El móvil vibró dentro del bolso de Luz justo cuando cerraba la puerta de su piso en el centro de Madrid. Eran las siete de la tarde en viernes y la ilusión de que empezaba el fin de semana se evaporó al instante, dejando paso a una presión conocida y pesada. En la pantalla brillaba: «MAMÁ».
Luz inhaló hondo y aceptó la llamada.
Mamá, hola
Hola contestó la voz de Doña Concepción, fría y cargada de reproche. Gracias a Dios estás viva. Creía que ya te habías olvidado de mí.
El nudo que siempre se formaba en la garganta volvió a apretar.
Mamá, acabo de salir del trabajo. Ha sido una semana infernal, ni te imaginas
Todos trabajamos interrumpió Concepción sin escuchar . Todos están ocupados. Tú nunca me llamas nunca tienes tiempo para mí. ¿Acaso ya no te sirvo? ¡La última vez que hablamos fue el lunes!
¡El lunes! estalló Luz, sintiendo cómo la irritación subía como una bola al pecho . Eso fue hace cuatro días, ¡mamá! No puedo estar llamándote cada dos horas. ¡Tengo mi propia vida!
Claro, tu vida espetó la madre, venenosa . Yo ya no tengo la mía. Quédate allí sola, en silencio, esperando a que la hija se dignifique a concederte cinco minutos.
La conversación se deslizó por el mismo cauce: recriminaciones cruzadas, añoranzas sin voces, reproches amargos. Luz se justificaba, arremetía contra su madre y después contra ella misma por esa rabia. Concepción quería oír que la amaba y que era importante, pero soltaba palabras que la alejaban aún más. Colgaron, ambas heridas y desdichadas. Luz se sentía culpable por estar cansada, por enfadarse, por no poder ofrecer a su madre lo que ella anhelaba. Concepción, abandonada y sin valor.
Ese ritual se repetía semana tras semana. Cada vistazo al móvil le provocaba a Luz una ansiedad creciente. Trataba de llamar más a menudo, pero siempre surgía algo: llamé demasiado tarde, hablamos muy poco y el círculo volvía a cerrarse.
El punto de inflexión llegó una de esas noches pesadas. Luz, a punto de colgar tras oír de nuevo ¡No me quieres!, percibió en la voz de su madre no ira, sino desesperación, una vulnerabilidad infantil. En vez de arremeter, exhaló y, con un tono casi infantil, dijo:
Mamá, escucho que te duele. Oigo que extrañas. Yo también te echo de menos.
En la línea se instaló un silencio atronador. Concepción aguardaba cualquier cosa: una excusa, un grito, un silencio pero no esa simple y suave confesión.
Yo titubeó no sé qué hacer. Los días se alargan
Probemos otra cosa propuso Luz con cautela . Acordemos que cada domingo a las siete te llamo. Hablaremos todo lo que quieras. Los demás días solo si surge algo. ¿Trato?
¿Los domingos a las siete? repitió Concepción, como quemándose en la certeza de que no era un espejismo. Aquellos domingos parecían ahora faros en el calendario. Trato.
El primer domingo Luz marcó puntual. Su voz no era de disculpa ni de enfado, sino serena. Concepción, al principio cautelosa, fue soltando relatos sobre los pepinos que había sembrado en el balcón, sobre la semilla que había brotado, sobre el libro nuevo y la visita de una amiga. No había reproches, solo compartir. Luz contaba la escuela, una anécdota graciosa en clase.
Pasaron varias semanas. Luz ya no temía al teléfono. Podía, en cualquier día, enviar a su madre un trozo de su mundo: una foto de una frase disparatada escrita por una de sus alumnas de quinto, acompañada del mensaje: «Mamá, mira lo que nos han entregado hoy».
En menos de un minuto llegó la respuesta: «¡Ay, mi niña! ¡Qué imaginación! ¡Estos niños!», seguida de un emoticono risueño. Concepción, sentada en su sillón, miraba la letra infantil en la pantalla, sin haber pedido la llamada. Recibía un pedazo del universo de su hija, prueba de que la recordaba, no por agenda, sino por simple deseo. Sonrió y se puso a regar las plantas. Tres días después, el domingo, la soledad se había retirado.
