Él ha vuelto

Cayetana ajustaba nerviosa el jarrón sobre la mesa de café. El piso de la abuela, Doña Nieves Alejandra, olía a pastel recién horneado y a un leve perfume de lavanda que siempre flotaba en el aire. Nieves, una mujer de setenta y cinco años con una elegancia de rigor, ponía los últimos retoques antes de la llegada del invitado.

Abuela, por favor, no me interroguéis con tanta intensidad suplicó Cayetana. Víctor es muy tímido y tú lo vas a escudriñar con la mirada.

Doña Nieves sonrió mientras acomodaba un chal de encaje sobre sus hombros.

Si tu Víctor te merece, mis ojos no le harán sombra. Y si no pues mejor aún. Relájate, nieta. He vivido demasiado como para asustar a los jóvenes.

Un timbre resonó en la puerta. Cayetana se lanzó a abrir. En el umbral estaba Víctor, con un bonito ramo y una ligera sonrisa culpable. Era de complexión atlética, con la mirada abierta y modales tranquilos.

Anda, entra, que te presento a mi abuela, Doña Nieves Alejandra anunció Cayetana, conteniendo la respiración.

Víctor cruzó el salón, entregó las flores y saludó con una reverente inclinación de cabeza.

Encantado, Doña Nieves. Cayetana me ha hablado mucho de usted.

La abuela, que estaba en medio de la habitación, pareció quedar petrificada. No respondió al saludo. Su mirada, normalmente tan aguda y evaluadora, se volvió difusa y profunda, como si mirara más allá de Víctor, hacia algún pasado lejano. Una leve sonrisa quedó congelada en sus labios, transformándose en una expresión de auténtica sorpresa.

¿Abuela? llamó Cayetana, algo alarmada.

Doña Nieves tembló y, como en un sueño, extendió la mano hacia el ramo.

Perdón, querido me ha sorprendido. Gracias por las flores. Muy amable.

Víctor, sintiendo una ligera incomodidad, se cruzó la mirada con Cayetana, que sólo encogió de hombros. La velada empezó de forma extraña. La abuela permanecía en silencio mientras tomaba su té. No lanzaba sus típicas preguntas picantes, sino que observaba detenidamente a Víctor: cómo sostenía la taza, cómo reía, cómo acomodaba un mechón de pelo. Cayetana empezó a entrar en pánico interior¡vaya, no le ha caído bien la abuela, qué faena!

Pero Víctor, con dignidad, se mantuvo confiado. Relató su trabajo y, con humor, recordó cómo él y Cayetana se conocieron en una exposición canina. Poco a poco el ambiente se fue relajando.

¿En su juventud, Doña Nieves, los galanes no venían a pie? bromeó, tomando una galleta.

La abuela revivió al instante.

¡Claro que sí! Y una vez se trabó y volvió a mirar a Víctor con la misma mirada penetrante. Disculpe la indiscreción, Víctor, pero ¿en su familia no hubo aviadores? ¿Alguno del Escuela de Aeronáutica de Cuatro Vientos?

Víctor alzó una ceja, sorprendido.

No, nada de eso. En mi familia somos ingenieros o médicos. ¿Por qué lo pregunta?

Doña Nieves bajó la vista, ocultando una sonrisa.

Es que me pareció. Tiene un aspecto que me recuerda a alguien a un joven de mi pasado. Se llamaba Alejandro. Era cadete cuando yo estudiaba medicina. Tenía la misma complexión, la misma mirada y un hoyuelo en la mejilla al sonreír.

Cayetana miraba alternando entre la abuela y Víctor, asombrada. Notaba la fotogenia de Víctor, pero ¿parecerse a alguien de su historia?

¿Y qué fue de su Alejandro? preguntó Víctor suavemente.

La vida nos separó suspiró la anciana. Lo asignaron al Lejano Oriente y yo me quedé aquí. Al principio nos escribíamos, y luego las cartas dejaron de llegar. El primer amor rara vez dura, pero nunca se borra.

Se levantó y volvió con una foto amarillenta por los años. En ella aparecían una joven esbelta con un vestido elegante y un joven en uniforme de aviador, abrazándose y riendo despreocupados.

Cayetana y Víctor se inclinaron sobre la imagen.

¡Abuela, él se parece a Víctor! exclamó Cayetana. ¡Como dos gotas de agua!

Víctor examinó la foto y una mezcla de respeto cruzó su rostro.

Es un gran parecido asintió. Parece que tengo el honor de ser semejante a un hombre digno.

Doña Nieves observó a Víctor, y ya no había sorpresa en sus ojos, sino una ternura cálida, casi materna.

¿Sabes, Cayetana? dijo sin apartar la vista. Tu Víctor me gusta. Mucho. Tiene unos ojos sinceros, como los de Alejandro.

La noche se alargó hasta la madrugada. La abuela dejó de interrogar a Víctor como una examinadora y empezó a conversar como una sabia, compartiendo recuerdos de su juventud. Cuando los jóvenes se despidieron, ella abrazó a Víctor y le susurró al oído:

Cuídala. Y sed felices.

En la calle, Cayetana se aferró a Víctor.

¡Menuda presión! La abuela casi te adoptó como propio hijo.

Víctor sonrió pensativo.

Es una responsabilidad extra, ¿no? Siento que debo estar a la altura del novio de la foto. Qué sensación extraña.

A mí me encanta dijo Cayetana. Ahora tenemos una leyenda familiar: la primera gran amor de la abuela vuelve a nosotros, pero en tu cara.

Caminaban de la mano por la Madrid nocturna, mientras en la ventana del quinto piso seguía la silueta de la anciana, sonriendo y despidiéndose con la sombra de su lejano pasado.

