SABOR A VIDA…

Querido diario,

Hoy, entre papeles y tazas de café, se presentó en mi despacho una anciana de ochenta años con una cabellera azul que parecía una pincelada de Van Gogh. Se acomodó en la silla, cruzó las piernas y, con voz temblorosa, pidió mis servicios.

¿Qué asunto trae a la notaría? le pregunté.

Es para redactar mi testamento respondió, sonriendo con esa dignidad que solo las viejas sabias poseen.

Se acomodó más, apoyó sus manos sobre la mesa y empezó a dictar. A medida que hablaba, anotaba cada detalle, aunque a veces la lengua le trababa.

Tras mi fallecimiento, deseo que mi cerebro sea destinado al Instituto Nacional de Investigación de la Salud. Si el instituto no lo acepta, que lo declaren procedente de Doña Carmen Fernández. Todos mis gatos, que tenga al momento de morir, deben ser repartidos entre mis amigas. Si no queda ninguna amiga, los felinos pasarán a ser propiedad de mi hijo, Antonio. Los libros que no encuentren comprador, los entrego a la biblioteca municipal, pero recomiendo que al menos se hojeen. Hace tres años olvidé en cuál de esos volúmenes guardé los euros que me quedaron. hizo una pausa, mirando su mano temblorosa.

Asimismo, pido que mis cenizas se esparzan sobre la colina de Chefchaouen, en Marruecos. la voz se quebró.

El notario, yo mismo, me quedé sin aliento. Pero Marruecos está tan lejos dije, intentando no reír.

Las dificultades son como el horario de oficina: cinco a dos, con media hora de descanso. Él nunca se atreve a viajar por culpa del trabajo. Yo ya fui así, y ahora lamento haberlo dejado atrapado. Los viajes enriquecen el alma, lo transforman. Que cruce medio mundo y vuelva a su escritorio, nunca será el mismo. Eso es lo que quiero lograr después de mi muerte. insistió, con la mirada fija en el futuro.

Continuó, con un breve chiste para aligerar la atmósfera: Quiero que quemen a mi querida gata, Maruja, como en los rituales antiguos ¡cambio! soltó una carcajada. Sólo quería perturbarte un poco.

¿Y el resto de mis bienes? pregunté.

La vivienda y la moto, aunque aún no tengo una, la compraré pronto y la incluyo en el testamento. Y mi patinete lo dejo a mi sobrino, Esteban, si aún vive; él siempre ha estado pendiente de él, y una vez se estrelló contra un árbol.

Cuando la anciana salió, el silencio volvió a mi oficina. No podía sacarme de la cabeza su cabellera azul y esa extraña mezcla de nostalgia y rebeldía. Volví a leer el documento, revisé cada línea, y tomé el móvil.

Marta, hola, ¿te apetece viajar? Siempre he soñado con África murmuré, imaginando que quizá, al fin, mi propia vida también necesitaba una brújula.

He aprendido que el tiempo no espera y que, aunque la rutina nos aprisione, la verdadera riqueza está en atreverse a cruzar fronteras, tanto físicas como internas. No dejemos que el miedo dictamine nuestro destino.

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SABOR A VIDA…
A Broken Heart: A Tale of Betrayal and Redemption