Nuria García estaba en la cocina, aferrada a la taza de té mientras miraba por la ventana. Afuera daban sus primeros copos de nieve, girando despacio antes de posarse en la acera. El apartamento olía a café y a algo hogareño, ese perfume que, con los años, se vuelve señal de vida auténtica. Nicolás López estaba junto a la encimera, removiendo algo en la sartén y, de vez en cuando, lanzándole una sonrisa que aún hacía que el corazón de Nuria se calentara.
No hablaban mucho, pero el silencio entre ellos no resultaba incómodo ni pesado. Era cálido, vivo, como una respiración compartida; como si las palabras fueran superfluas, porque todo se entendía a la vista.
**Cómo empezó todo**
Hace no mucho, Nuria no se imaginaba que el amor pudiera ser tan ligero como aquella mañana. Antes temía enamorarse. En relaciones pasadas se pillaba revisando el móvil, escudriñando cada frase en busca de un sentido oculto, adivinando qué sentía realmente su pareja. Era como vivir dentro de una fortaleza sitiada: alerta permanente, a la espera de un ataque.
Una tarde, tras una ruptura especialmente dura, le confió a su amiga:
Seguro que no sé amar sin miedo.
O quizá todavía no has encontrado a tu persona, le contestó la amiga.
Nuria se rió de esa respuesta, pero la idea se quedó rondando. Entonces apareció Nicolás, y todo cambió.
**El encuentro inesperado**
Se conocieron en el sitio más cotidiano posible: la librería del centro de Madrid. Nuria buscaba una novela para la noche y Nicolás estaba en la misma estantería, hojeando sin decidirse a llevársela.
Si dudas, llévatela le dijo ella al instante.
¿Y si no me gusta? sonrió él.
¿Y si sí?
Él soltó una carcajada que resultó extrañamente familiar.
Comenzaron a charlar, luego fueron a tomar un café con leche, y pasearon hasta bien entrada la noche, aunque ambos deberían haber estado ya trabajando al día siguiente. Desde el primer momento, la cosa fue sencilla.
**Sencillo, pero no aburrido**
Dos años más tarde, Nuria a veces se sorprende al recordar que antes pensaba que el amor tenía que ser una tormenta de pasión, celos, reconciliaciones y más celos. Con Nicolás es distinto.
Él no hace dramas por los compañeros de trabajo de ella. Ella no se altera si él se queda tarde con los colegas. No juegan a los silencios de castigo.
Una tarde le preguntó:
¿Te aburro nunca conmigo?
Nicolás la miró, genuinamente sorprendido.
¿Aburrido? Ni hablar. No soy un parque de atracciones; eres mi gente.
Y esa era la esencia.
**Amor sin miedo**
Amar sin miedo no significa que no haya problemas, ni que todo sea una fiesta permanente ni una foto perfecta. Significa que:
No revisas su móvil porque sabes que no tiene nada que ocultar.
No temes parecer tonta, cansada o imperfecta.
Puedes quedarte callada, enfadada, reírte o extrañar, y él te entenderá igual.
No esperas trampas, porque confías.
Incluso en los días más corrientes como este, con la cena ligeramente poco salada, la nieve fuera y la luz tenue de la lámpara sientes que la felicidad ya está aquí. No es ruidosa ni deslumbrante; es tranquila, cálida y fiable.
**Simplemente juntos**
Nicolás se acercó, le dio un abrazo por los hombros.
¿Pensando en algo? le preguntó.
Solo me alegro, respondió Nuria.
¿De qué?
De que existes.
Él sonrió, la besó en la coronilla.
¿Vamos a cenar?
Vamos.
Nuria apoyó su mejilla contra su hombro mientras caminaban hacia la mesa. No había drama ni ternura forzada; su cuerpo se inclinó hacia él como una flor al sol. Nicolás, sin mirarla, cubrió su mano con la suya, cálida y ligeramente áspera por el trabajo, infinitamente familiar.
Se sentaron frente a frente; hoy era su momento. Nicolás levantó la vista, cruzó su mirada con la de Nuria y se quedó un segundo inmóvil.
¿Qué? exclamó ella entre risas.
Nada. Solo observo.
Era una de sus frases favoritas: Solo observo. Sin intención oculta, como si con su sola presencia bastara para que ella se sintiera en su mundo.
Más tarde, cuando la vajilla estuvo limpia (él lavó, ella secó, como siempre), se acomodaron en el sofá. Nicolás leía algo en el móvil, Nuria hojeaba su feed, de vez en cuando citaba en voz alta frases cómicas. Él apoyó la cabeza en su regazo y ella, sin pensarlo, empezó a enredar los dedos en su cabello, un ritual más antiguo que su relación.
Mañana, ¿nos pillamos una peli? preguntó él sin abrir los ojos.
¿Qué se proyecta?
No lo sé. Pero al final, ¿qué importa?
Ella rió. Sí, al final, nada importaba.
Nuria se inclinó, lo besó en la frente. Nicolás abrió los ojos, oscuros y cálidos, reflejando los suyos.
¿Qué? se rió él ahora.
Nada, respondió ella con una sonrisa. Simplemente te quiero.
Su amor no estalló como fuegos artificiales; era como aquella casa, cálida, sólida, inquebrantable, el lugar al que siempre se puede volver. Día a día. Beso tras beso. Silencio tras silencio.
Simplemente. Juntos. Para siempre.







