Entre Tareas y Ocio: Un Viaje por la Vida Cotidiana

12 de abril

Hoy vuelvo a la rutina que, a los cuarenta y ocho, se ha convertido en mi segunda piel: ir de casa en casa arreglando grifos que gotean, cerraduras que se quedan trabadas y enchufes que hacen guiños caprichosos. Salí del viejo camión de furgoneta al amanecer, cuando el cielo de la zona de la Alcarria todavía lleva su frescor matutino y los álamos del parque ya se visten de hojas. El primer llamado del día me llevó al barrio de SanMartín, a un piso de paredes gruesas y tuberías que parecen haber visto más inviernos que yo.

El ascensor estaba fuera de servicio, así que subí a pie hasta el cuarto piso. Allí me esperaba Doña Dolores García, una anciana ya conocida por teléfono. Tras el fregadero, una gotera tímida dejaba una pequeña mancha. Seguí el protocolo, pregunté con delicadeza, desmonté la unión y cambié la arandela. Mientras trabajaba, Doña Dolores me hablaba de sus nietos y de lo silenciosa que le resulta la casa; a veces, basta un sonido ajeno para romper la soledad. Respondí con brevedad, concentrado en que el agua no terminara empapando la alfombra. Al terminar, me agradeció con una taza de café y unas galletas caseras y, como siempre, pidió que revisara también el enchufe del salón.

Detecté un contacto flojo y lo reparé, notando que la bombilla se fundía con frecuencia, señal de una tensión irregular. Doña Dolores sonrió, ¡Ya hay luz!. Me pagó la cantidad exacta que había cotizado, 45, y me volvió a agradecer antes de despedirse. Verifiqué que no dejara herramientas en la cocina; el hábito de revisar todo nunca me falla.

El siguiente cliente estaba en la calle contigua. Allí la ansiedad se vuelve más palpable: los reparos domésticos a menudo se convierten en confesiones de vida. Cada vez más los mayores me piden consejo o simplemente una oreja amiga: Hable con mi nieto, ¿Qué opina?, ¿Cómo sigo adelante?. Yo bromeo, pero sé que, después de cierta edad, el oficio se vuelve también una forma de acompañamiento. Esa ambivalencia me persigue: ¿dónde está el límite de mi misión como técnico?

En la puerta me recibió Víctor Pérez, veterano de la fábrica de la zona, a quien ya había ayudado la semana pasada con un enchufe. Hoy necesitaba que cambiara la cerradura de la puerta principal. El señor Pérez había aplazado la sustitución tanto como pudo, intentando ahorrar; el mecanismo ya estaba atorado. Mientras trabajaba, reclamaba el precio de los materiales y se quejaba de la ruidosa inquilina del piso de arriba, pidiéndome que hablara con ella. Sentí la presión de establecer límites: mi trabajo es reparar, los conflictos deben ir a la comunidad de vecinos.

Instalé la nueva llave, escuché el suspiro de alivio del viejo y, nuevamente, intentó involucrarme en su drama familiar. Le agradecí el pago (55) y, con una sonrisa contenida, me despedí sin entrar en discusiones.

Al salir al patio, el sol de abril acariciaba las ramas de los álamos y me di cuenta de que no había desayunado. Me detuve en el quiosco de la esquina, me tomé un café con leche y repasé la agenda: dos llamadas más antes de la tarde y, después, una mujer de la otra punta de la ciudad que había reclamado la falta de quien arreglara su grifo. Sabía bien que, entre los tornillos y las tuercas, también hay soledad que reparar.

Mi siguiente parada fue la casa de María del Carmen Martínez, una septuagenaria cuyo único dormitorio estaba atiborrado de documentos médicos y cajones. Había desmontado el armario y temía que todo se cayera. Fortalecí los tornillos, puse nuevos tacos y le expliqué cómo simplificar la estructura. Sin embargo, la conversación giró rápidamente hacia su nieto, siempre prometiendo ayudar, y hasta pidió consejo sobre papeles de familia. Le dije que no era abogado, le anoté el número de servicios sociales y ella, agradecida, quedó con una expresión de confusión que no lograba disipar.

Salí de allí con una sensación de carga extra: cada petición no planificada ampliaba mi papel más allá del oficio. Sabía que esas cuestiones correspondían a los trabajadores sociales, pero en la calle, la gente tiende a buscar al que está delante.

