El armario de la abuela

En el piso de Madrid todo estaba tan silencioso que se escuchaba al vecino abrir el grifo de la cocina. María Jiménez, sin embargo, sentía como si le arañaran las costillas los recuerdos. Junto al techo, con la mirada perdida, se revolcaba en un pensamiento que le pesaba tanto como una losa. Todo por culpa de un armario.

No era cualquier armario, sino uno de esos de los años sesenta, de roble oscuro, con una estructura que parecía una pequeña colina. Su difunto esposo, Alejandro García, lo había ensamblado con sus propias manos, y después toda la familia había colocado los estantes de cristal mientras echaban risas. Ahora aquel mueble se encontraba en la habitación de su hija Lucía, guardando los juguetes de la nieta Alba.

Ayer Lucía le soltó, sin rodeos:

Mamá, vamos a deshacernos de ese monstruo. Compraremos muebles de IKEA, modernos y claros. Está hecho polvo, las puertas se cierran con un suspiro y ya ni parece un armario.

Y se marchó al trabajo. María quedó petrificada. «Monstruo». ¿Cómo podía llamarse así? Para Alejandro aquel armario había sido su obra maestra; siempre mostraba a los invitados: «Mirad la unión de la veta, elegí la chapa perfecta». Y a Lucía le encantaba subirse al cajón inferior, como a una casita, y allí pasar la tarde. Ahora Alba también jugaba allí.

¿Qué pasa, estás hecha una mojama? le preguntó por teléfono la amiga Verónica, una mañana. Tira ese trasto y alégrate. Los niños saben mejor qué es lo que les conviene; a ti te quedará más espacio.

Lo sé, lo sé suspiró María. Pero

¡Nada de «pero»! No eres una lata de conservas para aferrarte a lo viejo.

Dos días después Lucía y su cuñado Pedro ya estaban hojeando catálogos, midiendo la estancia con la cinta métrica y comparando precios en internet. María permanecía en silencio, pero de vez en cuando rozaba el armario con la mano, acariciaba la manija que Alejandro había buscado durante horas para que quedara a juego con el resto.

Una tarde Alba, intentando cerrar el cajón, lo dejó trabado. María se acercó, sacudió la puerta y, siguiendo el método que le había enseñado Alejandro, la forzó un poquito ¡clic! El cajón se abrió.

¡Abuela, eres una maga! exclamó Alba.

No soy yo, fue el abuelo quien me enseñó exhaló María.

Al caer la noche convocó una reunión familiar. Lucía, Pedro, Alba con su muñeca en mano.

Sobre el armario comenzó María, con la voz temblorosa. No lo vendo ni lo tiro a la basura. No puedo.

Lucía suspiró: «Mamá, ya habíamos acordado»

Espera, no he terminado. No lo necesitáis aquí, lo necesito yo. En mi cuarto hay sitio suficiente. Allí guardaré ropa, mis telas, recuerdos. A Alba le compraréis uno nuevo y bonito, como queréis.

El silencio se hizo denso.

Pero mamá, te quedará apretado dijo Lucía, incrédula.

Me quedará cómodo. Aquí están mis recuerdos, guardados en ese cajón, con las manos de mi marido. No es un monstruo, es un hogar. Lo llevo a mi habitación.

Pedro y Lucía se miraron, se encogieron de hombros: «Si de verdad lo deseas»

Alba corrió hacia su abuela y la abrazó: «¡Qué bien! Entonces mi casita seguirá aquí».

Al día siguiente comenzaron a trasladar el armario. María dirigía la operación como una general: «¡Cuidado con la esquina! Sujetad la puerta». Lo instalaron en su dormitorio. La habitación se volvió un poco más estrecha, pero el armario estaba ahora al alcance de la vista.

Al caer la tarde Lucía entró y observó.

¿Te gusta, mamá? ¿Te has instalado?

Me ha quedado perfecto respondió María con firmeza, y después, en voz baja: Sabes, Lucía No lo he tomado por egoísmo. Él ahora me protege a mí.

Lucía vio las manos de su madre apoyadas en la madera oscura, como si estuvieran sosteniendo a un viejo amigo. En sus ojos surgió una mezcla de compasión y una extraña sensación novedosa.

Vale exhaló. Lo importante es que estés contenta.

