Perdona, pero en la boda solo estarán las amigas guapas soltó la novia.
Luz, ¡otra vez te has olvidado de comprar leche! estalló Marina, cerrando la nevera con fuerza. ¡Ayer lo acordamos! ¡Ya son tres días!
Lo siento, Marina, se me ha borrado de la cabeza respondió Alba, mirando a su amiga con culpa. Hoy tengo un día fatal, no entiendo nada.
¿Otra vez te ha llamado Violeta?
Exacto. Desde que se levantó ha llamado cinco veces. «No me gusta el vestido», «Los zapatos están mal», «Quiero otro fotógrafo». Tengo la cabeza hecha un lío.
Pues lo tienes tú misma dijo Marina, sirviéndose un té sin leche. ¿Por qué te metes a ayudar en todo? ¡Que lo haga el organizador de la boda!
Es que ella es mi amiga, nos conocemos desde el cole. ¿Cómo le puedo decir que no?
Amiga, bufó Marina. ¿La que te deja correr como una loca y ella se pasa el día tirada en el sofá?
Alba se quedó callada. Marina tenía razón. Violeta había cargado sobre ella toda la organización: buscar flores, recoger invitaciones, reunirse con el decorador… y Alba no podía decir que no. Veinte años de amistad no son cosa de risa.
Se conocieron en la guardería. Violeta era una niña luminosa, con pelo rubio y ojos azules; todos los niños se fundían por ella y las chicas querían ser su amiga. Alba, en cambio, era bajita, callada, con trenzas castañas y pecas. La molestaban y la dejaban fuera de los juegos.
Aun así Violeta eligió a Alba. Un día se acercó y le dijo: «¿Quieres ser mi amiga?». Desde entonces fueron inseparables: escuela, instituto, los primeros enamoramientos Violeta tuvo un par de docenas de novios, mientras que Alba nunca encontró el suyo.
Luz, su móvil está llamando anunció Marina.
Alba contestó. Era Violeta, claro.
Alba, ¿dónde estás? Estoy en la boutique probando vestidos para las damas de honor. ¡Ven ya, necesito tu opinión!
Violeta, estoy en la oficina. Falta hasta el almuerzo.
Pues pide permiso, es importante, la boda es en una semana.
Vale, lo intento suspiró Alba.
Pediu permiso a su jefe, obtuvo un asentimiento a regañadientes y se lanzó a la boutique. Violeta la recibió con una sonrisa de oreja a oreja, vestida de blanco y con velo.
Mira, qué guapa estoy giró frente al espejo. ¡Íñigo se volverá loco de la felicidad!
Eres muy guapa, dijo Alba sinceramente. Y era verdad: Violeta siempre había sido una belleza, y con el vestido parecía una princesa.
Mira, he elegido los vestidos para las damas de honor señaló los maniquíes. Rosa pastel, largo. ¿No te parecen una pasada?
Sí, muy bonitos.
Seremos cinco. Decidí que deben ser cinco exactamente, así quedará bien en las fotos.
¿Y a quién vas a invitar?
A Tania, a Olga, a Cata, a María y a Nuria.
Alba se quedó helada. Cinco amigas… y ella no aparecía en la lista.
¿Y yo? logró decir, con la voz quebrada.
Violeta la miró, desvió la mirada.
Luz, ya sabes
¿Qué?
Es que es una sesión de fotos de boda. Todo tiene que quedar armonioso, bonito. Y tú
¿Yo qué?
Lo siento, pero en la boda solo estarán las amigas guapas.
Las palabras cayeron como piedras. Alba no podía creer lo que oía. «Solo las amigas guapas», eso significaba que ella no era bonita.
¿Hablas en serio? tembló la voz de Alba.
Luz, no te lo tomes a mal, es solo estética. Las fotos van a estar por todo internet, quiero que sea perfecto.
¿Entonces arruinaré tus fotos perfectas?
Pues tú sabes que un poco más rellenita, el vestido no te quedaría igual.
Veinte años de amistad sintió cómo le subían las lágrimas a los ojos veinte años a tu lado, ayudándote en todo, y ahora no me invitas a la boda porque no soy bonita?
No dije que no te invitara. Claro que estarás, solo que no serás una de las damas de honor.
Ya veo tomó su bolso. Muy claro.
Luz, no te vayas. ¡Todavía nos faltan las flores!
Pero Alba ya había salido de la boutique. Por la calle, el llanto le corría por las mejillas. La gente la miraba, pero a ella ya no le importaba. Veinte años de amistad se habían roto en esas palabras: «Solo las amigas guapas».
Llegó a casa, se tiró al sofá y sollozó. El móvil seguía llamando sin cesar, pero ella no contestaba. Por la tarde, su madre entró en la sala.
¿Qué te pasa, hija?
Alba le contó todo. Su madre la escuchó, asintiendo.
