Fotografía del Pasado: un Viaje a Través del Tiempo

Ana Serrano colocó con sumo cuidado sobre la mesa una caja de fotos antiguas, tomó una entre sus manos y se quedó inmóvil. En la imagen amarillenta aparecía ella, joven, con un vestido veraniego ligero, y a su lado un hombre alto de sonrisa benévola: Miguel Álvarez.

¿Cuántos años habrán pasado? ¿Cuarenta? ¿Más? pasó el dedo por el rostro del hombre, como queriendo borrarle el tiempo, pero la foto permanecía inmutable, congelada como la memoria.

Abuela, ¿quién es ese? preguntó Marisol, su nieta de diez años, asomándose por encima del hombro, sus dedos curiosos ya estirados hacia la foto.

Es un viejo conocido, desvió ligeramente la mano la anciana. Mejor mira estas otras.

Marisol no se dio por vencida.

¿Y por qué aparece contigo? ¿Eran amigos?

Ana suspiró.

Sí, éramos amigos. Hace mucho tiempo.

¿Y ahora dónde está?

No lo sé contestó sinceramente.

En verdad, no lo sabía. La última vez que se habían visto había sido en el Parque del Retiro, donde se tomó aquella foto. Entonces él le había dicho que se marcharía por un tiempo, por trabajo. Y después comenzó una historia que hacía que Ana, incluso ahora, despertara a medianoche como sacudida por una sacudida.

¿Te gustaba? se sentó Marisol, con las piernas recogidas.

Me gustaba admitió la abuela.

¿Él te amaba?

Ana reflexionó.

Creo que sí. Pero

¿Pero qué?

La vida a veces gira de tal modo que el amor, a veces, no basta.

Marisol frunció el ceño, sin comprender del todo, pero Ana no quiso explicarle. ¿Cómo contarle a una niña que existen cartas que llegan demasiado tarde? ¿Que hay trenes a los que nunca llegas, aunque corras con todas tus fuerzas?

¿Te gustaría volver a verlo? insistía la nieta.

Ana sonrió con tristeza.

No, cielito. Algunas cosas es mejor dejarlas en el pasado.

Volvió a colocar la foto en la caja, pero Marisol se levantó de un salto.

¡Abuela, vamos a buscarlo!

¿Qué?

¡Mira! apuntó con el dedo a la pantalla del móvil, ese aparato que a Ana le costaba tolerar. Podemos buscarlo en las redes. ¿Cómo se llama?

Marisol, basta

Miguel, ¿no? ¿Y su apellido?

¡Marisol, basta ya!

Ya era demasiado tarde. La niña ya estaba deslizando la pantalla, y Ana, horrorizada, sintió que en el fondo de su alma deseaba aquello. Pronunció su apellido en voz baja.

¿Quieres ver sus sienes canosas? ¿Escuchar su voz? ¿Saber si recuerda aquel parque?

¡Mira! exclamó de pronto Marisol. ¡Abuela, mira!

Ana cerró los ojos un instante, pero al abrirlos vio en la pantalla a un hombre, con canas y arrugas alrededor de los ojos, pero con la misma sonrisa.

¿Es él? preguntó la niña.

Ana no respondió. Solo observó, y su corazón latía como si volviera a tener veinticinco años.

¿Abuela?

Sí susurró. Es él.

Marisol se iluminó con una sonrisa triunfal.

¿Le escribimos?

Ana sacudió la cabeza lentamente.

No.

¡¿Por qué?!

Marisol no se rendía.

¡Abuela! agarró el brazo de Ana. ¡Ya lo hemos encontrado! Escribamos: Buenas, ¿será usted el Miguel que?

No repuso firme Ana, aunque su voz tembló.

¿Por qué? ¡Tú misma dijiste que te gustaba!

Fue hace mucho tiempo.

¿Y si él también te busca?

El corazón de Ana se estancó. ¿Y si?

No. Demasiados años habían pasado. Demasiadas cosas habían cambiado. Ya no era la joven de la foto.

Al menos mira su perfil insistió Marisol, hojeando fotos. ¡Mira, tiene un perro! Y parece que tiene familia

Ana se giró de golpe.

¿Lo ves? murmuró. Tiene su vida. Yo tengo la mía.

Marisol quedó en silencio, pero de pronto gritó:

¡Abuela, aquí dice que vendrá a nuestra ciudad la próxima semana! ¡Mira, es músico, da concierto!

Ana se quedó helada.

Él estaría aquí. Muy pronto.

¡Vamos! saltó Marisol, emocionada. ¡Te gusta la música!

No repuso Ana, levantándose bruscamente. Basta.

Esa noche, cuando Marisol se había quedado dormida, Ana volvió a abrir su página.

Leíó: «Girasoles en la ciudad natal después de tantos años. Sensación extraña, como si el tiempo se hubiera detenido». Debajo había una foto del mismo Parque del Retiro.

El concierto sería el sábado.

Ana vaciló tres veces antes de decidir ir, pero Marisol la suplicó:

¡Solo escucharemos la música! Si no quieres acercarte, no pasa nada.

El salón estaba casi lleno. Cuando subió él cáncer, de pie, con un traje negro y una violonchela bajo el brazo, Ana apretó los puños hasta blanquearse los nudillos.

Comenzó a tocar.

Y aquella melodía la envolvió: la suya, la que él había compuesto para ella en aquel lejano verano.

Marisol la miró y exclamó:

¿Abuela, estás llorando?

Ana no respondió. Solo quedó sentada, con lágrimas corriendo por sus mejillas, mientras la música fluía como el tiempo que ya no volverá.

Al terminar el recital, Marisol casi la arrastró entre bastidores.

¡No! Ana apartó su mano. No puedo.

¡Pero él!

Yo no soy la que él recuerda.

Salió al exterior, inhalando el aire frío.

Y, de pronto, escuchó detrás de ella:

¿Ana?

Se volvió.

Miguel estaba a pocos pasos, los ojos desorbitados como si hubiera visto un fantasma.

¿Eres realmente tú? balbuceó ella.

No encontró palabras.

Te vi en el salón dio un paso. Pensé que era una ilusión. Pero luego

Se quedó callado.

Luego te lloré, finalizó en un susurro. Y lo entendí.

Marisol se retiró discretamente, dejándolos solos.

Tocaste esa melodía dijo Ana.

La toco en cada concierto.

Se miraron, dos ancianos cuyas miradas aún conservaban el reflejo de la juventud que una vez compartieron.

Perdona por no esperarte entonces confesó ella.

Perdona por no volver a tiempo repuso él.

Y entonces Ana sonrió.

Vamos propuso. Te presentaré a mi nieta.

Marisol, escondida en la sombra, soltó una carcajada.

Al fin, todo había encontrado su camino.

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