La Escape Silenciosa

La sombra del alto álamo ya cubría la mitad del banco del parque. Ana González cerró los ojos, tapando su rostro con la última luz otoñal del sol. El parque estaba casi desierto; sólo el viento lanzaba puñados de hojas rojizas por los senderos. Buscó en su bolso y halló el frío plástico del móvil. Ningún mensaje nuevo, ninguna llamada perdida. Quizá está atrapado en la universidad, pensó sin gran inquietud.

sacó un libro e intentó leer, pero las letras se le difuminaban. Sus pensamientos volvían obstinadamente a la conversación de la mañana. Su hija, Begoña, había parecido distante durante el desayuno, la mirada se le escapaba.

Mamá, ¡no te imaginas la oportunidad! ¡Solo seis meses! ¡Es Barcelona!

Lo imagino respondió Ana, seca. Y también lo que puede conllevar. Dejarás la universidad.

¡No! Volveré y terminaré todo.

Nadie vuelve, Begoña. Todos los seis meses se quedan para siempre.

El intercambio se estancó; Begoña salió cerrando la puerta con fuerza. Era la típica riña, de esas que se habían vuelto frecuentes últimamente. Pero hoy flotaba en el aire una extraña y silenciosa pesadez.

Ana volvió a mirar el móvil. Eran las cinco y media. La clase de Begoña debería haber terminado hacía una hora. Marcó el número. Línea ocupada. Se ha quedado sin batería, se dijo, pero dentro se agitó un frío y pegajoso gusano de preocupación.

Empacó sus cosas y salió de casa, sin poder quedarse más en el mismo sitio. El apartamento la recibió con un silencio denso y cauteloso. Recorrió las habitaciones como si la viera por primera vez: el estante con los libros infantiles de Begoña, la etiqueta del armario ya desgastada hasta el hilo, la foto en la cómoda donde ambas reían en la orilla del mar, la hija bronceada, con una sonrisa deslumbrante. Todo eso constituía su mundo, erigido alrededor de aquella niña, firme e inamovible.

El móvil seguía en silencio.

La inquietud se transformó en una pánico sordo pero total. Ana empezó a llamar a las amigas de Begoña. Las respuestas fueron evasivas; nadie sabía nada, o fingían no saber. La última esperanza fue Luis, el novio de Begoña. Contestó después de cinco tonos.

Ana González, buenas tardes.

Luis, ¿dónde está Begoña? Su móvil no responde.

Un incómodo silencio se posó en la línea.

Luis?

Ella te lo contará todo dijo con voz agobiada.

¿Qué te va a contar? ¿Dónde está?

En el aeropuerto.

El mundo no se derrumbó. Se quedó inmóvil. Los ruidos el motor de los coches fuera de la ventana, el tictac del reloj del vestíbulo desaparecieron. Ana se sentó lentamente en la silla junto a la mesa del teléfono.

¿En qué aeropuerto? su voz sonó ajena, plana.

En Barajas. El vuelo a Barcelona sale dentro de dos horas. Yo viajo con ella. No te preocupes. Ella temía decírtelo. Pensó que lo explicaría cuando se estableciera.

Ana no recordó haber respondido. Colgó el auricular y se quedó mirando a un punto vacío. Un vacío en su cabeza, en su corazón, en el apartamento; en todas partes. Allí estaba, lo que había temido durante meses. No fue una pelea, ni un grito, ni el golpe de una puerta. Fue una partida silenciosa, cuidadosa. Una fuga.

Se dirigió sin pensar a la habitación de Begoña. Todo estaba limpio, ordenado, impecable. Con un movimiento rápido abrió el armario. Vacío a medias. Faltaba el suéter verde, la chaqueta de lana, la maleta de ruedas.

Entonces la invadió una ola de furia impotente, abrumadora. ¿Cómo pudo? ¡Silenciosa, a escondidas, con engaño! Agarró el primer objeto que encontró en la repisa un viejo osito de peluche, gastado, con un ojo de botón. Era su juguete favorito. Lo levantó para lanzarlo contra la pared, pero la mano no obedeció. Los dedos se relajaron y sólo lo abrazó, enterrando su cara en el vellón desgastado que aún desprendía un leve aroma a perfume infantil.