Hija, piensa que quizá sea lo mejor
¿Cómo que lo mejor? ¡Mi mejor amiga me ha dicho que no soy bonita!
No te ha dicho que no eres bonita, simplemente ha mostrado lo superficial que es. Piensa en la gente de verdad, no en la imagen.
Pero llevamos tanto tiempo juntas.
Entonces recuerda esa amistad. ¿Qué hacías tú por ella?
Alba se quedó pensativa. Violeta siempre había sido quien recibía ayuda, quien pedía favores. ¿Y ella? ¿Qué le devolvía?
Pero la quiero, mamá, es mi amiga.
Una amiga no es la que es bonita, sino la que está contigo en los malos momentos.
Alba recordó los momentos duros: la muerte de su padre, el despido, la ruptura. Violeta nunca había estado allí. En cambio, Alba había pasado noches consolándola cuando Violeta rompía con algún novio, ayudándole con proyectos y alojándola dos semanas cuando se peleó con sus padres.
He sido una tonta susurró Alba.
No tonta, buena. Y eso vale mucho.
Al día siguiente, Violeta volvió a llamar.
Luz, ¿por qué te has enfadado? No quería ofenderte.
Me dijiste que no soy lo suficientemente guapa para tu boda.
Yo dije que era por estética.
Eso es lo mismo.
¡Qué dramática! Si es tan importante, serás la sexta dama de honor.
¿Sexta?
Sí, cinco guapas y tú la sexta. Te quedarás detrás, no se verá en las fotos.
Alba sintió que todo se congelaba.
Violeta, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo?
¿Qué? ¡Estoy intentando arreglarlo! ¡Quería cinco y ahora seré seis!
Para que yo quede invisible.
Lo sabes, ¿no?
Sabes qué, Violeta, no voy a ir a tu boda.
¿Qué?
No iré, ni como dama de honor ni como invitada.
¿Estás loca? ¡Llevamos veinte años!
Lo hicimos, pero eso fue en el pasado.
¿Vas a romper la amistad por una tontería?
No es tontería, es respeto. No me respetas. Siempre he sido la cómoda, la que siempre ayuda.
¡Eso no es verdad!
Es la verdad. Ya no quiero ser esa amiga cómoda.
Entonces me traicionas en el día más importante de mi vida.
No te traiciono, tú traicionaste nuestra amistad cuando pusiste la apariencia por encima del sentimiento.
Alba colgó el móvil y lo apagó. Sus manos temblaban, pero por dentro sentía paz. Por primera vez en años hacía lo que creía correcto, sin pensar en complacer a Violeta.
En la oficina, Marina la escuchó y la abrazó.
¡Qué fuerte! Estoy muy orgullosa de ti.
¿De verdad?
Claro. Por fin pones límites. Esa Violeta se ha creído la reina del mundo.
Tengo miedo, Marina. Veinte años ¿Y si me equivoco?
No te equivocas. Una verdadera amiga nunca te trataría así. Te lo mereces.
Pasó una semana y llegó el día de la boda. Alba estaba en casa viendo una película, intentando no pensar en lo que sucedía. Pero la imagen de Violeta con su vestido blanco, Íñigo y las cinco damas de honor en rosa no dejaba de rondarle. El móvil sonó. Era Tania, una de esas cinco.
Alba, soy Tania. ¿Podemos hablar?
Claro.
Violeta contó que se han peleado. Que no vendrás a la boda.
Sí.
Todas estamos sorprendidas, porque dijo eso de las amigas guapas…
¿En serio? respondió Alba con una sonrisa amarga. Sí, nos asusta enfrentarnos a ella.
Es que ella es muy mandona. Pero eres valiente por haber puesto tus límites. Yo no habría podido.
Alba reflexionó. Todos creían que Violeta tenía la razón, pero ella no se había dejado intimidar.
Esa tarde, la madre de Violeta, Svetlana, la llamó. Alba la conocía desde niños y siempre había sido amable.
Alba, ¿puedo verte?
Por supuesto.
Se encontraron en una terraza. Svetlana estaba visiblemente afectada.
Luz, he escuchado lo que pasó. Violeta me contó su versión, pero siento que está ocultando algo.
Alba le explicó todo. Svetlana la escuchó, y su rostro se volvió más triste.
Tengo la culpa confesó. La he criado creyendo que es una belleza y que todos deben servirla.
No, no es tu culpa. Tú siempre has sido muy buena. Te lo mereces.
Gracias.
Sabes, me alegra que no hayas ido a la boda. Tal vez sea una lección para Violeta. Quizá entienda que la belleza exterior no lo es todo.
