Domé a la molesta suegra

¿Qué huerto? ¿De qué hablas en voz baja? Araceli enfatizó con los ojos muy abiertos. Tú misma dijiste que mis manos nacen del mismo sitio que mis piernas!

Y mejor que no tenga ni una ni otra cosa. Después de mí tendrás que volver el huerto a asfalto.

Anda, basta ya frunció el ceño Serafina Pérez. No es necesario que te empeñes. Con una azada lo lograrás, ¿no?

¡Qué halagadora eres! sacudió la cabeza Araceli. ¡Casi me pongo roja de orgullo!

Te lo vuelvo a preguntar: ¿me ayudarás en el huerto? alzó la voz Serafina.

¿Cómo que última vez? replicó Araceli. ¿Y después? ¿Te quedarás muda?

¡Tu lengua no tiene hueso! Si agitaras la azada como si fuera lengua, quizá te sirviese respondió la suegra. Vamos al huerto; te mostraré lo que hay que hacer.

¿Cómo? ¿Yo? se echó atrás Araceli. La última vez me pediste que no te vieran mis ojos.

Y ahora, por culpa del hijo, tú me aguantas con los últimos esfuerzos, pero en tu sagrado huerto no pienso cansarte la vista.

¡Claro que debo cuidar a mi querida suegra!

¡Qué escándalo! exclamó Serafina. Yo intentaré sobrevivir. Te enseñaré y no te interpondré nada. ¡Mis ojos están bien!

¿Y eso? No te faltan mañas, ¿verdad? Pides ayuda y terminas en un despropósito respondió Araceli con una sonrisa irónica. ¿Así que pediste ayuda?

Cuando mis manos se suman a las tuyas, a veces ni te noto en el cuadro.

Si nos ponemos nariz con nariz en la misma cama, lo pensaré, pero labrar toda tu finca sin supervisión, sin guía y sin una palabra amable, lo rechazo.

Si lo hago mal, me acabarás devorando. ¿Para qué, si no hay amor entre nosotras?

Mejor me siento junto a la cocina mientras Juan se cuece en el baño de vapor.

¿Qué lengua tan imparable tienes? protestó Serafina. Ya deberías haberlo hecho todo. ¡Joven, fuerte y vigorosa!

¡Gracias por el cumplido! sonrió Araceli de oreja a oreja. Así mi suegra sigue llena de vida y energía.

¡Mueve montañas, logra hazañas! Hace un mes me gritó con voz tan dura que todavía resuena en mi oído izquierdo.

¡Qué potencia de voz! La envidia se despierta. ¡No te preocupes! ¡Yo lo haré con todo el corazón!

Araceli, le contaré a Juan que te negaste a venir al huerto, que no quisiste ayudarme amenazó Serafina. ¿Crees que él perdonará eso?

¿Dónde me negué? exclamó Araceli. Con todo mi empeño, solo dime y seré la mejor ayudante. ¡Me comparo contigo, suegra!

Si tú te lanzas a ayudar, yo pagaré la cuenta con la misma moneda, y añadiré más, porque a mi querida suegra no le escatimo nada. ¿Y a ti?

¿Qué? no comprendió Serafina.

El año pasado Juan y yo trabajamos toda la primavera en tu finca, y tú nos recompensaste con insultos. Claro que agradecemos haber adelgazado y tonificado los músculos, pero nos gustaría algo de alimento decente.

Si no recuerdo mal, te dolió vernos romper la espalda y los brazos para no cargar cajas en el autobús.

Esta vez iremos en coche; el maletero está libre. ¿Nos llevas la cosecha si seguimos trabajando y sembrando este año?

Si todo vuelve como el año pasado, ¡déjanos en paz! Ya no nos queda ganas.

¡Qué rencorosa! replicó Serafina.

No pensé en eso ni por un instante. Tengo cosas que hacer sin tu huerto. Mi marido desaparece sin cariño, nuestro hijo anhela a su madre.

¿Y yo tendré que seguir cavando en otro huerto? miró Araceli fijamente a los ojos de la suegra. Respóndeme, porque no sé qué decir.

¡Tú eres la madre! ¡Debes entender! insistió Serafina. ¡Catalina necesita ayuda! Yo le preparo la cosecha y encierro los frascos. Ella cría sola a dos hijas, y tú con tu marido

¿Y por qué no llevas a tu Catalina y a sus dos niñas a tu huerto? Solo vienen por la cosecha. Que vengan a trabajar, pues.

