Soledad. Me presentan una mula, el granjero propone casarse y ella rechaza. Mejor una sola que una ayuda gratuita para los años que se acumulan.
¿Qué haces sola, Catalina? le dice el vecino. Un hombre no debe estar solo, la mujer siempre necesita compañía. De lo contrario es como si algo faltara y a la gente nadie la mirará. ¿Sabes lo que es la soledad?
¿Qué? se ríe Catalina, harta de sus quejas, mientras su madre la mira.
La soledad es espantosa ríe María, su cuñada, sin percibir la ironía del momento. Es cuando te apetece ofrecer agua a alguien y nadie la quiere. ¡Los niños ya no están!
¿Dónde? se ríe sin aliento Catalina.
¿Dónde, dónde? ¡En Cáceres! finalmente comprende que su madre no está de humor para reírse, y María se retira con aire cansado. Todo lo que tengo es que te acompañe, yo me encargo de ti. Una sola carga es pesada, pero el alma se aligera con compañía. Vamos a conocernos, ¿vale? dice, intentando animarla.
Catalina lleva ya diez años en su rutina. Su exmarido, llamado Costín, le había prometido devolverle la casa diez años atrás, pero nunca lo hizo. Un día volvió, solo para decir que “una vez basta” y que “no hay nada extraño, si no aparecen”. Catalina, cansada, le pidió el divorcio y se quedó con la mitad de la casa, con dos hijos ya adultos. El hijo mayor trabaja en Valencia, la hija se casó y se mudó a Francia con su marido. Catalina vive ahora sola en un pequeño piso del centro de Madrid.
Aunque la soledad la acompaña, ella no se siente intimidada. Ha conseguido un puesto como enfermera en una clínica privada, lo que le permite vivir con cierta comodidad, y acoge a sus nietos y a María cuando la necesitan. Además, a pesar de no ser una genia, siempre encuentra ocupaciones para no aburrirse. Lee mucho, nada, practica yoga, le encanta viajar, a veces hace excursiones al campo con sus sobrinos. En general, su vida es tranquila.
Hasta que la cuñada María decide intervenir en su destino
Escucha, Catalina. El hombre ideal está a la vuelta de la esquina, tiene sesenta y uno años. Lleva siete años sin novios. Posee una gran casa de campo en Castilla, con huertos, vacas, cabras, cerdos y gallinas. No falta nada: leche, huevos y carne. Además, el marido es simpático, educado y habla como en los libros. insiste María mientras Catalina duda. Vamos a conocernos, ¿de acuerdo?
Catalina asiente. María le presenta a Iván, un agricultor de la provincia de Toledo, robusto, de pelo corto y barba bien cuidada. Sus manos son de labrador, pero limpias; sus uñas cortas. Habla con voz grave pero amable, y siempre lleva una sonrisa.
Al poco tiempo, Iván se muestra interesado y le propone un trato: quiere que le ayude a gestionar la granja, que cuide de los animales y que, a cambio, le dé una parte de los ingresos. Catalina acepta, pensando que esa compañía le vendrá bien.
Al regresar a casa, reflexiona sobre todo lo que tiene: una pequeña tienda de artesanía en el centro, unos ingresos modestos, una casa de campo donde cultiva verduras en verano y se relaja en otoño, y su propia granja. Compró un coche de segunda mano hace ocho años y ahora necesita repararlo. Se pregunta para qué sirve tanto esfuerzo si al final sólo quiere limpiar el corral, ordeñar vacas, recoger huevos y cuidar de la granja.
Aún tiene que preparar el almuerzo para Iván, hacer la compra, pagar los suministros y mantener la casa impecable. También debe ahorrar para su pensión, que será suficiente para vivir con dignidad. Todo eso forma parte de su vida, aunque a veces se siente agobiada.
Un día, mientras toma un café con un pastel de almendra, decide escribir a Iván un mensaje: le dice que no aceptará su propuesta de matrimonio porque no busca una vida de esposas, sino una existencia independiente. Le explica que, aunque agradece su ayuda, prefiere seguir sola.
María, al oír la noticia, se muestra sorprendida pero respeta la decisión de Catalina. Ambas se despiden con un abrazo y continúan su día. Catalina se levanta a las ocho de la mañana, se arregla, se sienta a la mesa y bebe su café mientras contempla el cielo. Piensa en sus hijos, en su hija que vive en París y en su hijo que trabaja en Valencia; piensa en comprar una chaqueta de piel para el invierno y en llamar a su amiga Lidia para organizar una reunión.
Al final, Catalina entiende que la soledad no es un castigo, sino una oportunidad para seguir construyendo su vida a su modo, sin depender de nadie más.







