yo ya he visto dos de esos brazaletes hoy añadió otra.
¿En serio? Seguro que los confundes con otros, ¿no? insistió María, sospechando que el diseño de Álvaro, el chico que los lleva, no es original, sino una plantilla copiada de internet con algunos retoques.
Un principiante en joyería difícilmente podría calcular y fabricar todo sin un manual adecuado, confiando solo en la intuición.
No, son idénticos, lo sé. Una compañera de mi curso me contó que su novio le regaló el mismo. No es rico, pero se le ha ocurrido algo guay y a ella le encanta afirmó Claudia.
Cuéntame más de él. ¿Cómo se llama? preguntó Celia, curiosa.
Álvaro, por supuesto respondió sin dudar.
¿Lo has visto?
No en persona, pero Claudia nos mostró fotos cuando se estaba luciendo continuó la estudiante de segundo año, sin percatarse del cambio de tono de María.
María desbloqueó su móvil y mostró una foto en la pantalla.
¿Ese Álvaro?
Ay la chica pareció captar la intención y se quedó callada, temerosa.
No te asustes, no voy a hacerte nada a ti ni a Claudia. Pero con Álvaro será otra historia. Dime, ¿a quién más le has visto ese brazalete? Tal vez el mismo Don Juan haya pasado por allí y deberíamos advertir a la chica que no es la única.
No sé a quién te refieres. La he visto pasar por la universidad, parece de cursos superiores, pero no sé en qué facultad ni grupo negó la chica, sacudiendo la cabeza.
Está bien, si ves a alguien más con ese brazalete, avísame. Yo estoy en tercer curso, estudió Economía.
No prometo nada, no sé si me escucharán, pero si surge algo, te paso la información aseguró la estudiante.
Y cumplió su palabra; durante el día se acercaron a María cuatro chicas más, de distintas facultades y cursos, como si Álvaro las hubiera elegido para que no se cruzaran y no descubrieran la existencia unas de otras.
Lo inesperado fue que, al recibir el mismo regalo, decidieron llevarlo a clase, y alguien curioso no tardó en notar la coincidencia.
¿Qué está pasando? ¿Será un set semanal? Lunes yo, martes tú, miércoles ella hasta el fin de la semana?
Entonces seríamos siete comentó Marta, de primer curso, con la serenidad de quien estudia Psicología y no se deja perturbar.
Alicia, de cuarto curso, ya había llamado a su madre, a sus tres hermanas, a sus dos hermanos y a una tía segunda, quejándose del mismo tema: la naturaleza masculina.
Nadie se quejaba entre ellas; cada una desconocía la presencia de las demás. Culparon al horario del galán y al hecho de que tampoco podían salir todos los días con sus trabajos y clases. Decidieron que verse una vez a la semana era razonable.
Todo empezó al inicio del curso, justo cuando Álvaro se trasladó por trabajo a nuestra ciudad.
¿Qué hacer ahora? Sabíamos que había que educar al chico, pero sin recurrir a la violencia.
No lo golpearemos, pero podemos avergonzarlo concluyeron unánimemente.
Marta, como la más inexpugnable, tomó el papel de la ejecutora, organizando una reunión sorpresa con todas las cómplices. Como mañana era su día, no tardaron en preparar el plan.
***
¡Chico, hola! Hace mucho que no nos vemos saludó Álvaro como siempre, al abrir la puerta del café.
Ella lo abrazó y lo llevó al interior para que no quedaran al frío.
En la mesa ya estaban esperándolo otras cuatro elegidas, cada una con el brazalete recién entregado.
Pasa, Don Juan, cuéntanos cómo llegaste a ser tan legendario se burló María mientras Álvaro intentaba decir algo.
Me pregunto cómo piensas casarte con todas nosotras si la ley solo permite una esposa. ¿Crees que eres tan irresistible que nos convertiremos en tu harén? dijo Celia, balanceando un cuchillo de mesa como si fuera a lanzarlo.
Álvaro, sin perder la calma, respondió:
Planeaba casarme con la que me diera un hijo. Ese es el objetivo principal para un hombre: asegurar la continuidad del apellido y la familia.
¿Qué herencia esperas, señor Sultán? replicó Celia, imitando la frase que escuchamos antes.
Un sofá destrozado y la mitad del piso que comparte mi madre, claro añadió Claudia. En fin, eres el héroe de la ciudad; subiré el vídeo esta noche a mis redes y al grupo de la uni, donde quiera.
No tienes derecho exclamó Álvaro.
Lo tengo. Grabar en espacios públicos está permitido, aunque tu rostro quede oculto. Me esforzaré para que todos sepan quién eres, sin que te quejes.
Se ve que serás abogado comentó Marta, ahora como psicóloga. Te aconsejo que revises tu cuco antes de acercarte a más chicas.
Celia, al irse, derramó su café caliente sobre Álvaro, provocando una pequeña escena cómica que ellas consideraron la venganza perfecta.
Al final, cuando la verdad salió a la luz, la reputación de Álvaro se desplomó. En una ciudad de cincuenta mil habitantes, los rumores vuelan rápido; ahora no le queda mucho más que mudarse a otra localidad por trabajo.
Celia, Marta, Alicia, Claudia y María terminaron siendo buenas amigas. Cada una encontró a compañeros mejores que Álvaro, y aunque fue doloroso al principio, al fin resultó ser lo mejor.
Me quedo pensando en lo absurdo que fue todo, y en cómo un simple brazalete único pudo desencadenar una cadena de engaños. Quizá un poco de sentido común habría salvado a nuestro sultán.
Hasta mañana, querido diario.







