15 de octubre
Querido diario,
Hoy el caos se coló por la puerta de mi hogar como una tormenta inesperada. Me llamo Nuria y vivo en un piso de barrio en Madrid, compartido con mi marido Mateo, que lleva dos días ingresado en el Hospital Universitario La Paz por una apendicitis. Mientras él reposa bajo la atenta vigilancia de los enfermeros, mi suegra, Doña Carmen, decidió que era el momento perfecto para “recibir a los invitados sin armar un escándalo”.
¡Te han olvidado preguntar a quién y dónde vamos a alojar! soltó Doña Carmen con voz autoritaria, mientras yo trataba de impedir que cruzara el umbral con sus acompañantes.
¡Acepta a los invitados y no te quejes! añadió, como si la cortesía fuera un mandato inapelable.
Con una sonrisa forzada, la matriarca se abrió paso entre mis puertas y se llevó de la mano a una pareja de edad avanzada que jamás había visto. Al abrir la puerta, mi sorpresa fue mayúscula: al lado de mi suegra estaban un hombre y una mujer que cargaban mochilas y valijas.
Te presento a mi prima Lidia y a su marido Pedro. Han venido a “visitar” a la familia anunció Doña Carmen sin ningún atisbo de timidez.
Yo, sin saber si reír o gritar, respondí:
Buenos días. mi tono traía la duda de no entender por qué aparecían allí, con sus equipajes bajo el brazo.
Doña Carmen, como si nada, proclamó que Lidia y Pedro se quedarían con nosotros:
Vamos a alojarlos. Yo los tendría en mi casa, pero ya vivo con mi amiga Zoraida, de Málaga, y su nieto. Así que, Nuria, acepta a los invitados; Lidia y Pedro han accedido amablemente a quedarse bajo nuestro techo.
Mi mente se llenó de preguntas: ¿debería llamar al guardia civil para que les pida que se vayan? ¿O debería intentar contactar a Mateo antes de que el hospital me pida que tome decisiones precipitadas? Mientras tanto, los recién llegados empezaron a desempacar, curiosos y ajenos a mi incomodidad.
Lidia, al observar la estancia, comentó:
¡Qué acogedor! ¿Está lejos la estación de metro? Mañana quiero pasear por el centro, admirar los monumentos y los edificios históricos.
Yo apenas abrí la boca para contestar cuando Doña Carmen se adelantó:
No está lejos; a diez minutos a pie se llega. Elegimos este piso pensando en la cercanía al parque, al metro y a los comercios, con la ayuda de mi esposo.
Lidia siguió alabando la elección del piso, sin siquiera notar mi presencia.
En un arranque de frustración, exclamé:
¡Llamaré a Mateo! ¡Esto es inaudito!
Doña Carmen, con su típica prepotencia, me instó:
Llámalo; que se alegre al ver a sus tíos y tías, que hace años no ve. Lástima que Mateo no pueda recibirles como se merece.
Con el corazón acelerado, marqué el número del hospital. Mateo no contestó; seguramente estaba dormido tras la analgésica. Decidí no volver a llamar, pensando que lo haría más tarde.
Me resultaba sencillo acoger a la familia de mi marido, pero todo habría sido diferente si mi suegra hubiera preguntado con antelación si yo podía recibir a más gente. En su lugar, se entrometió, creyendo que la compra del piso financiada con una hipoteca y un primer pago que pedimos a nuestros padres era mérito exclusivamente suyo y del esposo. Yo, por mi parte, nunca he pensado que mi esposo pudiera haber encontrado una esposa mejor que yo; esa falta de aprecio la mostraba sin pudor.
El timbre volvió a sonar y, tras escuchar el zumbido del teléfono, volví a marcar a Mateo. Nuevamente, solo escuché un tono vacío. No insistí; después de todo, él estaba en el hospital, no en un balneario.
Doña Carmen, como siempre, jugó con mis nervios:
Pues bien, mis queridos, me despido; tengo también mi casa llena de visitas que requieren mi atención. Mañana hablaremos para organizar la reunión.
Con esas palabras, se marchó, dejándome sola con los invitados inesperados. Sabía que tendría que permitirles pasar la noche; echarlos de la casa no era una opción, pues no sabía cómo reaccionaría Mateo al saber que había expulsado a sus parientes.
Los visitantes, sin perder el ánimo, dijeron:
Ya cenamos. Solo necesitamos un lugar donde dormir, y listo.
Al fin, Mateo volvió a llamar. Con voz cansada pero curiosa, me preguntó cómo estaba. Desde el balcón, cerré la puerta para que no escuchara el alboroto y, al borde del llanto, le conté:
¡Tu madre ha traído a sus “parientes” a mi piso!