La ira dio paso a la desesperación. Se derrumbó sobre la cama de su hija, encogida en un puño. ¿Todo había sido en vano? ¿Todos esos años de preocupaciones, noches sin dormir, lucha por el futuro de su hija aquí, en casa? ¿Nada había servido?

De pronto se levantó de un salto y corrió hacia el teléfono. Taxi, necesito que me llamen.

Vagó por el apartamento, sin encontrar llaves, sin saber qué ponerse. En su cabeza resonaba: «Apúrate, sólo tienes que apurarte». Su mano se dirigió al abrigo de Begoña que colgaba en el perchero del hall. Metió la nariz en el cuello, inhaló el familiar y propio olor, y sintió otra vez aquel puñal paralizante bajo su corazón. Se puso su viejo abrigo y salió sin cerrar la puerta con llave.

En el taxi guardó silencio, encogida en el asiento, mirando por la ventana. Madrid pasaba a su alrededor, ajeno e indiferente. Luces de neón, torrentes de coches. En algún punto de ese flujo, su hija se dirigía al aeropuerto, o ya había despegado. Ana imaginaba a Begoña ante la rígida terminal de cristal: pálida, asustada, ya no su niña. Extraña.

«¿Qué diré? pensó, apretando los puños. ¿Suplicar? ¿Gritar? ¿Azotarla como cuando corría a la calzada? ¿O caer de rodillas y llorar?»

El coche giró hacia la zona de llegadas del aeropuerto. Ana pagó con prisa, salió y se lanzó entre la muchedumbre. Voces, empujones, conversaciones en varios idiomas. Miró desorientada entre chicas con capuchas y mochilas, intentando reconocer a la suya. El corazón le golpeaba en la garganta.

Entonces la vio. No entre la masa, sino detrás del cristal de control. Begoña estaba de espaldas, presentando documentos. A su lado Luis susurraba al oído. Ella se giró, sonrió. Esa sonrisa, tan viva y libre, fue la gota final que hizo a Ana comprender que no podía detener ese momento, que no podía romperlo con reproches ni prohibiciones.

Se quedó inmóvil frente al vidrio, como un pez en una pecera, indefensa y muda. Begoña cruzó el control, dio unos pasos y, sin razón aparente, se volvió. Sus ojos se cruzaron a través del grueso cristal.

Begoña se quedó paralizada. La sonrisa desapareció, sustituida por sorpresa, miedo y culpa. Gritó algo a Ana, pero ella no oyó más que el movimiento de sus labios: «Mamá»

Ana no respondió. Levantó la mano, muy lentamente, y la agitó. No fue un «ven aquí», ni un «detente». Sólo un gesto, como despidiéndose.

Sacó el móvil. Los dedos temblaban; apenas podía teclear. Vio a Begoña, sin apartar la mirada temblorosa, buscar en su mochila el teléfono.

Un único mensaje. Sólo dos palabras: «¡Buen vuelo!»

Ana vio cómo Begoña leía, cómo su rostro se torcía, cómo apoyaba la frente contra el frío cristal y lloraba. No por miedo ni por alegría, sino por la súbita, ensordecedora comprensión del precio de esa huida.

Se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás. La espalda recta, como si bajo el abrigo se escondiera un eje de acero. Hizo lo más duro que una madre puede hacer: soltar. Ese desprendimiento fue más aterrador que cualquier pelea.

El taxista, al ver su rostro pálido y congelado en el espejo retrovisor, no se atrevió a hablar. Continuaron en un silencio roto sólo por el ruido de la carretera nocturna que rodea Madrid. Ana miraba por la ventana, pero ya no veía nada. Sólo la imagen distorsionada del rostro de su hija, al otro lado de una pared invisible.

La puerta del taxi se abrió en la misma quietud que había dejado horas antes. Ahora esa quietud era definitiva. Entró, se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero.

Fue a la cocina, encendió la luz. La mano se dirigió al hervidor, pero se detuvo. No podía beber. No podía comer. No podía respirar.

En su lugar se acercó al frigorífico. Entre los imanes de Soria y los dibujos de la Begoña de primaria había pegado un papel con varias contraseñas. Lo despegó, encontró la línea «Begoña, VK». La contraseña era sencilla, como todo lo que ella inventaba: la fecha de nacimiento de su gato, muerto hacía cinco años.