Y María, efectivamente, se sentía bien. Reorganizó la habitación, movió la cama junto al armario, colocó en las repisas superiores la ropa de cama con ayuda de Pedro, y en el cajón inferior guardó viejos álbumes de fotos, cartas de Alejandro de sus viajes, postales amarillentas que su hija le había enviado cuando era niña. El espacio que Alba llamaba «casita» quedó libre para que siguiera jugando. No era un simple armario, era una arca.

Un día, mientras Lucía buscaba una bolsa, encontró a su madre sentada en la mesa con una pila de fotos.

Mamá, ¿qué haces?

Recordando sonrió María, mirando más allá, hacia el armario. Mira, Alejandro lo armó con orgullo, como un caballero junto a su castillo. Tú, con tres añitos, te subías a sus rodillas y le dabas una caramelito.

Lucía tomó una de esas fotos, aunque no recordaba aquel momento. Para ella, su padre era una figura difusa de los cuentos de su madre, y el armario, un mueble anticuado y pesado.

Lo ensambló en una semana dijo María en voz baja. Lo hizo con mimo. Y decía: «Mira, Maruja, ahora tenemos una verdadera fortaleza familiar». Qué gracioso.

Lucía quedó mudita, observando la cara sonriente de su padre en la fotografía, su mano firme sobre la «fortaleza». Por primera vez no vio el armario como chatarra, sino como un monumento a las manos de su padre, a la memoria de su madre y a su propia niñez.

Mamá, ¿y si lo restauramos? dijo Lucía, la voz más baja. Pedro dice que podemos poner bisagras nuevas, lijar la fachada, barnizarla. Siempre está trasteando en el garaje.

Los ojos de María se abrieron como platos, llenos de esperanza y una alegría que la avergonzó un poco de lo que antes llamaba «monstruo» y «no es chulo».

¿De verdad? balbuceó.

Claro. Dime qué barniz quieres, quizá uno más claro para que entre más luz a tu cuarto.

No respondió María al instante. Déjalo tal como lo dejó tu padre. Sólo arréglalo para que siga sirviendo. Que Alba, cuando sea mayor, guarde sus secretos allí.

Pedro reparó todo: sustituyó bisagras, pulió los cristales, afinó la madera. El armario siguió en la habitación de María, sólido, de roble brillante, con sus puertas cerrándose con un susurro obediente.

Una mañana Alba, jugando sobre la alfombra, preguntó:

Abuela, ¿es verdad que este armario lo hizo papá?

Sí, mi amor.

Es fuerte, afirmó seriamente la niña. Como él.

María acarició la madera como quien acaricia a un perro fiel.

Sí, querida, es fuerte. Y resistirá otros cien años. Ahora sí.

Al mirar a Lucía, que estaba en el umbral, la hija sonrió, no con condescendencia sino con calidez y una nueva comprensión. El armario ya no era la manzana de la discordia; se había convertido en la fortaleza que los unía, guardián silencioso de recuerdos, tiempo y cariño. En sus paneles relucientes se reflejaba no solo la habitación, sino toda su historia pasada, presente y, como estaba segura María, futura.

Mamá, dijo Lucía, sentándose al borde de la cama y apoyando la mano sobre la superficie pulida. Pedro dice que podemos instalar una luz LED discreta en la parte superior, para que no tengas que encender la lámpara gigante cuando busques algo por la noche. Y arreglaremos el cajón de Alba para que no se atasque.

María miró a su hija, y una lágrima traicionera se le escapó, pero era una lágrima de reconocimiento. No era solo ella quien defendía su «fortaleza», ahora tenía un guarnicionero.

Gracias, Lucía susurró.

Gracias a ti, mamá, por impedir que cometamos una locura. Por hacernos recordar.

Esa noche tomaron el té en la cocina, y Lucía, sin que nadie la pidiera, trajo el viejo álbum de fotos. Lo hojeó con Alba, señalando imágenes: «Mira, ese es tu abuelo Alejandro, y ahí está junto al armario. ¿Ves qué guapo?». Alba asintió, mirando seriamente la foto.

El armario permanecía en su sitio, ya no parecía una carga absurda, sino parte de la familia. Mudo, pero el testigo más fiable de que lo verdaderamente valioso no es la novedad ni la moda, sino la memoria y el calor de las manos que lo hicieron, lo guardaron y ahora lo transmiten.

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