¿Por qué Kirill ha dejado de decirle a su esposa qué quiere cenar?

¿Y por qué no me preguntas qué me apetece para cenar? inquirió Carlos mientras se ponía el abrigo para ir a trabajar. ¿Acaso ya no te importa?

Pensaba prepararte algo a mi modo respondió María, sin inmutarse. Pero si no quieres, dime algo concreto.

No es eso replicó Carlos. No tiene nada que ver con quieres o no quieres. El hecho mismo es lo importante. ¿Te cuesta preguntar? ¿No te resulta interesante?

La verdad, no admitió María. No me intriga nada. ¿Qué tiene de interesante?

¡Ah, pues nada! exclamó Carlos. Antes me lo preguntabas. Antes, al parecer, te resultaba curioso.

María se quedó pensativa.

Mmm murmuró Es cierto, antes sí te lo preguntaba. Me ha quedado raro. Mejor pregunto, o se quedará todo en el aire.

¿Qué quieres para cenar? le preguntó.

Carlos esbozó una sonrisa.

Que no me veas como el que siempre exige pensó No quiero ser un pesado. Al fin y al cabo, la vida en pareja se basa en concesiones y compromisos. Seré un marido comprensivo y clemente; no pretendo ser un abusador. Hay que saber perdonar al prójimo, pues si no, ¿cómo podemos considerarnos gente de bien?

Vale dijo con un tono indulgente quiero albóndigas.

¿De qué carne? indagó María. ¿De cerdo, de cordero o de ternera? ¿Te animas a unas albóndigas de pescado?

Cualquier cosa, menos de pescado espetó Carlos. ¿Estás de broma? Sabes que desde pequeño detesto las albóndigas de pescado.

María frunció el ceño.

Otra vez me equivoco se lamentó. ¿Por qué hoy estoy tan despistada? Él me ha contado mil veces cómo se ahogó con esas albóndigas de pescado en la guardería. Ya está harto de revivir su triste infancia pescadera. Tengo que arreglarlo, o pasará semanas recordándomelo.

¿Y de guarnición? preguntó María. ¿Patatas, pasta o arroz? ¿Quizá un poco de quinoa?

Patatas fritas, pero solo fritas, no guisadas contestó Carlos. Que queden crujientes.

Claro, cariño respondió María. Las frié con la piel bien dorada, no te preocupes.

Yo no me preocupo afirmó Carlos con seguridad. Tú, sí, deberías preocuparte.

Carlos se sintió satisfecho al lanzar ese comentario, aunque después se preguntó si había sido demasiado altanero.

Si no te importa, amor suavizó la voz prepárame una ensalada de tomate y pepino, por favor.

Con gusto dijo María, sonriendo. Con ajo y perejil.

Y con un chorrito de crema fresca añadió Carlos.

María repitió: Con ajo, perejil y crema fresca.

También las patatas con perejil y una pizca de cebolla precisó él.

Todo quedará como lo deseas, querido afirmó María.

Al despedirse con una sonrisa, Carlos salió del piso. Sin embargo, durante todo el trayecto al trabajo no dejaba de darle vueltas a la extraña actitud de María. No sabía qué había cambiado. En la oficina se mostraba distraído, con la cabeza en las nubes, pensando solo en el desconcierto de su esposa.

Mañana hablaré con ella con calma y aclararemos todo. Quizá la haya ofendido sin darme cuenta. No será tarde todavía se consolaba.

Al mediodía, Carlos pinzaba tímidamente su carne, patata y ensalada mientras observaba a su esposa, que devoraba alegremente pollo al horno bañado en salsa de tomate. Ella le guiñaba un ojo y sonreía.

Dime, ¿por qué comes pollo y no albóndigas? preguntó Carlos.

Pues me apetecía pollo frito con salsa de tomate respondió María. Cuando mencionaste albóndigas, pensé que preferirías carne picada, pero se me antojó el pollo. Lo saqué con ajo; si lo probaras, verías lo delicioso que está. ¿Te disgusta algo?

No, es que yo imaginaba que ambos comeríamos albóndigas señaló Carlos, algo decepcionado.

María lo miró con ternura.

Lo siento, cariño dijo entre bocados. Intenté que ambos estuviéramos contentos. Tú comes lo que te gusta y yo lo que a mí me apetece. ¿No es genial?

Es gracioso contestó Carlos en voz baja. ¿Puedo comer también un poco de pollo? Me da hambre al verte así.

No, lo he preparado solo para mí contestó María. Las albóndigas son tuyas, al igual que la ensalada y la crema. La patata frita también es tuya. Buen provecho, amor.

Pero aún tienes una pierna de pollo entera protestó Carlos. Yo compartiría mis albóndigas contigo.

Esa es mía dijo María con decisión. Me he guardado dos piernas. No quiero albóndigas. Come las tuyas.

Carlos siguió comiendo sus albóndigas, pero miraba con envidia la pierna de pollo que María devoraba con gusto, mientras las albóndigas se le quedaban atascadas en la garganta.

Le he dejado el pollo un poquito más crujiente comentó María. Así la piel cruje y es una maravilla. Si lo probaras…

Lo imagino murmuró Carlos.

Sonrió torpemente mientras acababa la última albóndiga.

A la mañana siguiente, al despedirse de María, él le preguntó:

¿Qué quieres que prepare para la cena, mi vida?

Pollo frito respondió Carlos con seguridad. Lo soñé anoche; prepáralo como lo hiciste antes, sin acompañamiento, solo con salsa de tomate.

Perfecto, querido aceptó María.

Esa noche, Carlos cenó el pollo frito sin apetito, pues María, frente a él, se zampó un guiso de cordero.

Cuando está calientito, está riquísimo exclamó ella. Lo comería todos los días. Desde niña adoro el guiso de cordero.

Durante toda la semana, Carlos observó las sorpresas culinarias de María: ayer le sirvió merluza empanada, hoy un filete de ternera. Cuando Carlos expresó su deseo de merluza, María se quedó perpleja.

¿Por qué no lo dijiste por la mañana? le preguntó. Yo ya había preparado chuletillas.

¿Cómo iba a saber que quería merluza? replicó Carlos. Al menos avísame.

Yo tampoco sabía lo que me apetecería admitió María.

Dame un poco de merluza pidió.

No, gracias contestó firmemente. ¿Qué comeré entonces? ¿Tus chuletillas? No, gracias.

Al día siguiente, al acompañar a Carlos al trabajo, María volvió a preguntar qué quería para cenar. Carlos sacudió la cabeza.

No, de nada dijo. Ya no quiero que prepares nada más, querida. Basta de bromas. Lo que prepares para ti, prepárame lo mismo a mí, y en cantidad.

Desde aquel día, Carlos dejó de decirle a su esposa qué deseaba para la cena.

Al final, ambos aprendieron que la comunicación sincera y el respeto a los gustos del otro son la base de una convivencia armoniosa; sin diálogo, los malentendidos se convierten en silencios que erosionan el amor.

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