El Regreso a Uno Mismo

El regreso a uno mismo

El viento recibió a Julián con una ráfaga violenta que le arrancó el sombrero antes de que diera el primer paso al andén. Tuvo que atraparlo en el aire mientras los dedos helados del otoño se colaban bajo el cuello. Olía a hojas húmedas, al humo de chimeneas lejanas y a algo indefiniblehierro, aceite, tableros gastados. Era el perfume de la infancia.

Miró alrededor.

Un bajo edificio de ladrillo con la pintura descascarillada mostraba un letrero que decía Estación del Abeto. El andén, cuyo suelo había sido cuidadosamente barred por el tío Manolo, ahora estaba cubierto de hierbas silvestres y de bardana que se colaban entre las grietas del asfalto. Todo seguía igual y, al mismo tiempo, era diferente.

Como si alguien hubiera apretado el mundo entre los puños.

Los árboles que en la niñez parecían gigantes ahora apenas rozaban el tejado de la estación. La tienda donde solía sentarse a esperar el tren hacia la ciudad era diminuta, con tablas podridas. Incluso el cielo parecía más bajo.

Julián se ajustó el sombrero, se echó la mochila al hombro y avanzó por el camino conocido.

Ese camino descendía hacia el río.

Allí, donde estaba la casa del abuelo.

El sendero serpenteaba entre casas caídas, rodeaba huertos abandonados cuyas antiguas vallas se habían ennegrecido con los años. El pueblo se marchitaba en silencio.

Los jóvenes ya se habían idounos a la gran ciudad, otros a buscar trabajo en la costa. Sólo quedaban los ancianos, que vivían su vejez en calma, y unas pocas familias sin a dónde huir. Las ventanas de muchas casas estaban huecas, las puertas colgaban de una sola bisagra.

El único sonido era el ladrido melancólico de los perros, como si ya no recordaran por qué ladran, y el crujido del grifo del pozo de Doña Carmen.

La casa del abuelo se alzaba al borde del río, donde el sendero se fundía con la arena y las raíces de los sauces viejos se entrelazaban con la ribera. De madera ennegrecida por el tiempo, con hermosas molduras talladas que el abuelo había labrado en las frías noches de invierno. Cada espiral, cada flor, Julián los recordaba al tactode niño, se ponía de puntillas y recorría esos diseños como si leyeran escrituras secretas.

El umbral crujía bajo sus pies tan traicionero como hacía veinte años. La cerradura se había convertido en un coágulo de óxido, pero Julián encontró bajo el tercer peldaño de la escalera la llave oculta, esa misma con el diente roto que siempre se atascaba.

La puerta cedió con resistencia, como si la casa misma rehusara admitir a un forastero.

El olor lo golpeó de inmediato:

polvo que había reposado durante años de vacío,
el ácido perfume de libros viejos,
el amargo rastro del humo del horno impregnado en las vigas,
y los rayos del sol que, al atravesar los cristales polvorientos, dibujaban partículas danzantes en el aire. Todo estaba en su lugar, como si el tiempo se hubiera detenido el día de su partida:

una enorme mesa de roble con marcas del hacha del abuelodonde él solía cortar la carne,
una lámpara de queroseno bajo una cúpula de cristaltestigo perenne de las noches invernales,
un armario con armas: dos escopetas y una antigua bayoneta, que desprendían olor a aceite de linaza y pólvora,
en la pared, ligeramente inclinada, colgaban fotos en marcos caseros:

el abuelo joven, con un fusil a su costado y la mirada severa (1923, anotado con lápiz),
la abuela Ana con una balanza en la manodos cubos llenos hasta el borde, bajo un cielo de julio,
el pequeño Julián con su caña de pescardescalzo, con una camisa quemada por el sol y una sonrisa traviesa.

Julián lanzó la mochila sobre la cama y una nube de polvo subió al techo. Se quedó quieto, escuchando el crujir de la madera bajo sus piesel mismo sonido que siempre anunciaba sus excursiones nocturnas al río.

Salió al patio.

El río.

