Un paso hacia ti mismo

Un paso hacia uno mismo
María, una mujer de cuarenta y ocho años con la mirada cansada y el pelo castaño atado en un moño apretado, casi todos los días laborables ya no salía de casa sin su hija Inés, a eso de las diez de la mañana. A finales de marzo en Valladolid el tiempo seguía fresco: bajo los pies brillaban charcos de los últimos copos derretidos y una brisa ligera recordaba que la primavera todavía no había puesto todo su encanto. Inés acababa de cumplir veintidós años y, a simple vista, parecía una joven cualquiera, aunque siempre estaba a la escucha de cualquier crujido, como quien busca una mosca en la sopa. Hace unas semanas el psicólogo le recomendó entrar en el programa diurno para trastornos de ansiedad. María recibió la sugerencia con una mezcla de alivio y temor: quería creer que la chica iba a recibir ayuda, pero la palabra centro le sonaba a algo siniestro. Ese día, como los anteriores, caminaron hasta la parada de autobús más cercana; María frenaba en los semáforos para que Inés no se sobresaltara con los cláxones y, con paso medido, llegaron al edificio de la clínica.

Los profesionales explicaron que el programa diurno es una terapia ampliada: los pacientes están allí desde la mañana hasta la tarde, pero vuelven a casa por la noche. María supo antes que los familiares pueden entrar de nueve a seis, siempre que respeten el protocolodejar el abrigo en el guardarropa, ponerse cubrezapatos y silenciar el móvil. Ella misma se había apagado el timbre al entrar, para no sobresaltar a Inés con un sonido inesperado. La niña se asusta con cualquier ruido fuerte y María se empeñaba en crearle un entorno lo más tranquilo posible. Desde temprano, María sentía la tensión: tendría que pasar varias horas dentro de la clínica, donde los habituales paisajes primaverales cedían paso a pasillos uniformes, luces blancas y conversaciones bajas de los médicos.

Los últimos meses no habían sido fáciles para María. Trabajaba en una pequeña agencia de empleo, llamando a candidatos, gestionando sus fichas y siempre con la cabeza en mil cosas a la vez. La ansiedad de Inés se había ido infiltrando poco a poco: en la universidad empezaba a faltar a clases, temía las multitudes y sentía el corazón dispararse antes de los exámenes. Al principio María lo atribuía al estrés típico de estudiante, pero después de varios episodios de pánico tuvieron que acudir a un especialista. Entonces comprendieron que era hora de cambiar el ritmo y vigilar a Inés con más atención. María sentía que el plan del díadejar a su hija bajo observación y, al mismo tiempo, estar cercaintroducía algo nuevo, algo que ella había evitado deliberadamente. En el fondo esperaba que la clínica le diera a Inés la paz que necesitaba, pero no admitía que ella misma se tensaba y ocultaba su propia inquietud.

María colgó su abrigo largo y cálido en el guardarropa y suspiró al ponerse los cubrezapatos. Inés le estrechó la mano antes de que la enfermera la condujera a la sala de exploración. María recorrió un pasillo y vio que allí había gente de todas partes. Muchos, como ella, tenían más de cuarenta años; algunos lucían nerviosos, otros más relajados. En una esquina conversaba una pareja de casados, probablemente padres de otro paciente. Cerca había una mujer con una bolsa en el regazo, de aspecto cansado pero intentando sonreír cada vez que un médico se le acercaba. La atmósfera era de una tensión compartida: todos esperaban el momento de visitar a sus seres queridos, pero nadie quería imponerse con preguntas.

Al principio María se mantuvo a distancia, con la suficiente dosis de ansiedad propia¿qué dirán los médicos, será peor de lo que parece?pero a su lado se sentó otra madre, de unos cincuenta años, pelo corto y un pendiente en la oreja. Su semblante amable delataba cansancio. Por aburrimiento y nervios María se acercó, asintió y la mujer respondió en voz baja: «¿Es su primera visita? Yo acompañaba a mi hijo a otro hospital, pero allí todo era muy formal, aquí el trato es distinto». María asintió y comentó que también tenía esperanzas: «Inés todavía está un poco agitada, pero el doctor nos dijo que en el programa diurno hay grupos útilesentrenamientos psicológicos, más que medicación». La otra madre, que se presentó como Lucía, confirmó que allí también se ofrecían consultas grupales para padres: «Nos han propuesto una charla conjunta, a ver si sirve». María sintió que escuchaba historias ajenas que le reflejaban sus propias dificultades.