Doña Nieves permaneció junto al cristal hasta que sus figuras se fundieron en la oscuridad del parque. En el piso reinó un silencio roto solo por el tictac de un viejo reloj de péndulo. Volvió a la mesa donde reposaba la foto, la tomó entre manos y la acarició.

Alejandro murmuró. Qué coincidencia. No cara a cara, pero sí como un reflejo.

Se sentó en su silla y, ante sus ojos, surgieron recuerdos de veranos, alamedas en flor cerca del colegio de aviación, los brillantes ojos de Alejandro al entregarle un pequeño ramillete de lirios. Después, la despedida en la estación, sus firmes abrazos, el olor a uniforme y la promesa de escribir cada día. Las cartas llegaron gruesas y llenas de caligrafía elegante, luego escasamente, y al final dejaron de llegar. Esperó un año, se casó con otro, tuvo una hija, vivió larga y, en general, feliz vida. Pero aquel pequeño rasguño de la primera pasión nunca se curó del todo.

Y ahora, después de tantos años su sonrisa, su figura, ese hoyuelo como un fantasma que vuelve a comprobar cómo estoy pensó, y sonrió melancólicamente.

No era una anciana sentimental; la vida le había enseñado el pragmatismo. Pero aquel encuentro agitó algo profundo. No fue lástima por ella, sino asombro ante los caprichos del destino.

A la mañana siguiente, el móvil de Cayetana sonó; era su madre, Laura, hija de Nie Nie.

¿Qué tal anoche? ¿Te ha interrogado la abuela a tu Víctor? bromeó Laura.

¡Mamá, no lo vas a creer! exclamó Cayetana. ¡Casi te bendice al cruzar la puerta! Resulta que Víctor es la viva imagen de su primer amor, el aviador Alejandro. ¡Hasta mostró la foto! ¡Es idéntico!

Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea.

¿Alejandro? ¿El aviador? la voz de Laura se tensó. ¿El que aparece en el viejo álbum de cuero?

¿Lo conoces?

Un par de cosas respondió Laura, seca. Bueno, felicidades. Salúdalo de mi parte.

Cayetana colgó, medio desconcertada. La madre había respondido con una frialdad inesperada.

Mientras tanto, Doña Nieves, impulsada por un repentino impulso, abrió un cajón profundo del aparador. Allí, además del álbum de cuero, encontró un pequeño fajo de cartas atadas con una cinta azul. No las había releído en años, pero ahora sus dedos la guiaron hacia ellas.

Desató la cinta y sacó la última carta, fechada cuando ella ya estaba casada. Era de un amigo de Alejandro, informando que el aviador había muerto en un accidente de prueba de un nuevo avión. La carta llegó demasiado tarde, cuando su vida ya estaba encaminada de otro modo. Dolor, resentimiento y culpa habían sido enterrados en su interior.

Deslizó los dedos por el papel amarillento. Así fue, Alí pensó. Tu risa y tu sonrisa ahora están cerca, en mi nieta. Tal vez sea tu forma de seguir viviendo, después de tantos años.

Un golpe resonó en la puerta. Doña Nieves se sobresaltó, ocultó la carta y el álbum y fue a abrir. En el umbral estaba su hija, con el ceño fruncido.

Mamá, vengo por un asunto. Ira acaba de llamar y me lo ha contado todo.

Entra, Lara la dejó pasar. ¿Qué te cuenta? ¿Sobre Víctor?

¡Sí! dijo Lara, sentándose. Mamá, entiendo que tus recuerdos son emotivos, pero ¿no crees que estás idealizando? Tú misma me dijiste que Alejandro que dejó de escribir.

Doña Nieves la miró fijamente. Siempre había percibido una ligera envidia de Lara hacia aquel amor inconcluso. Lara era hija de un matrimonio de conveniencia, estable pero sin pasiones.

No me dejó, Lara dijo con voz firme. Alejandro murió. Recibí la carta de su amigo después de haberme casado con tu padre.

Lara se quedó boquiabierta.

¿Murió? ¿Por qué nunca me lo dijiste?

¿Para qué? ¿Para que crecieras pensando que tu madre podría haber tenido otra vida? No. Viví la vida que tuve y no me arrepiento. La verdad la guardé para mí. Hasta ayer no tenía sentido compartirla.

Lara procesó la información; su resentimiento se transformó en una extraña compasión y respeto.

Lo siento, mamá, no lo sabía

No importa, hija. Ahora escucha. Ese joven, Víctor, es un buen muchacho. Yo veo a la gente como si pudiera leerles el alma. Y él se parece al hombre más brillante de mi vida. Quiero que a Cayetana le vaya bien. Mejor que a mí. ¿Entiendes?

Lara asintió y, por primera vez en mucho tiempo, abrazó a su madre con sinceridad.

Esa misma tarde, Cayetana y Víctor volvieron a casa de Nie Nie. Ella los observaba mientras preparaban la cena, reían y susurraban. Captó la mirada de Víctor, el hoyuelo en su mejilla, y sonrió en silencio.

Mira, Alí pensó, dirigiéndose a su recuerdo. Nuestras vidas siguen cruzándose por caminos extraños. Y parece que todo acaba bien.

Cayetana se acercó y le dio un abrazo por el hombro.

¿En qué piensas, abuela?

En la felicidad, nieta. En cómo a veces llega de la manera menos esperada. Aprecien cada instante apuntó a Víctor. Aprecien cada minuto.

Cayetana se aferró a los cabellos plateados de su abuela.

Lo haremos, abuela. Lo prometo.

Mientras tanto, Víctor sacaba del horno un pastel y su sonrisa bajo la luz de la cocina era idéntica a la de la foto amarillenta, como si el pasado y el presente hubieran encontrado su punto de encuentro.

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Él ha vuelto
The Return