La Fuga Silenciosa

La sombra del alto plátano ya cubría la mitad del banco del parque. Ana tapó los ojos, dejando que la última luz otoñal del sol tocara su rostro. El parque estaba casi vacío, sólo el viento lanzaba puñados de hojas doradas por los alamedas. Ella buscó su bolso y encontró el frío plástico del móvil. Ningún mensaje nuevo, ninguna llamada perdida. «Debe estar retrasada en la universidad», se dijo sin gran inquietud.

Sacó el libro e intentó leer, pero las letras se desdibujaban. Los pensamientos volvieron obstinados a la conversación de la mañana. Su hija, Almudena, había estado distante en el desayuno, la mirada se le escapaba.

Mamá, ¡no te imaginas la oportunidad que tengo! Sólo seis meses. ¡Es en Roma!

Lo entiendo respondió Ana, seca. Y sé en qué se convertirá. Vas a abandonar la universidad.

¡No! Volveré y terminaré todo.

Nadie vuelve, Almudena. Todos los seis meses acaban siendo para siempre.

El argumento se estancó, Almudena salió, cerrando la puerta con un golpe. Una discusión más, una de las muchas últimas. Pero hoy había una pesadez silenciosa, extraña, que flotaba en el aire.

Ana miró de nuevo el móvil. Era la medianoche y la clase de Almudena debería haber terminado hace una hora. Marcó el número. Línea ocupada. «Se habrá quedado sin batería», se dijo, pero dentro se agitó una serpiente helada de preocupación.

Recogió sus cosas y salió de la casa, sin poder quedarse quieta. El piso la recibió con un silencio tenso, como un susurro que apenas se atrevía a romperse. Recorría las habitaciones como si fuera la primera vez que las veía. Allí la estantería con los libros infantiles de Almudena, allí la pegatina deslavada del armario, allí la foto en la cómoda: ambas riendo en la orilla del mar, la hija bronceada, la sonrisa desbordante. Todo eso era su mundo, construido alrededor de esa niña, sólido e inquebrantable.

El móvil seguía en silencio.

La inquietud se volvió pánico, silencioso pero total. Ana empezó a llamar a las amigas de Almudena. Las respuestas fueron evasivas, nadie sabía nada, o fingían no saber. La última esperanza era Sergio, el novio de Almudena. Contestó tras cinco tonos.

Ana, buenas tardes.

Sergio, ¿dónde está Almudena? No contesta el móvil.

Un incómodo silencio colgó del auricular.

¿Sergio?

Ella te lo contará todo respondió, cansado.

¿Qué te va a contar? ¿Dónde está?

En el aeropuerto.

El mundo no se derrumbó. Se quedó paralizada. Los ruidos el ruido de los coches fuera de la ventana, el tictac del reloj del recibidor desaparecieron. Ana se dejó caer lentamente en una silla junto a la mesa del teléfono.

¿En qué aeropuerto? su voz sonó extraña, plana.

En Barajas. El vuelo a Roma sale dentro de dos horas. Yo viajo con ella. No te preocupes. Tenía miedo de decírtelo. Pensó que lo explicaría todo cuando se instalara.

Ana no recordó haber respondido. Colgó el teléfono y quedó inmóvil, mirando un punto vacío. Vacío en la cabeza, en el corazón, en el apartamento. Todo era vacío. Allí estaba, lo que había temido durante meses. No una pelea, no un grito, no el golpe de la puerta. Un escape silencioso, meticuloso. Fuga.

Se acercó instintivamente al cuarto de Almudena. Todo estaba limpio, ordenado, impecable. Ana arrancó el armario. Medio vacío. Falta la chaqueta verde, el suéter cálido, la maleta de ruedas.

Entonces la sobrecogió una ola de furia impotente, aplastante. ¿Cómo pudo? ¡Silenciosa, a escondidas, con engaños! Agarró lo primero que encontró en la estantería: un oso de peluche gastado, con un ojo que parecía un botón. La muñeca favorita. Quiso lanzarlo contra la pared, pero la mano no obedeció. Los dedos se aflojaron y sólo lo abrazó, hundiéndose la cara en el peluche, que aún conservaba el tenue aroma de perfume infantil.

