La Mujer Temporal

Hace años, cuando la recuerdo, Begoña se consideraba una mujer muy lista. Tenía un puesto bien remunerado en una firma de prestigio en la Gran Vía, un piso acogedor en el corazón de Madrid y, además, una gata peluda y caprichosa de color rojizo llamada Mima, que compartía su carácter independiente.

A los treinta y dos años Begoña estaba convencida de que su vida había sido un éxito: la carrera prosperaba, los amigos la apreciaban por su franqueza y sentido del humor, y los hombres le lanzaban miradas. Todo cambió cuando apareció Fernando en su entorno.

Fernando llegó a la empresa como director financiero: alto, con una ligera cana en las sienes y siempre impecable con su traje. Su voz era baja, pero cada palabra tenía tanto peso que los colegas se quedaban callados al escucharlo.

Begoña, directora del área de marketing, se cruzaba con él en numerosas reuniones. Al principio solo anotaba mentalmente su agudeza y su capacidad de gestión, pero pronto se sorprendió esperando esos encuentros.

Y luego vino la fiesta de empresa.

Se pusieron a charlar mientras tomaban una copa de vino, se rieron de los chistes torpes de la dirección, y en un momento sus dedos rozaron sin querer la muñeca de Begoña. Un escalofrío le recorrió la espalda.

No eres como los demás aquí le dijo él, con una mirada penetrante que le dejó sin aliento.

Begoña sabía que él estaba casado, que tenía dos hijos y una casa grande en las afueras de la ciudad. Sin embargo, cuando empezó a enviarle mensajes, a invitarla a paseos a la hora de la comida y después a cenas en restaurantes, ella se dejó engañar.

No puedo dejar a mi familia ahora explicó él una noche, acariciando su mano. Los hijos, los préstamos, el negocio Pero tú comprendes que lo nuestro es solo entre nosotros, ¿no?

Begoña asentía con los ojos cerrados. Sus dedos estaban cálidos y su voz tan persuasiva que le costaba creer en otra cosa. Imaginaba el día en que él confesara la verdad a su mujer, que le ofrecieran otro piso y que ambos dejaran de esconderse.

Pronto todo cambiará susurró, besándole la sien. Solo dame un poco más de tiempo.

Y ella le concedía ese tiempo.

Al principio fueron meses, después años.

Aprendió a vivir en ese extraño intervalo entre pronto y nunca. No llamaba primero, no enviaba mensajes superfluos, no preguntaba por los fines de semana con la familia. Sonreía cuando él hablaba de los logros escolares de su hija y guardaba silencio cuando se quejaba de una esposa que ya no lo entiende.

Eres la única que realmente me conoce decía él, y Begoña aceptaba ese halago como una sentencia.

Compraba lencería elegante para sus escasos encuentros, se esforzaba en preparar sus platos favoritos, escuchaba pacientemente sus reflexiones sobre el trabajo. Algunas veces, acostada a su lado, se descubría sin saber cuál era su color preferido o si le gustaba la ópera. En cambio, sabía cómo suspiraba cansado y cómo fruncía el ceño enfadado.

¿Cuándo? le preguntaba a veces, y él siempre hallaba una nueva excusa.

Crisis laborales, problemas de salud del suegro, un hijo demasiado pequeño para tanto trastorno Begoña asintió, apretando los dientes. Ya no creía, pero le costaba admitirlo siquiera a sí misma.

Entonces se produjo la tragedia.

La esposa de Fernando sufrió un accidente. No mortal, pero grave: fracturas y una larga rehabilitación. Begoña pensó que ahora él entendería cuán infeliz estaba en aquel matrimonio. Pero él empezó a desaparecer del hospital, a cancelar sus citas, a no escribirle.

Desesperada, lo invitó a una habitación de hotel para que le explicara.

La necesito mucho ahora. Ella necesita de mí más que nunca. Ten paciencia, que se pondrá en pie y entonces

Entonces quedó suspendido en el aire como la última paja que Begoña aferró con desesperación. Quiso gritar: ¿Y yo? ¿No soy importante para ti? pero sus labios temblaron y su voz no obedeció.

