Las paredes entre nosotros

Alba quedó paralizada en el umbral de la puerta, con los dedos apretando con desesperación el móvil de su marido. En la pantalla brilló el mensaje del chat de Nicolás con su amigo Santiago:

Sí, nos vemos el sábado. Pero no le digas a Alba, que otra vez empezará

Como una corriente helada recorrió su espalda. Repitió la frase una y otra vez. «Otra vez empezará». Era sobre ella, sobre sus discusiones interminables, sobre sus comentarios cortantes, sobre los ojos que hacía girar cada vez que él osaba mencionar la pesca o los planes con los colegas.

El corazón golpeaba con tal estruendo que parecía que Nicolás lo escucharía aun estando en el vestidor, escarbando entre su ropa para decidir qué ponerse mañana en la oficina.

¿Cuántas veces lo había hecho?

Los recuerdos se enredaron. Recordó que ayer él había soltado sin más: «El sábado tal vez nos juntamos con Santiago», y ella había gruñido: «¿Otra ronda de cañas y birras con los tíos?» Él se quedó callado. Ahora comprendía el porqué.

Un impulso la llevó a la perilla de la puerta, a entrar, a gritar, a exigir explicaciones. Pero los pies no obedecían. En vez de eso, se dejó caer lentamente sobre una silla de la cocina, mirando por la ventana oscura donde parpadeaban luces lejanas de la gran Madrid nocturna.

De pronto comprendió: Nicolás no solo mentía, se escudaba.

Alba es una mujer de carácter firme, acostumbrada a controlar todo a su alrededor. Creció en una familia donde el sentir se consideraba debilidad y los problemas se resolvían en silencio. Su madre nunca preguntaba cómo estaba, sino que dictaba lo que había que hacer. Alba heredó esa voz: creía, con sinceridad, que señalar los errores de Nicolás lo haría mejor.

Nicolás, por su parte, es blando pero terco. Nació en un hogar ruidoso y cálido, donde todos hablaban sin filtro, aunque doliera. Con los años aprendió que la verdad no siempre acerca, a veces hiere. Al inicio de su relación compartía cada angustia con Alba, pero ahora prefería el silencio para no escuchar otro «Yo te lo dije».

Se amaban, pero entre ellos se erigía lentamente una pared.

Al cerrar los ojos, ante ella surgieron recuerdos como escenas de una película ajena, cada una como un cuchillo que marcaba el corazón.

¿Otra vez compraste esa caña tonta? resonó su voz, áspera como bisagras sin lubricar. ¡Ahorramos para la reforma! ¿Piensas en nuestro futuro o solo en tus caprichos?

Vio sus hombros encogerse aquel día, cómo depositó sin decir nada la nueva caña en el armario, como un pequeño placer tras tres meses de horas extra.

Otra escena:

¿Otra vez vas a llegar tarde? su tono glacial lo congeló en la entrada. ¿Trabajo otra vez? ¿O los «amigos» de siempre?

Ni siquiera le dio oportunidad de explicar que el jefe había retenido a todo el equipo por un proyecto urgente. No notó cómo apretó los puños, conteniendo la ira. Simplemente se dio la vuelta y salió a la cocina, cerrando la puerta con estruendo.

Y el momento más doloroso:

¡Claro que sí! su risa amarga como ajenjo. Siempre hay culpa en otro, nunca en ti. El jefe es un asno, los compañeros unos idiotas, los clientes unos tontos. ¿Quizá el problema sea tú?

Observó sus pómulos tensarse, sus ojos apagarse. Esa noche él se encerró en el baño y dejó correr el agua durante cuarenta minutos.

Cada intento de él de ser honesto, de abrir su corazón, se encontraba con un aluvión de reproches. Su sinceridad se convertía para ella en un motivo de ataque.

Aprendió a esquivar los conflictos. Encontró una salida ingeniosa: dejó de contarle cualquier cosa que pudiera desencadenar su descontento. Los pequeños placeres, los problemas laborales, las inquietudes del alma, todo quedó tras la alta valla del silencio.

¿Era esa la salida? ¿Así deben ser las relaciones cercanas? Cuando dos personas viven bajo el mismo techo, comparten la cama, pero entre ellas se levanta una pared invisible de palabras no dichas y emociones no vividas.

Alba, de repente, percibió una verdad terrible: ella misma había creado en su hogar una atmósfera donde la verdad era peligrosa, donde la honestidad se castigaba y la franqueza hería. Por eso él, su amado, llevaba puesta una máscara de bienestar para no provocar otro conflicto.