La furia dio paso a la desesperación. Se dejó caer sobre la cama de su hija, encogida en un puño. ¿Todo fue en vano? ¿Todos esos años de preocupación, noches sin dormir, lucha por su futuro aquí, en casa? ¿Todo inútil?

De pronto, se levantó de un salto y corrió al teléfono. «Taxi, necesito un taxi».

Vagó por el apartamento buscando llaves, bolso, sin entender qué ponerse. En su cabeza resonaba: «Tengo que llegar, solo tengo que llegar». La mano se dirigió sola a la chaqueta de Almudena colgada en la entrada. Metió la nariz en el cuello y, al inhalar, sintió el familiar olor, y otra vez el mismo puñal que paralizaba su pecho. Se puso su viejo abrigo y salió sin cerrar la puerta con llave.

En el taxi guardó silencio, aferrada al asiento, mirando por la ventana. Madrid pasaba deprisa, ajeno e indiferente. Luces de carteles, torrentes de coches. En alguna parte, su hija estaba allí, o ya casi había despegado. Ana imaginaba a Almudena frente a la rígida puerta de cristal del terminal: pálida, asustada, pero ya no su madre. Extraña.

«¿Qué diré? pensó, apretando los puños. ¿Suplicar? ¿Gritar? ¿Azotarla como antes, cuando corría a la carretera? ¿O caer de rodillas y llorar?»

El taxi giró hacia la carretera que conduce al aeropuerto. Ana pagó con mano temblorosa, saltó y se lanzó entre la multitud. Empujones, voces, conversaciones en varios idiomas. Buscó entre las chicas con capuchas y mochilas, intentando reconocer a la suya. El corazón le latía en la garganta.

Y entonces la vio. No entre la muchedumbre, sino ya detrás del cristal de control. Almudena, de espaldas, mostraba su pasaporte. A su lado Sergio, susurrándole algo al oído, y ella se volvió, sonrió. Esa sonrisa, viva y libre, se convirtió en la última gota que rompió a Ana. Comprendió que no podía impedir ese momento, no podía ser la sombra que la condenara.

Se quedó inmóvil frente al cristal, como un pez en una pecera, indefensa y muda. Almudena pasó el control, dio unos pasos y, sin razón aparente, se giró. Sus ojos se cruzaron a través del grueso vidrio.

Almudena se quedó paralizada. La sonrisa desapareció, sustituida por sorpresa, miedo y culpa. Gritó algo a Ana, pero ella no oyó nada, sólo vio moverse sus labios: «Mamá»

Ana no respondió. Levantó la mano con lentitud, muy lentamente, y la agitó. No fue un «ven aquí», ni un «detente». Sólo un gesto, como quien despide.

Sacó el móvil. Los dedos temblaban, apenas lograba pulsar las letras. Vio a Almudena, sin apartar la mirada temblorosa, buscar en su mochila el móvil.

Un único mensaje. Sólo dos palabras: «¡Buen vuelo!»

Almudena lo leyó, su rostro se torció, apoyó la frente contra el frío cristal y estalló en lágrimas. No por miedo ni por alegría, sino por la brutal, ensordecedora comprensión del precio de ese escape.

Ana se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás. La espalda recta, como si bajo el abrigo ocultara una barra de acero. Había hecho lo más difícil que una madre puede hacer: soltar. Y ese desprendimiento era más aterrador que cualquier escándalo.

El taxista, al ver su rostro pálido y congelado en el espejo retrovisor, no se atrevió a hablar. Continuaron en un silencio roto sólo por el ruido de la autopista nocturna de Madrid. Ana miraba por la ventana, pero no veía nada. Lo único que tenía en la mente era el rostro de su hija, distorsionado por el llanto, del otro lado de una pared invisible.

La puerta del aeropuerto se abrió a la misma quietud que había dejado horas antes. Ahora esa quietud era definitiva. Entró, se quitó el abrigo mecánicamente, lo colgó.

Fue a la cocina, encendió la luz. Su mano buscó la tetera, pero se detuvo. No podía beber. No podía comer. No podía respirar.

En su lugar se acercó al frigorífico. Entre los imanes de Cuenca y los dibujos de Almudena de primaria, había un papel con varias contraseñas. Lo arrancó y encontró la línea «Almudena, VK». La contraseña era sencilla, como todas las que ella inventaba: la fecha de nacimiento del gato que había muerto hacía cinco años.