Rugía igual que antesun estruendo bajo, como si detrás de la verja respirara una bestia enorme. El viento hacía ondular la superficie, rompiendo los destellos del sol en miles de fragmentos brillantes. Al otro lado, un bosque negro, intacto por la civilización, se erguía tan antiguo y silencioso como la memoria.

Julián inhaló profundo, absorbiendo ese aire húmedo con matices de algas y troncos en descomposición.

No había llegado allí por casualidad.

Después del despido (ni siquiera sus compañeros se despidieron).
Después del divorcio (la puerta se cerró para siempre).
Después de que la ciudad empezara a aplastarcon sus muros, su gente, sus voces, su indiferencia.

Entonces resonaron en su mente las palabras del abuelo, susurradas junto al fuego nocturno:

Si el alma duele, nieto, ve al río. Quédate junto al agua hasta que escuches su voz. El agua lo arrastra todolas ofensas, el dolor. El río recuerda a todos los que a sus orillas han venido.

Sus dedos se apretaron en puños. Algo le punzó el pecho¿era recuerdo o presentimiento?

Los primeros días transcurrieron en silencio absoluto. Esa quietud lo envolvía desde el primer instante, densa y pegajosa como la resina. No era la ciudadesa siempre falsa, llena de ruido de motores, pasos de vecinos, ladridos de alarmas. Aquí, el silencio era vivo, sanador.

Reparó el tejado, colocando parches de goma en los huecos. El martillo resonaba contra los clavos, y el sonido se extendía más allá del río, como si alguien tocara puertas de casas abandonadas en todo el pueblo.

Cortó leñael hacha del abuelo seguía afilada. Los troncos se despedían con crujidos jugosos, revelando los patrones del interior. El aroma de la resina de pino se mezclaba con el sudor de su espalda.

Pesó en el mismo banco de piedra de su infancia, lanzando la caña al agua oscura. Los peces eran escasospequeños, nada como los robustos de antes, pero eso no importaba. Lo esencial era sentir el temblor de la línea en los dedos, la resistencia del agua, la espera paciente.

La soledad aquí no era vacía como en la ciudadno era el frío silencio de los ascensores ni el mutismo del teléfono que ya no suena. En este lugar la soledad respiraba.

Se llenaba de:

1. Recuerdos

En aquel tronco con corteza caída, el abuelo le enseñó a colocar trampas para conejossus dedos gruesos guiaban su mano, ajustando la cuerda. No la aprietes mucho, nieto, o olerás hierro.
Bajo el viejo toldo, la abuela Ana secaba setasblancas como mantequilla, boletus que olían a bosque. Ella murmuraba rezos mientras él sustraía pequeños trocitos sin que ella se diera cuenta.
En el umbral, la madre, una vez, apareció con un vestido azul barato y una maleta en la mano. Volveré. Pero nunca volvió.

2. Sonidos

El crujir de los sauces, cuyas ramas se rozaban como si susurraran secretos.
El chapoteo del agua, no el de la llave, sino el vivo del río, con burbujas y piedras que saltaban.
El canto nocturno de una lechuzaquizá no era lechuza, tal vez otro ave…

3. Presencia de los que ya no están

No había sombras en los rincones, ni pasos en el desván. Pero a veces:

Una taza del abuelo aparecía sola sobre la mesa.
El fuego en la chimenea se avivaba inesperadamente.
Por la mañana, huellas frescas en el alféizar sugerían que alguien había mirado por la ventana.

Julián encendía un cigarrillo, dejando que el humo se perdiera en el aire fresco. Entonces, a lo lejos, más allá del río, se escuchó un aullido largo, solitario y familiar.

¿Lobo? Tal vez. Pero el abuelo decía: No son animales los que aúllan, nieto. Son almas errantes que golpean la puerta de los vivosaquellos que los han olvidado, los que los han borrado de la memoria. Deambulan en la ribera, incapaces de cruzar el agua, hasta que algún corazón los recuerde con verdadero cariño.

Un escalofrío recorrió su espalda, pero no era de miedo. Era reconocimiento.

Ese otoño Julián nunca volvió a la ciudad. Se quedó en la casa del abuelocortaba leña, avivaba la chimenea, en primavera labraba el huerto y plantaba patatas. Por la mañana bebía té con mermelada de grosellas, por la noche leía los libros viejos del armario. De vez en cuando hacía viajes a la ciudad por víveres y cigarrillos. Ayudaba a Doña Carmen en la granja cuando ella lo necesitaba.

