Mi familia pensó que podía dejar la cuenta del hotel de mi abuelo en 12000 y largarse pero cuando llegué, descubrieron que había sido un nieto torpe con quien no deberían jugar.
El abuelo, Don José Martínez, de 74 años, estaba plantado frente al mostrador de la recepción de un hotel en Marbella, con la factura de 12000 apretada en la mano. Los hombros caídos, el papel temblaba entre sus dedos.
Dicen que era suyo susurró. No quería liarla.
Jamás imaginaron que la puerta la cruzaría yo.
El abuelo había trabajado 52 años como maquinista. Nunca se quejó, jamás faltó un día. Era de esos que arregla una repisa sin que se lo pidas y, de paso, te deja veinte euros para el almuerzo. Cada cumpleaños le enviaba una postal con un sobre. Siempre daba, nunca faltaba.
Mi tía Carmen quería que tuviera algo especial. Mi prima Inés, que solo se llama así en nuestro país, se iluminó:
¡Llevemos al abuelo a un balneario! Vacaciones de lujo se lo merece.
Reservó cinco habitaciones en un resort de la Costa del Sol. Para Don José, un apartamento con balcón.
Es nuestro homenaje le aseguró.
No quiero ser una molestia vaciló.
Lo hacemos por ti repuso ella.
Empacó su maleta, su sombrero de pescador y se marchó.
Las vacaciones prometidas
En Instagram aparecían fotos: cócteles junto a la piscina, el sol, hashtags #FamiliaPrimero y #CelebrandoAlRey. Yo podía incorporarme solo el último día; mi intención era ayudarle a volver.
Al llegar, el hall del hotel estaba vacío. La maleta a sus pies, la mirada baja. La familia había desaparecido.
Dijeron que estaba todo pagado murmuró. Yo solo firmé unos papeles.
En la cuenta, sin embargo, estaban cargados: spa, champán, alquiler de yate todo bajo su habitación.
¿Por qué no llamaste? le pregunté.
No quería molestarte. Lo importante es que lo pasaron bien.
La llamada inesperada
Marqué el número de Inés.
¿Por qué le dejaste al abuelo una cuenta de 12000? le pregunté.
Se rió.
Vamos, son sus ahorros. Era más un agradecimiento él nos ha dado tanto.
¿Echar la cuenta al viejo y llamarlo agradecimiento? mi voz se endureció.
No seas dramático replicó. Sabes que se alegra cuando nos ve juntos.
Él no es el tonto contesté. Tú sí.
Colgó.
Asumir la responsabilidad
Volví a la recepción. Don José todavía pedía disculpas al recepcionista.
Tranquilo, abuelo le dije en voz alta. Yo lo pago.
Son demasiados euros dijo.
Ya está resuelto.
Pagué. Luego pedí a la gerente el desglose por habitación, nombres y firmas. Asintió.
Al marcharnos, el abuelo sonrió:
¿Quieres un batido de leche? Tú siempre has preferido el chocolate.
Construir el caso
Esa noche llamé a mi amigo, el abogado. Le envié todo: facturas, grabaciones de cámara, testimonios del personal. A la mañana siguiente tenía cartas listas:
«Ustedes son responsables de los siguientes gastos. Pago en 14 días. De no hacerlo, se presentará denuncia por fraude y abuso de mayor».
Cada carta llevaba copia de sus firmas y los recibos.
Inés había acumulado la lista más larga: masajes, champán, cruceros.
Les mandé la solicitud por Bizum, breve:
«Tu parte del viaje del abuelo. Vencimiento 14 días».
Sin emoticonos, sin comentarios. Solo números.
En tres días Inés pagó. Después su hermano. Luego la tía. Nadie pidió perdón, pero el dinero volvió: los 12000 completos.
Poner todo en su sitio
Durante la cena, el abuelo comentó:
No tenías que hacerlo. Tengo mis ahorros.
Tú no tenías que pagarlo respondí. Esa vacación era para ti.
Se quedó callado un momento y, en voz baja, añadió:
Gracias.
Nuevo capítulo
En Acción de Gracias no llegó ninguna invitación. Don José solo encogió los hombros.
Quizá sea una bendición dijo, mientras veíamos un western antiguo.
No estabas ciego le contesté. Solo eras generoso.
Se rió. Sigo aquí.
Hoy pasa los días en el jardín. De vez en cuando nos visitamos para almorzar, me cuenta anécdotas de su juventud y yo escucho como si fuera la primera vez.
Y si alguien me pregunta si valió la pena sí. Porque quien cree que puede dejar a un anciano con una cuenta y marcharse con una sonrisa, nunca se ha cruzado con un nieto como yo.