Al fin, la vida volvió a la normalidad. Un mes después, Violeta no llamaba y Alba tampoco. El trabajo, la casa y los verdaderos amigos ocupaban su tiempo. Marina empezó a ir al gimnasio con ella, se apuntaron a yoga, empezaron a comer más sano. No por culpa de una supuesta falta de belleza, sino porque querían cuidarse.
Una noche, tocó a la puerta. Era Violeta, sin maquillaje, con ropa sencilla y los ojos hinchados.
¿Puedo entrar? preguntó en voz baja.
Alba la dejó pasar. Se sentaron en la cocina y Violeta, entre sollozos, empezó a contar.
Íñigo se ha ido. Tres semanas después de la boda, la luna de miel fue un desastre. Peleábamos todo el tiempo. Al final me dijo que yo no era la que él pensaba, que solo me importaba la imagen.
Violeta…
Lo peor es que me dijo que había perdido a la mejor amiga por los fotos. Que la verdadera belleza está dentro. Y que tú eras mil veces más bella que él.
Alba la escuchó en silencio.
Lo que has hecho…
Lo sé. Me duele mucho.
Yo también he sufrido.
Perdóname. Por favor.
Alba la miró. Aún sentía la herida, pero también compasión.
No puedo perdonarte ahora mismo. Me duele. Necesito tiempo.
Lo entiendo.
Pero no voy a abandonarte. Si decides cambiar, yo estaré aquí.
¿De verdad?
Sí, pero nuestra amistad será diferente. No volveré a ser la amiga que siempre hace todo por ti. No toleraré falta de respeto.
Estoy de acuerdo. En cualquier condición.
Se abrazaron, tímidamente. No era un perdón completo, era el comienzo de algo nuevo, quizá mejor.
Violeta empezó a ir a terapia, a trabajar en su egoísmo. Alba la apoyaba, pero ya no como la amiga cómoda.
Un día, Violeta llamó:
Luz, quiero disculparme con todas las personas a las que he herido. ¿Me ayudas?
Claro.
Juntas fueron a casa de antiguos compañeros, a la vecina que Violeta había criticado, al colega que había dejado plantado, etc.
Es raro, dijo Violeta después de una visita. Siempre pensé que era mejor que los demás. Resulta que era la peor versión de mí.
Lo importante es que lo has entendido.
Gracias a ti. Si no te hubiera dejado, seguiría siendo una cara bonita y un corazón vacío.
No eres fea, solo te habías perdido.
Pasó un año. Violeta se divorció de Íñigo, pero siguieron siendo amigos. Se dio cuenta de que se había precipitado con el matrimonio, buscando una boda perfecta en vez de una relación sólida.
Alba perdió quince kilos, no para agradar a nadie, sino porque empezó a quererse y a cuidarse.
Una tarde, en una terraza, tomaban café. Violeta la miró y dijo:
Te has puesto muy guapa.
Gracias. Alba sonrió. No por el cuerpo, sino porque irradias desde dentro.
Tú también has cambiado. Eres más amable, más humana.
Aprendí de ti. Cuando decías que solo importaba la foto, yo pensé que era una tontería. Pero viví esa vida de Instagram, fachada sin alma.
Y ahora?
Trato de ser mejor. Gracias por no haberme dejado del todo.
Levantaron sus tazas.
Por la amistad verdadera dijo Alba.
Por la belleza real añadió Violeta.
La historia de la boda les enseñó a ambas una lección importante. Alba aprendió a valorarse y a poner límites. Violeta comprendió que la apariencia no es lo esencial.
Aunque su amistad estuvo a punto de romperse, salió reforzada, porque ya no se basaba en la costumbre, sino en el respeto.
Tiempo después, Violeta conoció a un ingeniero sencillo, con ojos bondadosos, sin ser modelo.
Antes buscaba a alguien guapo y con estatus. Ahora entiendo que lo importante es el alma confesó a Alba.
Me alegro por ti respondió Alba.
¿Y tú?
No he encontrado a nadie aún, pero no me apresuro. He aprendido a ser feliz sola.
Esa es la verdadera fuerza: ser feliz por ti misma.
Ya no eran las niñas ingenuas del cole. La vida las había templado. Pero la amistad seguía ahí, más adulta, honesta.
Cuando Violeta volvió a planear casarse, fue a Alba.
Luz, ¿quieres ser mi dama de honor? No una de las cinco, sino la única, la más importante.
¿En serio?
Sí, porque eres mi amiga de verdad. No me importa cómo quedará en las fotos. Lo que importa es que estarás a mi lado.
Alba la abrazó. La historia de la humillación quedó atrás; ambas habían crecido, se habían vuelto más sabias, más compasivas.
En la boda, Alba estaba sí, como dama de honor, con un vestido elegante y flores. Cuando Violeta decía sus votos, Alba estaba al frente, no oculta tras la fila.
Las fotosY en cada imagen se reflejaba la auténtica felicidad que ambas habían descubierto.







