La desgracia llega sin avisar. En realidad, ¿quién espera el infortunio? Siempre aparece como una nevada que cubre todo de golpe.
Gregorio es conductor de camión de larga distancia. Desde hace cinco años recorre la ruta MadridLisboa, LisboaMadrid. En el parabrisas lleva la foto de su esposa Begoña, la emisora Cadena SER suena por los altavoces y en el termo guarda un café fuerte: ¿qué más necesita un camionero? Pues algo más. Le falta el cálido aroma del pañuelo tejido por su madre, el apretón firme de su padre antes de cada salida y la certeza de que en casa lo esperan con cariño. Lo esperan cada día, cada hora, cada segundo.
Un día no vuelve del trayecto. Tres días después, Begoña descubre que Gregorio está ingresado en el hospital de Valladolid. Un camión de carga que venía en sentido contrario pierde el control en una curva y lo choca. Ambos vehículos se vuelcan. El responsable se salva con un susto leve, pero Gregorio sufre una grave lesión craneal. Lo peor es que se han dañado las zonas del cerebro encargadas de la memoria. Podría haber sido peor: perder la capacidad de hablar, de caminar pero el daño se limita a la memoria. No recuerda su nombre, quién es, ni lo que le ha ocurrido. Cuando sus familiares entran en la habitación, le resultan extraños. En ese momento los médicos son los únicos que le son familiares. No pueden ofrecer pronósticos optimistas; el cerebro es un mecanismo complejo y todavía poco comprendido. Sólo queda la voluntad de Dios: que se recupere o que tenga que vivir con lo que le queda.
Le dan el alta. La situación resulta mucho más complicada de lo que parecía: Gregorio no solo ha perdido el pasado, sino que su memoria a corto plazo le falla. No recuerda lo ocurrido hace tres horas, olvida tareas cotidianas. Dejarlo solo es imposible; aún no sabe encender la cocina ni salir a pasear sin ayuda. Además, existe el riesgo de que no encuentre el camino de regreso a casa. No ha perdido la inteligencia, la voluntad, la motricidad ni las emociones; simplemente ha perdido la memoria, que con el tiempo podría regresar. Así son estas cosas.
Begoña está embarazada. Se ha puesto en baja y dedica todo su tiempo a su marido. Por las noches llora recordando cómo Gregorio hablaba del bebé, cómo en cada viaje traía juguetes para la hija que aún no había nacido.
¿Por qué, Gregorio? se lamenta Begoña. Aún no es hora. Dicen que no se debe comprar el futuro, que es mala señal.
¿Qué malas señales, mi amor? ríe Gregorio, girándola en sus brazos. Quiero que nuestra niña, al ver su habitación, se llene de alegría. Que haya juguetes por todas partes. Un mar, un mar entero de juguetes.
Él mismo organizaba los juguetes en los estantes, los ponía en la repisa de la ventana, los colgaba sobre la cuna. Al alta, la enfermera le entregó a Begoña un pequeño osito de peluche.
¿Llevas ahora un talismán contigo? le pregunta con ironía, sin entender por qué un hombre adulto necesita un juguete en la carretera.
Sí, un talismán. Ahora será mi amuleto responde Begoña.
El osito lo coloca en la mesilla de noche de Gregorio, no en la de la futura hija.
Ambos pasean juntos por el parque, ríen, se comen un helado. Los que los observan piensan que son una pareja feliz, a punto de ampliar la familia. Y en gran medida lo son. Pero tras una siesta después de un paseo, Gregorio ya no recuerda el paseo ni que tiene una esposa embarazada. Cada día Begoña tiene que volver a explicarle que ella es su mujer, que pronto nacerá su tan esperada niña. Los padres de Gregorio se involucran mucho, ayudando a Begoña con los problemas que se acumulan.
Un día, el padre de Gregorio llama a su nuera a la cocina, cierra la puerta y le dice:
Begoña, entenderemos si decides alejarte de Gregorio. Eres joven, guapa, la vida te queda larga. Pero, ¿hasta cuándo? En un año o dos acabarás odiándolo. Es una carga pesada. Y si la memoria no vuelve, ¿qué haces? No vemos progreso todavía. No te preocupes por la nieta; la querremos. Nuestra sangre será su refugio. Te ayudaremos con lo que haga falta. Lo entenderemos, hija, lo entenderemos todo.
Dentro de Begoña hierven la fatiga, la preocupación y la ofensa por esas palabras. Se recompone, sonríe y, con una leve inclinación de cabeza, se apoya en el hombro de su suegro. Iván Sebastián, su padre, la acaricia en el pelo rubio y susurra:
No te desanimes, hija, lo superaremos. Eres fuerte, pese al peso que llevas contigo y el bebé.
Begoña siempre ha sido menuda y frágil; Gregorio a su lado parece un gigante. Cuando la lleva a la casa de sus padres, ellos se sorprenden, pero no lo comentan. Después preguntan al hijo:
¿Dónde encontraste a esa cristalina? ¿Cómo es ella?
Los padres la adoptan al instante. Es una joven amable, algo tímida, y sobre todo se muestra muy cálida con los padres del novio. Gregorio, desde entonces, la llama cristalina mía.
Nace la niña, a la que llaman Leire. Gregorio, junto a los abuelos, recibe a su esposa del hospital. Está feliz. Al día siguiente, pregunta:
¿Qué es este bebé?
Y Begoña vuelve a empezar de cero. Ya está habituada a narrar la misma historia una y otra vez, añadiendo siempre algo nuevo. Ahora ese algo nuevo es Leire. Gregorio la agarra en brazos y sus ojos brillan de felicidad cada vez.
Al principio, Begoña traslada la cuna de Leire a su habitación para tenerla cerca (la bebé se despierta mucho, llora, duerme poco) y vigila al marido (por si necesita agua o cualquier cosa a medianoche). Deja de dormir por completo. Las noches sin sueño y el cansancio le hacen perder la leche materna.
Hija, vamos a mudarnos contigo. Te resultará mucho más fácil le propone la madre de Gregorio, Carmen.
No, quiero hacerlo sola responde Begoña, queriendo evitar que sus padres, ya mayores, se estresen, y consciente de que tendrá que vivir con esto siempre y ser fuerte y serena.
Leire pasa al biberón artificial. Una noche, Begoña se despierta no porque la niña llore, sino porque alguien susurra una canción de cuna:
En la habitación los juguetes esparcidos,
Los niños duermen y sueñan dulces,
Como un zorro roba las golosinas,
Un elefante juega en la verja,
Los días corren y giran con la nieve,
Fuera brilla la nieve blanca,
Y la luna, dibujando su sombra,
Busca su retrato de plata.
Al alzar la vista ve a su marido meciendo a la hija. Con una mano sostiene el paquete de pañales, con la otra una botella de fórmula que Leire chupa. Begoña se sienta en la cama sin decir palabra, temiendo que cualquier ruido despierte a Gregorio (todavía tiene a la bebé en sus brazos). La habitación está iluminada por la luna llena que baña cada rincón.
Esto es felicidad piensa Begoña.
Gregorio acuesta a Leire, saca del mesillo al osito de peluche y lo coloca en la cuna:
Este es para ti, pequeña, mi regalo.
Luego, tembloroso y con frío, se acurruca bajo la manta junto a su esposa.
Te quiero tanto, cristalina mía.







