15 de octubre de 2025
Hoy he vuelto a casa tras la segunda operación de apendicitis que le practicaron a Mateo en el Hospital Universitario La Paz. La habitación estaba impregnada del olor a antiséptico y el monitor monótono marcaba el ritmo de su respiración. Mientras yo intentaba conciliar el sueño, escuché la puerta del pasillo abrirse de golpe.
Almudena, mi esposa, se quedó paralizada en el umbral de nuestro piso en la calle de la Palma, número 12, en el barrio de Tetuán. Detrás de ella aparecían Claudia, su madre, y una pareja que nunca había visto: Lidia y Pedro, con sus maletas de viaje arrugadas. Claudia había pulsado el timbre del intercomunicador sin pensarlo dos veces y, como siempre, había venido con una sonrisa forzada y una frase que resonó como una bofetada: «¡Almudena, acoge a los invitados y no te quejes!».
Almudena intentó mantener la puerta cerrada, pero la presión de su madre era implacable. «¿Qué? ¿Que yo también vivo aquí? Entonces te digo no», murmuró, mientras la madre replicaba con una risa sarcástica: «Si Mateo estuviera en casa no te atreverías a decir nada, porque él siempre ha respetado a su familia». La tensión se volvió palpable.
Hace apenas diez minutos, Claudia había llamado al timbre desde la planta baja para que Almudena le abriera la puerta. Sin meditarlo, mi esposa pulsó el botón y dejó pasar a su madre, sin saber que a la vez estaba invitando a unos desconocidos con equipaje. Mateo, mientras tanto, yacía en la unidad de cuidados intensivos con una dolencia que le impedía responder a tiempo.
Al abrir la puerta, Almudena se encontró con Lidia, su prima segunda, y Pedro, su cuñado, que sostenían sus maletas como si fueran tesoros. «Te presento a mi prima Lidia y a su marido Pedro, vienen a visitar a la familia», anunció Claudia, como si fuera una cortesía bien vista.
Almudena, con una voz cortante, les dio la bienvenida: «Hola», sin embargo, su tono delataba desconcierto ante la inesperada visita. Claudia, sin perder el ritmo, proclamó: «Ellos vivirán con nosotros mientras Mateo se recupera. Yo los alojaría en mi piso, pero ya tengo a mi amiga Zoraida de Málaga y su nieto bajo el mismo techo. Así que, Almudena, hazles sitio».
Almudena se debatía entre llamar a la policía local para que expulsara a los intrusos o esperar a que Mateo despertara. Mientras tanto, los invitados comenzaron a desempacar despacio, revolviendo la cocina y el salón. Lidia, curiosa, preguntó: «¿Cuán lejos está la estación de metro más cercana? Queremos dar una vuelta por el centro mañana y contemplar los monumentos». Claudia, orgullosa, respondió: «No está lejos, a diez minutos a pie. Elegimos este piso pensando en la cercanía al metro, al parque y a las tiendas».
Yo, con la garganta seca, intenté llamar a Mateo, pero solo escuché el pitido de la máquina de marcar. Decidí no insistir, pues el analgésico le había adormecido. Almudena, visiblemente irritada, se quejaba: «¡Es inauditable que nuestra madre se porte así!». Claudia, con una sonrisa forzada, replicó: «Llama a mi hijo; le encantará saber que sus tíos y tías le han hecho una visita sorpresa».
Los minutos se convirtieron en horas. Mientras Almudena intentaba responder a Lidia, la madre la interrumpía constantemente, recordándole su deber de acoger a la familia. Cuando finalmente logré hablar con Mateo, su voz estaba débil: «¿Qué ha pasado, amor?». Almudena, al borde del llanto, le contó entre sollozos: «Tu madre ha traído a unos parientes lejanos a nuestra casa sin avisar. Quieren quedarse a dormir». Mateo, aturdido, respondió: «No entiendo ¿por qué los ha traído a mi casa?».
Le dije que llamara a su madre para que los recogiera, pero el tiempo ya corría y la noche se acercaba. Almudena, a regañadientes, aceptó que Lidia y Pedro se quedaran una noche. A la mañana siguiente, cuando salió para ir a trabajar, les preguntó si podían llevarse la llave. «¿Nos la vas a dar?», replicaron desconcertados. Almudena, firme, contestó: «No, no vivirán aquí».
Claudia, furiosa, me llamó al móvil: «¿Por qué no les das las llaves? Dijiste que vivirían con nosotros». Le respondí que Mateo estaba en el hospital y que mi esposa estaba cumpliendo con su obligación de hospedar a los familiares. Claudia, enfadada, gritó: «¡Que no te molestes con mis hijos!».
Al atardecer, mientras la cocina olía a embutidos y queso, Lidia y Pedro, medio ebrios, se quejaban de la nueva cocina: «¡Almudena, prepara algo rápido! No sabemos usar esa estufa moderna». Pedro añadió: «Nos quedamos aquí porque no nos dejaste la llave, pero ya nos hemos instalado».
Al final, llamé a la Guardia Civil y les expliqué que había extraños en mi domicilio que se negaban a marcharse. Claudia, al oírlo, exclamó: «¿Llamas a la policía?». Yo le dije que primero intentaría contactar al vecino de turno, pero si no se marchaban en media hora, los obligaría a pasar la noche en la comisaría.
Cuando los oficiales retiraron a los intrusos, Almudena respiró aliviada. Claudia, indignada, gritó: «¡Qué desagradecida es! ¡La hemos aceptado en la familia y nos trata como a una extraña!». Después de que la casa quedó en silencio, Almudena reflexionó sola y decidió que había llegado el momento de devolver la lección a su madre.
Llamó a mi madre para que le enviara a unos primos del pueblo de Valdepeñas, gente ruda pero honesta, que llegaran al día siguiente con un fuerte olor a campo y a tabaco de pipa. Cuando Claudia abrió la puerta y vio a esos personajes poco refinados, su cara se tornó pálida. Almudena, con una sonrisa fría, les presentó: «Estos son mis parientes del pueblo; están aquí para quedarse unos días». Claudia, sin palabras, solo pudo observar cómo los hombres sacaban de sus mochilas sacos de carbón y herramientas de bricolaje, dispuestos a ayudar en la casa.
Al día siguiente, Mateo llamó desde el hospital y me dijo que su madre estaba furiosa con Almudena y que ya no quería volver a entrar a nuestro piso. Almudena respondió, con una sonrisa de satisfacción: «Así es, mamá; ahora sabes que no se puede abusar de la hospitalidad».
He aprendido algo importante: la cortesía y la hospitalidad no son derechos incondicionales, sino deberes que se deben ejercer con respeto mutuo. Si no se ponen límites claros, la convivencia se vuelve un campo de batalla. Esa es la lección que me llevo de este caótico episodio.