Se sentó a la mesa, abrió el portátil. Antes nunca se habría permitido entrar en la cuenta de su hija. Ahora, todo había cambiado. Era una cuenta ajena, una vida ajena. Entró.

Lo primero que vio fue una nueva foto de perfil: Begoña y Luis frente a la ventana de un avión, sonriendo. Subtítulo: «¡Nos vamos!». El corazón de Ana se encogió en un nudo de hielo.

Desplazó la pantalla. Fotos del desorden previo al viaje, objetos empaquetados, capturas de billetes. Todo era público, para amigos, para compañeros de clase. Pero no para ella. Era la única que no había sido incluida en ese gran y alegre secreto.

Luego encontró una conversación reciente con Luis.

¿Estás segura de que no se lo dirás a mamá?

No lo entenderá. Montará una histeria. Mejor después, cuando todo se aclare.

¿Y si

Lo superará. Es fuerte.

Ana cerró el portátil. Lo alejó como si estuviera caliente. «Fuerte». Esa palabra le sonó a una amarga burla.

Se acercó a la ventana. Detrás del cristal brillaba la noche madrileña, millones de luces. En algún punto, en el negro cielo, un avión cruzaba. Y en él, su niña. Aquella que una vez le enseñó a atarse los cordones y a leer sílabas.

No lloró. Las lágrimas llegan cuando se espera compasión. Aquí, en ese silencio, nadie podía compadecerla.

Apagó la luz de la cocina y entró al cuarto de Begoña. Se tiró sobre la cama vestida con sábanas, apoyando la cara en la almohada que aún conservaba el perfume de su champú.

En su cabeza giraba una sola pregunta: «¿Por qué le hice eso? ¿En qué momento la fallé?» Se revolvía, tratando de hallar la grieta, el instante en que todo se torció.

Y entonces recordó. Un detalle insignificante. Un mes atrás, lavaban los platos después de la cena, y Begoña, mirando por la ventana el avión que pasaba, dijo con una melancolía rara en ella:

Me pregunto si allí arriba también te sientes tan pequeña e indefensa.

¿De qué hablas? replicó Ana, sin darle importancia. Lávate el plato y no filosofíes.

Begoña suspiró y nunca volvió a tocar el tema.

Ana cerró los ojos. No era allí, era después o antes. Revisó febrilmente fragmentos de conversaciones, la mirada cansada de su hija en la cena, su repentina introspección cuando se ponía los auriculares y se encerraba en sí misma.

No había pasado por alto un momento; había pasado por alto a una persona. A esa Begoña, que había crecido y se había vuelto extraña, mientras ella, Ana, fregaba la cocina y planchaba camisas, creyendo que los muros fuertes del hogar eran amor.

Se quedó dormida, sin ropa, bajo la luz de una farola que se colaba por la ventana.

A la mañana siguiente, un tenaz golpe en la puerta la despertó. El corazón le dio un vuelco: «¡Ha vuelto! ¡Se ha arrepentido!». Tropezó, corrió a abrir.

En el umbral estaba un mensajero con un enorme ramo de crisantemos blancos y un sobre.

Ana González, esto es para usted.

Cerró la puerta tras él, tembló al abrir el sobre. Dentro había una tarjeta con el siguiente texto:

«Mamá, perdóname. No pude decirlo a la cara. Tenía miedo de que me miraras como cuando te defraudo. No huyo de ti; trato de alcanzarme a mí misma. Siempre me dices que puedo hacerlo todo. Así que lo intento. Gracias por todo. Eres lo más preciado que tengo ahora. Te quiero. Tu Begoña.»

Ana apretó la tarjeta contra el pecho y, lentamente, se dejó caer al suelo del vestíbulo. Por fin llegaron esas lágrimas, silenciosas, amargas y solitarias. Ya no había ira, sólo una tristeza universal, aplastante, y una ternura punzante por aquella niña del avión, que había temido defraudarla tanto que prefirió volar en silencio.

Se quedó sentada en el frío suelo, entre los pétalos blancos de los crisantemos, llorando. Lloraba por ambas: por la madre que, demasiado tarde, comprendió que los muros pueden ser una cárcel, y por la hija que, para ser libre, tuvo que huir del hogar.

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La Escape Silenciosa
Behind My Back