Desde hace tiempo debí haberme marchado

Begoña estaba tirada en el agua tibia del baño, sin fuerzas para incorporarse. «Hace años que debería marcharme», murmuró por décima vez, como si intentara convencer a alguien o a sí misma. Sabía que había varios mensajes en el móvil, pero no se atrevía a abrirlos; temía lo que allí encontraría.

Su relación con Gonzalo siempre había sido una montaña rusa. Se conocieron en el festival de música de Valencia; ella lo invitó a pasar la noche en su piso, sin imaginar que volvería a ver su cara. A la mañana siguiente, al salir del club, lo encontró bajo el portal con un ramo de margaritas en la mano y comprendió que ya no podía escapar.

Un año después, Begoña partió a una pasantía en Londres. Gonzalo se quedó esperándola, enviándole largas cartas. Cuando regresó, el vuelo se retrasó cinco horas. Él la recibió en el aeropuerto, pálido de la emoción y el cansancio, sin saber qué había pasado y temiendo por ella. En sus manos volvía a aparecer el mismo ramo de margaritas; ella sintió que aquel gesto era la señal de que quería una familia.

Cinco meses después del parto, volvió al trabajo, mientras Gonzalo cuidaba a la pequeña Lucía porque no encontraba empleo. Cada media hora le llamaba, preguntando dónde estaba todo y cuándo volvería. En la oficina se reían de la escena: «¿Un hombre con su hija en brazos?». Begoña no podía reír; tras la jornada llevaba a su hija en brazos, preparaba la comida, lavaba la ropa, limpiaba la casa y, de noche, seguía trabajando.

Para comprarle a Lucía una bicicleta, reparar el tejado de la casa de campo que les habían regalado en la boda, pagar el préstamo del coche que habían adquirido para que Gonzalo pudiera hacer taxi mientras conseguía un puesto fijo, Begoña se endeudó. Era investigadora junior; su sueldo era de escasos cientos de euros y no lograba avanzarquizá le faltaban habilidades, quizá sólo tiempo.

Los años pasaron. Tuvo un segundo hijo, Pedro, y volvió al trabajo medio año después, dejando al pequeño al cuidado de su madre. Gonzalo, a duras penas, encontró algún curro esporádico; llevaba a los niños al guardería, trabajaba de vez en cuando y, cuando no, se embriagaba. En el noveno año de convivencia, lo trasladaron al hospital por una apendicitis; la médica, con delicadeza, le sugirió ingresarlo en una clínica para recuperarse. En su sangre había más alcohol que glóbulos rojos.

Begoña ensayó mil veces el discurso en el camino a casa: «Necesitamos vivir separados» y «Dividiéndonos». Le resultaba repugnante su aspecto, su olor, su contacto. El tejado de la casa de campo se volvió a pudrir, pero ella ya no quería arreglarlo. Ya no iban a la finca; las margaritas se marchitaban rápido porque ella olvidaba cambiar el agua.

Se enamoró de otro hombre y le fue infiel. No había nada que reprocharle a Gonzalola miraba con los mismos ojos de aquel aeropuerto, como temiendo que ella nunca volviera. Pero ella anhelaba unos ojos diferentes. Se repetía a sí misma que «no significa nada», aunque en el fondo sabía que había llegado el momento de irse. No al amante, que también estaba casado.

Una noche, atrapada pensando en cuántos años tardaría la justicia en liberarla si cometiera un asesinato, la gota final se derramó. Empacó a los niños, las maletas, y se mudó a casa de su madre. Gonzalo, entre sollozos, le suplicó: «No te vayas». Begoña calló, también lloró, pero nunca se había sentido tan ligera.

Al levantarse finalmente del agua fría, se envolvió en una bata de felpa, sacó el móvil del bolsillo y, sabiendo que tarde o temprano tendría que leer los mensajes, empezó a revisarlos. Tras decenas de «Te quiero», «Vuelve», «Llámame» y «No te vayas», Gonzalo escribió al final: «Entonces me voy yo». Ese fue el último mensaje.

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