Una mujer recibe seis multas por estacionamiento en una semana — pero cuando el juez Francisco Caprio nota el comportamiento inusual de su perro en el juzgado, la verdad que se revela deja a todos sorprendidos.

En la ciudad de Salamanca, donde todos conocen al juez Antonio Delgado, la sala de audiencias es casi un teatro: la gente ríe, llora y, de vez en cuando, descubre que la justicia también tiene su lado humano. Un lunes cualquiera entró en el juzgado una joven con un golden retriever ataviado con un chaleco azul. Se llamaba Crisanta Ortega y llevaba una bastón blanco; era ciega de nacimiento.

Delante del juez reposaban seis multas de estacionamiento, todas emitidas en la última semana por aparcar en plazas reservadas a personas con movilidad reducida. Crisanta explicó con serenidad: «Yo nunca he conducido un coche. La policía me vio bajar de un VTC con mi perro guía y asumió que era la conductora». El juez frunció el ceño. «¿Me está diciendo que una ciega con su perro guía ha recibido una multa de aparcamiento?»

Crisanta asintió. «Un agente me dijo que me desplazaba con demasiada seguridad para ser ciega, que mi perro era solo un adorno». El silencio se apoderó de la sala. De inmediato, el juez llamó al representante de la Comisión de Personas con Discapacidad Visual, que confirmó que Crisanta era ciega desde el nacimiento y que su perro, Lobo, estaba certificado como guía.

A petición del juez, Crisanta mostró cómo Lobo la asistía. «Lobo, busca la puerta», dijo. El perro la condujo con paso firme hasta la salida y, tras comprobar que todo estaba bien, la devolvió al tribunal. Los presentes aplaudieron. «Él es mis ojos», comentó ella.

El juez citó al agente José Márquez, quien había impuesto tres de las multas. «Yo no me lo imaginaba, señorita», replicó el agente. «No llevaba gafas de sol, llevaba el móvil». El juez respondió con ironía: «Cuando alguien le dice que tiene una discapacidad, usted no tiene derecho a decidir si parece suficientemente discapacitado. Eso es un prejuicio».

Se abrió una investigación: en el último año en Salamanca se habían expedido 247 multas a personas con alguna discapacidad, 89 de ellas a ciegos. El juez Delgado decretó: «Esto termina hoy». Las seis sanciones fueron anuladas, la municipalidad pidió disculpas públicas a Crisanta y el agente Márquez tuvo que asistir a un curso de sensibilización y redactar una carta de perdón personal. «No busco lástima», dijo Crisanta. «Quiero comprensión».

El caso provocó una reforma: ya no se emitirán multas a conductores sin permiso de conducción, se obligará a la formación sobre discapacidad para policías y se establecerá un nuevo procedimiento de recurso. En seis meses, las sanciones erróneas cayeron un 94%.

Los medios no dejaron pasar la oportunidad de titular la historia como «El perro que puso a temblar al ayuntamiento». Lobo recibió el Premio a la Excelencia de Perros de Asistencia y Crisanta fundó la ONG «Ceguera Sin Estereotipos», dedicada a formar a agentes y concienciar al público.

En una charla de TEDx, Crisanta dejó una frase que se quedó grabada: «Si me han visto caminar con confianza y han pensado que no podía ser ciega, no es mi limitación, es la vuestra».

Hoy, en la oficina del juez Delgado cuelga enmarcada una copia de una de sus multas, con la anotación: «Desestimada porque los prejuicios pesan más que la propia discapacidad». Crisanta sigue viviendo en Salamanca, casada con su inseparable Lobo. Cuando la reconoce alguien en la calle, sonríe y dice: « El mundo no necesitaba que yo viera, solo que abriera los ojos».

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