Yo no les interferiré, ni bajo sus pies. Todo será por tu placer.

¡Vaya, Juan ha elegido! sacudió la cabeza Serafina. ¡Una bendición o una maldición!

Otra vez me adulas con palabras dulces sonrió Araceli. ¿Por qué no me llamas serpiente? Me resulta más cómodo y tranquilo.

¿O acaso te has enamorado de mí? Entonces iré a confesarme. Tal vez ya me estés despidiendo.

¡Escupe! gritó Serafina.

¿Qué? fingió sorpresa Araceli. ¿No serás tú quien le profetizó a Juan ser viudo solo para librarse de mí?

***

Araceli se casó con Iván, no con toda su familia. Lo amaba, lo respetaba y quería pasar su vida a su lado, cuidar a sus nietos al atardecer. La numerosa familia de Iván solo existía en sus fantasías.

En la realidad, la familia estaba, aunque no abundante: la madre que se volvió suegra, la hermana mayor ya casada, una tía que apenas se nombra y unos primos que nunca se ven.

Ese alegre grupo celebró a Araceli como si fuera maná del cielo.

Los padres de Araceli eran acomodados. No vivían de oro como creían los parientes, pero le regalaron un piso como entrada de boda.

Se dedicaban a una pequeña ganadería, con ingresos estables. Sin embargo, trabajaban tanto que el dinero se les escapaba.

Con las propias manos se pueden mover montañas, pero el dinero que no has sudado siempre parece fácil.

Y esas manos también se aferraron al dinero.

Si Juan pusiera la mano, el matrimonio se habría roto. Pero Juan amaba a Araceli, no al billete de sus padres. Sólo supo del dinero el día de la boda, y la propia pareja lo ganó trabajando.

Al conocer el tema, Juan no cambió. Solo pidió:

Aracelita, si necesitamos mucho dinero, intentemos ganarlo nosotros primero. Si no alcanza, entonces pediremos ayuda.

Así lo dijo, y ¿quién cree en esas palabras? Juan lo demostró. Tres años después de casarse, acudieron a los padres de Araceli por la cuna, el cochecito y la bañera del bebé.

Juan insistió en firmar un documento; los padres lo firmaron sin notar nada. Juan devolvió la deuda con honestidad.

¿Cómo creció Juan en una familia tan materialista? ¿Tal vez por un vecino? Serafina había tenido a Juan fuera del matrimonio, aunque juraba que el padre era el mismo que el de su hermana mayor, Catalina.

Sea como sea, Serafina nunca logró arruinar a Juan. La mala suerte no le alcanzó.

Cuando el secreto de la familia salió a la luz, las manos codiciosas buscaron al gato de Araceli. A Juan ya no les importó. Él les dijo:

Antes de la boda ayudaré; después, mi familia y mi presupuesto son propios. Si mi esposa lo permite, le daré una monedita; si no, que se lo quede.

Araceli percibió la amenaza y, siguiendo el ejemplo de su marido, no los envió a los campos, praderas o pantanos, sino a la granja de cerdos de sus padres.

¡Amigos! ¡Hay trabajo a la vuelta de la esquina! Y pagan bien. Podéis combinarlo con vuestro empleo. Los cerdos comen, pero al final alguien tiene que limpiar el estiércol, y eso nunca se acaba.

Los primos y la tía se alejaron, aunque conservaban una mala opinión de la esposa de Juan.

Araceli replicó:

¡Perdón! Yo misma me haré cargo del dinero.

Cuando le insinuaron a la cuñada a dónde la llevarían, Catalina cortó todo contacto con Araceli y con Juan de un golpe. Ella ya tenía suficientes aventuras: buscar a un padre para dos angelitos, no por los cerdos

Serafina Pérez, al enterarse de las peripecias de su hermana y sobrinos, decidió actuar con más astucia.

¡Todavía es joven! Por eso es atrevida. Se casó, pero la vida no la ha aplastado. Pronto tendrá que ocuparse de la casa, los problemas la consumirán, y no quedará nada de su honor. Entonces empezaremos a exprimirla.

Serafina esperó a que los jóvenes se calmaran, tuvieran hijos y recorrieran los ciclos infinitos del cuidado.

Mientras tanto, mantuvo una actitud amable y neutral.