Fernando estaba junto a la ventana, de espaldas, su silueta recortada contra la luz de la ciudad al atardecer. Hablaba de los yesos, del programa de rehabilitación, de que su mujer ya apenas se levantaba de la cama.

Ni siquiera puede sostener una cuchara murMuró, y en su voz Begoña escuchó, por primera vez, algo que le heló el interior: dolor, cuidado, amor.

Te preocupa no era una pregunta, sino una constatación.

Al girarse, sus ojos estaban llenos de una agonía que Begoña nunca había visto. No era el hombre que se quejaba de un matrimonio aburrido ni el que decía que su esposa no lo comprende.

Es la madre de mis hijos dijo, como si eso lo justificara todo.

En ese instante todo encajó.

«Ten paciencia», repitió ella, con una amarga sonrisa. Tú mismo decías que con ella todo había terminado. Que ya no había nada entre vosotros.

Fernando bajó la mirada y empezó a excusarse:

Es verdad. Pero

Begoña se acercó lentamente a la puerta.

Sabes, Fernando, yo también pensé que era indispensable para ti dijo sin volverse. Pero la verdad es que ni a tu mujer ni a mí te necesitas; solo te resultaba cómodo.

El silencio se volvió denso, como brea. Fernando quedó paralizado, como si sus palabras hubieran sido puñaladas por fragmentos afilados.

Solo querías tenerlo todo prosiguió Begoña, dándose la vuelta al fin. La esposa que brinda hogar, cría a los hijos y guarda tu tranquilidad. Y a mí para sentirte deseado, joven, con quien desahogar tus quejas sobre esa misma mujer.

Él intentó interrumpir, pero Begoña alzó la mano bruscamente:

No, escucha. No amabas a ninguna de las dos. Solo amabas lo que te daban. A ella volvías porque era tu zona de confort. A mí corrías cuando necesitabas emociones intensas.

Fernando se puso pálido. Sus dedos apretaron nerviosos el borde de la mesa.

No es justo intentó decir, pero Begoña solo se rió amargamente.

¿Justicia? ¿Quieres hablar de justicia? Entonces dime con franqueza: si no hubiera sido por ese accidente, ¿cuánto más habría durado este teatro? ¿Un año? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Seguirías, hasta la vejez, saltando entre dos mujeres, asegurándoles a cada una que es la única?

Él guardó silencio. Ese silencio fue más elocuente que cualquier discurso.

Respiró hondo, acomodó un mechón de pelo como quien reordena los pensamientos.

¿Sabes qué es lo más irritante? su voz se volvió tenue y agotada. No le guardo rencor a tu esposa. Le guardo rencor a mí misma, por haber creído en el cuento del «hombre infeliz en su matrimonio». Por haber cerrado los ojos ante la verdad. Por haberme dejado usar como tu espejo.

Cogió su bolso y abrió la puerta. En el umbral se detuvo:

Te deseo una cosa, Fernando: que encuentres, al menos una vez, el verdadero amor. Que al fin comprendas el dolor que nos causó a ambas.

La puerta se cerró con un suave clic, definitivo.

Epílogo

Un año después, Begoña lo vio al pasar por el Retiro. Caminaba junto a su esposa, que apoyada en un bastón avanzaba despacio. Fernando la sostenía bajo el brazo, murmurándole al oído algo que solo ellos entendían. En su rostro apareció una expresión que Begoña nunca había visto en los años que compartieron: una mezcla de preocupación y ternura.

En ese momento soltó el último nudo.

Comprendió que nunca había sido indispensable para él. Solo había sido el pasatiempo temporal, el consuelo momentáneo de un hombre que solo se amaba a sí mismo.

Pero todo había terminado.

Begoña enderezó los hombros y se encaminó hacia una nueva vida, aquella en la que la valoren no por lo que pueda ofrecer, sino simplemente por lo que es.

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La Mujer Temporal
We Don’t Need Someone Like That