Se sentó a la mesa, abrió el portátil. Nunca se habría permitido husmear en la cuenta de su hija, pero ahora todo había cambiado. Una cuenta ajena, una vida ajena. Entró.

Lo primero que vio fue una nueva foto de perfil: Almudena y Sergio frente a la ventana de un avión, sonriendo. Pie de foto: «¡Vamos!». El corazón de Ana se encogió en un puñuelo de hielo.

Desplazó el scroll. Fotos de la prevuelo, ropa ya empacada, capturas de billetes. Todo para todos. Amigos, compañeros de estudio. Pero no para ella. Ella era la única que no estaba invitada a ese gran y alegre secreto.

Después halló la conversación con Sergio, reciente.

¿Estás segura de que no se lo dirás a tu madre?

No lo entenderá. Haría una rabieta. Mejor después, cuando todo se calme.

¿Y si ella

Sobrevivirá. Es fuerte.

Ana cerró el portátil, lo apartó como si estuviera caliente. «Fuerte». Esa palabra le sonó a una amarga burla.

Se acercó a la ventana. Detrás, la noche madrileña, millones de luces. En el cielo negro, un avión cruzaba. En él, su niña, la que ella le enseñó a atarse los cordones y a leer sílabas.

No lloró. Las lágrimas llegan cuando se busca consuelo. Aquí, en ese silencio, no había quien la consolara.

Apagó la luz de la cocina y entró al cuarto de su hija. Se tiró sobre la cama, apoyando la cara en la almohada que aún conservaba el perfume de su champú.

Una sola idea giraba en su cabeza: «¿Por qué le hice esto? ¿En qué momento la pasé por alto?» Se revolcó, intentando recordar el punto exacto donde todo se torció.

Y entonces recordó. Un detalle insignificante. Hace un mes, después de la cena, estaban lavando los platos. Almudena, mirando por la ventana el avión que cruzaba, dijo con una tristeza rara en ella:

Me pregunto, allá arriba, ¿nos sentimos tan pequeños e indefensos?

¿De qué hablas? contestó Ana, despidiendo la pregunta. Lávate el plato, no filosóficas.

Almudena suspiró y no volvió al tema.

Ana cerró los ojos. No era allí, era después. O antes. Repasó en su mente fragmentos de conversaciones, la mirada cansada de su hija en la cena, el momento en que se encerró en la música con los auriculares.

No había fallado el momento. Había fallado la persona. Esa Almudena que había crecido y se volvió extraña, mientras Ana, con la plancha y la tabla de planchar, creía que los muros firmes del hogar eran amor.

Se quedó dormida, sin ropa, bajo la luz de una farola que se colaba por la ventana.

A la mañana siguiente, un golpe insistente en la puerta la despertó. El corazón le dio un vuelco: «¿Ha vuelto? ¿Se ha arrepentido?». Tropezó y corrió a abrir.

En el umbral estaba un mensajero con un enorme ramo de crisantemos blancos y un sobre.

Ana, ¿es para usted? preguntó el mensajero.

Cerró la puerta tras él, temblando, y abrió el sobre. Dentro había una tarjeta con la siguiente frase:

«Mamá, perdóname. No pude mirarte a los ojos. Tenía miedo de que me juzgaras como siempre. No huyo de ti, intento alcanzarme a mí misma. Siempre me decías que podía lograrlo, y ahora lo intento. Gracias por todo. Eres lo más preciado que tengo. Te quiero. Tu Almudena.»

Ana se aferró a la tarjeta contra el pecho y se dejó caer al suelo del vestíbulo. Por fin, las lágrimas llegaron. Lloró en silencio, amargas y solitarias, pero sin la furia de antes. Sólo una desgarradora, universal tristeza y una ternura punzante por aquella niña del avión que había temido decepcionarla tanto que prefirió volar en silencio.

Se quedó sentada en el frío suelo, rodeada de pétalos blancos, y lloró. Lloró por ambas: por la madre que, demasiado tarde, comprendió que los muros pueden ser una prisión, y por la hija que, para ser libre, tuvo que huir de casa.

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