Al inicio del verano llegó su hijo Luis, un chico de quince años, delgado, con auriculares eternos y una mueca de descontento permanente. El primer día se la pasaba pegado al móvil, quejándose de la falta de internet decente.

Al segundo día, el móvil del joven se le escapó de la mano y cayó en un balde de agua. Luis, horrorizado, lo sacó empapado.

¡Maldición! exclamó. ¡Ya no volverá a encenderse!

Lo tiró de nuevo a la mochila, irritado.

Los días siguientes cambiaron. Primero Luis deambulaba como perdido, palpando los bolsillos. Después empezó a ayudar en la casaal principio por aburrimiento, luego con creciente entusiasmo. En el quinto día, cuando un silbido plateado se desprendió del anzuelo, sus ojos brillaron con la auténtica alegría infantil.

Al despedirse, Luis preguntó:

Papá, ¿puedo volver en vacaciones? tartamudeó. No me compres un móvil nuevo, ¿vale?

Julián asintió, ocultando una sonrisa:

Como digas. Pero no olvides la caña.

Una semana después Luis volvió, pero quedó con su padre hasta el final del verano.

En otoño sonó el teléfono.

Julián estaba talando leña fuera de la casa y tardó en oírlo. El móvil reposaba sobre la mesa del jardín; en la pantalla aparecía el nombre Almudena.

Se quedó paralizado. No hablaban desde hacía medio año, cuando su esposa había gritado al teléfono que él era un padre inútil.

¿Alm? dijo con voz ronca, secándose la mano en el delantal.

Al principio solo se escuchaba el ruido del tráfico citadino. Después, una voz insegura:

¡Hola, Julián! Almudena hizo una pausa, buscando palabras. Quiero hablar de Luis Ha vuelto como otra persona.

Julián se dejó caer en un banco.

Se lava los platos solo. Ordena su habitación. Por primera vez en quince años rió nerviosa. Gracias. En su voz surgió algo cálido, casi una risa. Gracias a ti.

Imaginó a Almudena en la cocina que ya no existía, con una mano sobre el hombro, como siempre cuando estaba nerviosa.

Él ha visto otra vida dijo Julián con cautela.

No. Ha visto a ti respondió, tras una larga pausa. Quiero venir, con él, en invierno. ¿Puedes?

Los recuerdos de su vida pasaron como un torrente en su mente.

Hace frío aquí dijo al fin. Hay que avivar la chimenea.

¿Me enseñas? repitió ella, apenas audible.

Vengan, dijo Julián, y de pronto se dio cuenta de que sonreía. Solo traigan ropa abrigada. Y alpargatas.

Alpargatas repitió, y su voz, por primera vez en años, se tornó tierna. Muy bien.

Al colgar, volvió a la leña. El hacha descendía con rapidez y una extraña emoción. Lanzó el último tronco al foso y se enderezó. Sobre el río se alzaba la niebla, envolviendo la orilla en una suave bruma. El invierno se acercaba, pensó Julián, pero por primera vez lo esperaba no con melancolía, sino con una tranquila anticipación.

Desde la esquina de la casa se oyó el crujido de la vieja puerta de madera, que el viento agitaba pidiendo descanso. «Habrá que arreglarla antes de su llegada», pensó. Ya elaboraba mentalmente la lista de tareas: limpiar la chimenea, engrasar los conductos, sacar del desván mantas y almohadas extra.

Deteniéndose frente a la puerta, comprendió que ya no miraba su refugio como un escondite, sino como un hogar que pronto se llenaría de voces. Ese nuevo y frágil sentimiento hacía que, incluso el aire frío, pareciera más cálido.

Así aprendió que, cuando uno vuelve a sus raíces y abre la puerta del corazón, el pasado no es una carga, sino la llave que abre el futuro. La verdadera fortaleza reside en aceptar la soledad, escuchar el río y permitir que el amor, aunque tardío, vuelva a fluir.

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El Regreso a Uno Mismo
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