El nieto, Andrés, cumplió cinco años cuando Serafina decidió intervenir.

Sabía que Araceli no tenía acceso al dinero de sus padres y que el hijo no podía sostenerse solo.

Donde no hay dinero, se recurre a la naturaleza.

Serafina vivía en una casa rural en un pequeño pueblo que pronto será absorbido por la ciudad. Pero lo importante era su amplio huerto. Allí quiso poner a prueba la fuerza de la nuera.

Araceli también había crecido en un pueblo con una modesta granja de cerdos. Aunque trabajaba como economista en la capital, no temía coger la azada ni jugar con la pala.

Al llamamiento de Serafina, tanto Araceli como Juan aceptaron gustosamente.

Se tomaron dos semanas de vacaciones para sembrar, y otras dos para cosechar. Los fines de semana los dedicaron a desmalezar y a encofrar.

Al final, Serafina se quedó con la cosecha.

¡Sois dos! ¡Una familia! ¿Qué necesitáis? ¡Catalina cría sola a sus hijos! ¡Ella necesita ayuda!

Responder sin caer en conflicto era lo más sencillo. No hubo gritos ni reproches; sin embargo, los vecinos escuchaban las largas discusiones como si fueran poesía popular.

Araceli decidió no avivar la polémica.

Juan, entiendo a su madre

¡No! gritó Juan.

No digo que la perdone, pero la entiendo. Su actitud es otra cosa. No podemos seguir siendo enemigos de alguien cercano; eso es peor. Para que no vuelva a pasar, basta con no dejar que nos pisoteen.

Aracelita, ella te seguirá fastidiando. Yo soy su hijo, su favorito, y tú la nuera la ley dice que no se debe molestar a la nuera suspiró Juan. Debo protegerte.

¡Vaya, Vane! Yo tampoco soy una tonta soltó Araceli riendo. Verás que encuentro la respuesta.

Araceli respondió a su suegra con una mirada que le hizo subir la sangre a la cabeza. Lo peor fue que, sin insultos, la sensación era como si la hubieran arrastrado por montones de estiércol.

Serafina, sin tapujos, le soltó a Araceli todo lo que tenía en la cabeza. Araceli, a su vez, devolvía el discurso para que la suegra no se quedara con la última palabra.

Ni quería ayudar con la limpieza, la cocina, las conservas, el hogar o el huerto.

Serafina pensó que Araceli ya no volvería, pero ella llegó con su marido, como corresponde. Entonces Serafina creyó que la nuera se doblegó. No, otra resistencia, otra excusa, otra ira, pero sin decir nada ofensivo.

¡Basta, no digas esas cosas! estalló Serafina. ¿Cómo puedo desearle algo malo a mi propio hijo? ¡Yo hago todo por él!

¡Me han quitado la lengua! iluminó Araceli. Yo también gasto todas mis fuerzas para complacer a Juan. ¿Y si me canso en tu huerto? ¿Y si me quedo sin energía?

¿Cómo entonces cuidaré de Juan? ¿Cómo lo amaré? ¿Cómo lo alimentaré, lo hidrataré, lo acunaré?

¿Y si lo dejo sin atención? Él se enojará y llevará su disgusto a su madre, diciendo que su esposa no lo alimenta ni lo cuida.

¿Ustedes se quedarán callados? No, nos vamos a discutir. No quiero empeorar la relación con mi suegra. Ya basta de huertos; conservaré mis fuerzas para Juan.

Araceli exclamó atónita Serafina.

¡No me convenzas! respondió firme Araceli. Soy indispensable para mi marido; sin mí se pierde. No puedo cambiarme por tus huertos y limpiezas. Solo en mi casa, solo para Juan.

Serafina comprendió que la nuera la había superado en todos los frentes, y no había forma de criticarla. Ir contra su hijo parecía imposible.

Cuando la ira de Serafina se caló, sus improperios contra la nuera cesaron y, bajo la luz de la licor, razonó:

Juan es razonable, y con ese respaldo me siento tranquila.

Aun así, la tentación de probar la fortaleza de la nuera no desapareció. Quizá algún día cayera.

Al final, Araceli aprendió que la verdadera fuerza no está en los surcos del huerto ni en los insultos, sino en el respeto y la colaboración mutua. Cuando cada quien aporta lo suyo sin intentar dominar al otro, la familia se vuelve un campo fértil donde todos cosechan paz.

Rate article