¿Parientes? repitió, confundido. ¿A quiénes has dicho que vienen?
A Lidia y a Pedro, una prima y su marido que vienen de algún pueblo remoto. No los había visto nunca. Tu madre los introdujo a la fuerza y ahora se han instalado aquí.
No entiendo dijo, tambaleándose por la medicación. Tal vez no sea momento de llamarla ahora; ya es tarde. Déjalos pasar la noche y mañana vuelven a su casa.
Yo, resignada, acepté:
Está bien, los dejo; al fin y al cabo son de tu familia.
A la mañana siguiente, al salir de casa para ir al trabajo, les dije a los invitados que podían cerrar la puerta tras de sí al marcharse.
¿Nos darás una llave? preguntó Lidia, perpleja. ¿Cómo volveremos?
Yo, con voz seca, respondí:
No volveréis. No tenéis permiso para vivir aquí.
Doña Carmen volvió a llamarme de inmediato:
¿Por qué no les das la llave? preguntó, irritada. ¡Se suponía que iban a quedarse!
Le recordé que Mateo había llamado, pero que yo le había dicho que recibir a los invitados, sobre todo a los familiares, era su responsabilidad, y que él debía concentrarse en su recuperación.
Esa tarde, al volver a casa, descubrí una escena lamentable: Pedro y Lidia habían abierto la nevera y estaban devorando embutidos y quesos mientras se tomaban unas cervezas, sin ningún atisbo de vergüenza.
¡Nuria! dijo Lidia, con voz cargada de alcohol. Prepara algo rápido, que ya nos estamos muriendo de hambre. No sabemos cómo funciona tu “cocina moderna”, pero hemos intentado todos los botones.
Pedro, tambaleándose, añadió:
¡Vemos que no nos dejaste las llaves!
Sin pensarlo dos veces, llamé a la policía para denunciar la presencia de extraños que se negaban a marcharse.
Doña Carmen, al oírlo, se rió con desdén:
¿Llamaste a la policía? ¡Qué descaro!
Le expliqué que, por el momento, buscaba la ayuda del guardia civil del barrio. Le advertí que si en media hora no retiraba a sus “sinvergüenzas”, acabarían en la comisaría.
Cuando finalmente los desalojaron, exhalé aliviada. Doña Carmen, furiosa, vociferó:
¡Qué ingrata! ¡La hemos aceptado en la familia y nos trata como una egoísta!
Quedé sola, reflexionando. Decidí que no podía dejar pasar tal afrenta. Necesitaba vengarme de mi suegra a lo grande, para que nunca volviera a subestimar mi dignidad.
Llamé a mi madre en Sevilla:
Mamá, ¿puedes darme el número de los primos que viven en Tordesillas?
¿Para qué los quieres? me respondió, incrédula. Seguro están ocupados con sus asuntos.
Le expliqué que necesitaba “una visita” que le mostrara a Doña Carmen quién era la que mandaba.
Unos días después, la puerta de Doña Carmen se abrió y se encontró con una muchedumbre inesperada: hombres y mujeres de aspecto rústico, con ropas gastadas y el olor a tabaco impregnado en el aire, que parecían haber surgido de un cuento de guerrilleros.
Yo, apartando a mi suegra temblorosa, los presenté como “mis familiares del campo”.
¡Pasad, no seáis tímidos! les dije. Son mis parientes, vienen de la aldea. Tal vez no tengan modales finos, pero son trabajadores y de buen corazón.
Doña Carmen, horrorizada, exclamó:
¿Qué has hecho? ¿A quién has traído?
Yo, con serenidad, respondí:
Me voy de viaje de negocios, Mateo está en el hospital. Según tus propias palabras, recibir a los familiares es una obligación. Así que, adelante, alójense.
Los recién llegados se instalaron, y en quince minutos la casa se llenó de risas, charlas y el ruido de botas contra el suelo. Yo les dije al teléfono que todo estaba bajo control, aunque mi voz temblaba ligeramente.
Al día siguiente, Mateo volvió a llamarme desde el hospital y, con una sonrisa cansada, me comentó que su madre estaba furiosa con mí y que no quería volver a hablar conmigo.
¿Qué te parece? le pregunté. ¿Así me buscabas?
Él respondió con un leve suspiro:
Parece que has conseguido lo que querías.
Pensé en esa frase y sonreí, sabiendo que, al menos por ahora, mi madreinlaw había aprendido una lección que no olvidará pronto.
Así termina mi día, entre decisiones difíciles, enfrentamientos familiares y la extraña satisfacción de haber puesto orden en medio del caos. Espero que mañana traiga un poco más de calma, aunque, con la casa llena de personajes pintorescos, dudo que sea posible.
Hasta la próxima, querido diario.