Las llamadas de domingo se convirtieron en un ritual esperado. Concepción empezó a llevar un cuaderno donde apuntaba pequeñas noticias: «cogí diez pepinos», «leí un artículo interesante», «con la vecina revisamos viejas fotos». Se descubría buscando esas pequeñas alegrías para tener algo de qué hablar.
Luz notó el cambio. La voz de su madre perdió esa pesadez melancólica y ganó curiosidad. Un domingo por la mañana despertó con fuerte dolor de cabeza, garganta irritada y el cuerpo hecho polvo. Pensó que al día siguiente solo empeoraría y que no habría fuerzas para la larga charla del domingo.
Antes, eso habría sido culpa: enfermarse era un delito, posponer la llamada una falta imperdonable. Ahora, simplemente marcó el número.
Mamá, buenos días balbuceó.
¿Qué es eso? tu voz suena extraña se alarmó Concepción al instante.
Creo que me estoy enfermando. Me duele la cabeza, me está desgarrando la garganta. Llamo ahora porque temo quedarme sin voz al anochecer. Solo quería avisarte para que no te preocupara.
Al otro lado no hubo reproche, sino una participación inmediata.
¡Hija mía! Acuéstate ya. ¿Has tomado té caliente con frambuesa? ¿Te has hecho gárgaras?
Aún no, acabo de levantarme y todo se siente fatal admitió Luz.
¡Deja todo y ve a curarte! ordenó Concepción con la firmeza de una madre . No me llames esta noche. Duerme. Llama cuando estés mejor. ¡Recupérate!
Luz se cubrió con la manta, aliviada. No hubo bronca ni culpa, solo cuidado. La madre no exigía entretenimiento a la hija enferma; solo quería su bienestar. Ese corto llamado matutino, cargado de ternura, significó más que diez conversaciones dominicales. Luz pasó cuarenta minutos bajo la manta, luego, con poca fuerza, preparó té. Cuando estaba a punto de tomarse la temperatura, alguien llamó a la puerta.
¿Quién será? pensó, arrancándose del sofá.
Era un mensajero con un paquete.
¿Luz? Tiene una entrega, ya está pagada.
Dentro había todo lo necesario para su recuperación: pastillas para la garganta, un buen antipirético, limones, jengibre y un tarro de mermelada de frambuesa.
Luz dispuso los remedios sobre la mesa, fotografió el tesoro y lo mandó a su madre con el texto: «¡Mamá, estoy en el sanatorio! ¡Mil gracias!».
Enseguida llegó la respuesta: «Eso es para que te mejores pronto. ¡Vete a la cama ya!».
Se sirvió una taza de té, abrió el tarro de mermelada y, al beber, sintió una sonrisa infantil. Se acomodó a enfermar con una sonrisa tonta, como una niña cuidada. La sensación era tan tierna que casi lloraba.
Al día siguiente, al anochecer, el móvil volvió a sonar. En la pantalla: «MAMÁ». Luz estaba a punto de decir que todo estaba bien, pero escuchó la voz de su madre, emocionada pero sin angustia:
Hija, ¿cómo te sientes? La vecina Ana me ha visitado y ahora me invita al club de manualidades; hacen juguetes para orfanatos. ¡Creo que mañana iré!
Luz se quedó boquiabierta. Concepción, que hacía poco medía su valor sólo por la frecuencia de las llamadas, ahora compartía sus planes con entusiasmo, sin quejarse, solo celebrando.
Mamá, me siento bastante bien y estoy feliz por ti exclamó Luz sinceramente.
¿De veras? ¿Te parece bien? tembló ligeramente la voz de Concepción, como si aún esperara una crítica.
¿Qué tiene de malo? ¡Yo solo apoyo! Los juguetes son geniales. ¿Me mandas fotos?
¡Claro! respondió la madre radiante . No te molestaré, descansa y recupérate.
Cuelgan. Luz deja el teléfono sobre la mesita junto al tarro de frambuesa. La enfermedad sigue tirando de ella, pero el corazón está ligero. Ambas han aprendido a ser más que una carga o una fuente de culpa; se han convertido en verdaderas amigas, capaces de apoyarse y alegrarse mutuamente, aun a distancia. Ese había sido el mejor remedio.