Resultó irónico que todo ese tiempo creyó estar ayudándolo a ser mejor, que sus críticas eran cuidados, que sus reproches eran muestras de amor. En realidad, la empujaba cada vez más lejos sin siquiera notarlo.

Las lágrimas corrían por sus mejillas, dejando senderos salados. Visualizó con nitidez a Nicolás sentado solo en la cama, mirando la misma Madrid nocturna a través de la ventana, sintiéndose tan solo como ella. Dos soledades bajo un mismo techo, dos fortalezas separadas por un abismo de incomprensión.

Lo peor: no podía recordar la última vez que hablaron de verdad, sin que surgiera la cotidianidad, el dinero o los planes. No recordaba la última conversación donde escuchara sin buscar una razón para reprochar, simplemente para entender. La respuesta la aterraba: no lo recordaba.

La conversación que lo cambió

Alba secó sus lágrimas con la mano, respiró hondo y se levantó de la silla. Las piernas temblaban, pero dio un paso, y luego otro.

En la habitación, Nicolás estaba encorvado al borde de la cama, con la mirada fija en el suelo, sus dedos jugueteando nerviosos con el borde de la sábana. Oía sus pasos, pero no alzó la cabeza.

Nico su voz tembló.

Él la miró lentamente. En sus ojos no había ira, solo una cansada sumisión, como si ya estuviera preparado para otro escándalo, otro reproche.

Alba inspiró profundamente.

Vi tu conversación con Santiago.

Él se quedó inmóvil. Su rostro se volvió de piedra.

¿Revisaste mi móvil?

No. El teléfono estaba sobre la mesa y la pantalla se encendió sola.

Silencio.

No quiero que mientas continuó, intentando suavizar el tono pero entiendo por qué lo haces.

Él frunció el ceño, como sin poder creer lo que oía.

Yo ella tragó un nudo Yo me comporté como si tener la razón fuera más importante que estar contigo.

El silencio se espesó, denso, casi palpable.

Yo también tengo miedo dijo Nicolás de repente, con voz ronca. Cada vez que intento explicar algo, ya sé qué dirás. Así que prefiero callar.

Yo pensé que si señalaba tus errores, te haría perfecto Alba sonrió amargamente. Pero solo te encerraba en una esquina.

Él asintió despacio.

¿Sabes qué es lo más ridículo? siguió ella. Yo también no te cuento todo. El mes pasado perdí la fecha límite y recibí una amonestación. No te lo dije por miedo a que dijeras: «Te lo dije, este trabajo te agobia».

Nicolás alzó una ceja.

¿En serio? Yo se interrumpió Ayer rompí el espejo del coche al aparcar. Pero no te lo conté, pensé en arreglarlo antes de que empezaras con tus «descuentos» de orden.

Se miraron y, de pronto, estallaron en una risa amarga pero sincera.

Somos unos tontos susurró Alba.

Sí concordó Nicolás.

Él se acercó y ella apoyó su cabeza en su hombro. Así permanecieron, escuchando la lluvia que golpeaba la ventana.

Nuevas reglas

A la mañana siguiente, durante el desayuno, Nicolás soltó inesperadamente:

Vamos a intentar otra cosa.

¿Qué? se puso alerta Alba.

Mira. puso la billetera sobre la mesa. Ayer gasté tres mil euros en una nueva caña. Sé que ahorramos para la reforma, pero es mi forma de descargar estrés.

Alba abrió la boca para replicar, pero se detuvo, tomó aire.

Vale dijo al fin. Pero entonces decidamos juntos cómo compensar ese gasto. Tal vez este mes renuncio a una sesión de masaje.

Nicolás parpadeó sorprendido.

¿En serio?

En serio. Pero solo si tú me prometes darme ese masaje tú mismo y el sábado llevas a probar la pesca.

¿Yo? ¿A pescar? se rió.

Claro, quiero entender qué te atrapa tanto.

Por primera vez en mucho tiempo, desayunaron riendo y charlando como en los primeros años de su matrimonio.

Después

Pasaron tres meses.

Ahora, cuando Nicolás se retrasa, escribe: «Perdona, me he liado. Si te parece, paso a por unas tapas, sé que te gustan». Y cuando Alba se enfada, dice: «Estoy furiosa, pero necesito media hora para calmarme».

Siguen discutiendo, a veces gritan, a veces se hieren, pero ya no temen ser honestos.

Porque la confianza no es la ausencia de mentiras, sino la certeza de que, por amarga que sea la verdad, no romperá la relación para siempre.

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