Antes del último llamado, pasé por un pequeño patio donde la hierba húmeda brillaba bajo la luz. En el interior, la puerta la abrió Elena Rodríguez, una mujer delgado de setenta y cinco años, temblorosa al hablar del miedo a quedarse sin agua y de la sospecha de la vecina de abajo. Al inspeccionar la tubería, comprendí que necesitaba piezas que no llevaba. Le prometí ir a la ferretería cercana, pero justo entonces me pidió que no me fuera: Tengo miedo la vecina vuelve a gritar, y no quiero abrir la puerta sola. Sentí el conflicto interno entre cumplir mi horario y quedarme a consolarla.

Mientras buscaba las palabras correctas, la pared se llenó de voces alborotadas. Miré a Elena, aferrada a un manojo de llaves. Decidí quedarme. Le coloqué los instrumentos junto a la entrada y le pedí que me acompañara mientras hablaba con la vecina. Al abrir la puerta, apareció una mujer de sesenta, de ceño fruncido, que reclamaba por el agua que se filtraba desde arriba. Le expliqué con calma que el grifo estaba siendo reparado y que ya había cortado el paso al agua. La mujer, desconfiada al principio, se tranquilizó al ver mi serenidad y, tras una broma ligera sobre los soldados del frente de la fontanería, bajó la voz y se marchó, advirtiendo que terminara el trabajo y que avisara a Elena para que estuviera más atenta.

Regresé a Elena, que respiraba aliviada, con las llaves aún apretadas contra el pecho. Corrí a la ferretería; la cola no fue larga y pronto tenía arandelas y mangueras flexibles. Llamé a la siguiente clienta para avisarle del retraso, y ella aceptó esperar; en abril, encontrar a un fontanero fiable no es tarea fácil. Le agradecí su paciencia y volví al piso de Elena.

Con las piezas en mano, desmonté la vieja tubería, la limpié, instalé los nuevos componentes y cambié los sellos oxidado. Verifiqué la estanqueidad, llamé a Elena; sus ojos se llenaron de lágrimas de gratitud cuando el agua volvió a fluir en un chorro uniforme. Me entregó su número por si necesitaba otro consejo y, aunque le entregué mi tarjeta, le reiteré que mi labor es la de reparar, no la de mediar en conflictos. Hoy me ha salvado no solo el grifo Gracias, me dijo con una sonrisa.

Bajando la escalera, sentía que mi trabajo ya no era solo un oficio, sino un puente entre aislamientos. El día seguía avanzando, el sol se deslizaba entre los tilos del parque y el viento traía el canto de los pájaros. En la siguiente casa me esperaba Taísia Gómez, una mujer enclenque de setenta años, preocupada por la presión del grifo y por manchas de agua en el suelo. Mientras preparaba mis herramientas, ella caminaba nerviosa, quejándose de la soledad y de los pequeños problemas cotidianos. Detecté que una pieza del grifo estaba deformada; le comenté que lo ideal sería cambiarlo completamente, pero ella no disponía del dinero. Le ofrecí una solución provisional con las piezas de repuesto que llevaba, explicándole que duraría hasta que pudiera presupuestar la reparación total.

Después, Taísia me pidió ayuda con la perilla de un armario de cocina; el tornillo había desaparecido y temía romper el mueble. En pocos minutos lo reinstalé y ella, aliviada, empezó a contar historias de su barrio natal, de cómo antes todo era más cercano y ahora se sentía aislada en la nueva ciudad. Le anoté el número de la línea de atención social y le expliqué que podía obtener ayuda tanto para cuestiones domésticas como médicas. Agradeció el papel y, al comprobar que el grifo y la perilla funcionaban, su rostro se iluminó.

Al despedirse, dijo: No esperaba tanta atención de un fontanero. Le recordé que existen servicios oficiales para esas cuestiones y le deseé suerte. Pensé que actos pequeños como estos son más que simples gestos; son apoyos palpables que cualquiera puede ofrecer.

Cuando salí a la calle, el día se vestía de atardecer. El aire fresco llevaba el canto agudo de los zorzales. Guardé mis herramientas en el camión, me senté al volante y observé la alameda donde las hojas jóvenes jugaban con la luz dorada del ocaso. Reflexioné sobre el día: grifos, cerraduras, enchufes, pero también conversaciones, silencios rotos y pequeñas victorias sobre la soledad ajena.

Al fondo, alguien me saludó con la mano; tal vez era un vecino nuevo o un cliente habitual. Quizá mañana me espere otro llamado donde el tornillo no sea el único problema, sino la fe en la bondad humana. Sonreí, arrancé el motor y me dejé llevar por la larga tarde primaveral, consciente de que, entre el trabajo, cada entre tareas forma parte de una cadena interminable de ayuda mutua.

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I Just Wanted to Help My Sister, but She Told Me, ‘From Now On, You’re a Stranger to Me’