Llegó una enfermera con bata clara y anunció que el médico tenía una agenda apretada, y que los horarios de consulta a veces se alargan. María miró su reloj y recordó que debía pasar por su oficina más tarde, pero ahora lo importante era quedarse junto a Inés. El pensamiento de los correos y llamadas le irritaba: sentía culpa por no poder planear todo al milímetro. Lucía, percibiendo su nerviosismo, le sugirió ir al pequeño comedor del primer piso a tomar un té. «Vamos a distraernos un poco», dijo y María aceptó. Bajaron las escaleras y llegaron a una zona de descanso con unas mesas. Bajo la tenue luz, María se sirvió té, pero apenas percibió el sabor. Su mente giraba en torno a Inés: «Seguro que ya está en la consulta, ojalá que no esté demasiado asustada». De vez en cuando echaba una ojeada al móvil silenciado.

Al volver, el pasillo bullía: pacientes salían de los consultorios, algunos se dirigían a actividades grupales, otros firmaban papeles en la recepción. La enfermera devolvió a Inés, que se sentó al lado de su madre, todavía un poco ruborizada, y contó que el médico le había preguntado por la frecuencia de los ataques, le había recetado un ansiolítico y la citaría luego a una sesión grupal. Cuando Inés se excusó para ir al baño, Lucía apareció de nuevo, esta vez con su hija, una chica morena de corta estatura. Conversaban en voz baja, y Lucía preguntó: «¿Ya le dieron el horario de los grupos?». María suspiró: «Aún no, nos dijeron que lo sabremos al mediodía. Pero siento que nos quedaremos aquí un buen rato». A lo lejos se escuchaba un sollozo detrás de una puerta cerrada, mientras los murmullos sobre pruebas se mezclaban con el sonido de los pasos.

De pronto, el recuerdo de una conversación de hace un año volvió a su mente: Inés había admitido que a veces no podía respirar bien, como si el pecho se le apretara. María la consoló con lógica, diciendo que era solo miedo. Ahora, en aquel pasillo medio silencioso, se dio cuenta de que esas sensaciones le resultaban familiares. En las noches, entre el trabajo y los problemas familiares, María también apretaba los puños ante una llamada de cliente o una discusión doméstica. Siempre se repetía: «Es solo cansancio». Pero al observar a otras madres y padres, percibió que sus miradas también ocultaban temores internos, idénticos a los suyos.

Al mediodía, varios familiares parecían haber encontrado un punto intermedio con su inseguridad: algunos salían a respirar aire fresco, otros leían folletos sobre los programas de terapia. María notó un cartel que anunciaba consultas extra para acompañantes: «Los problemas de los familiares son tan importantes como los del paciente». Esa frase le picó el corazón. Miró a su alrededor: Lucía esperaba a su hija, la pareja de casados discutía en voz baja, seguramente preocupada por su hijo. Todos habían llegado para ayudar a otro, pero tal vez necesitaban ayuda ellos mismos.

En ese momento, una doctora de guardia pasó frente a María, sonrió y le preguntó si todo estaba bien. María asintió mecánicamente, aunque la ansiedad subía como una ola. Se dio cuenta de que había estado tan centrada en la ansiedad de Inés que no notaba cómo sus propios hombros se tensaban día a día. Era el momento decisivo: seguir fingiendo que tenía todo bajo control o admitir que también necesitaba apoyo. En el fondo, la segunda opción ya la había elegido.

Respirando hondo, María miró el reloj al final del pasillo; pronto terminaría la visita de Inés y los médicos probablemente invitarían a los familiares a una breve charla. Sentía que no había vuelta atrás. Tenía que seguir a su hija, pero también enfrentarse a sus propias sombras. No sabía cómo expresarlo en voz alta, pero comprendía que el siguiente minuto marcaría un antes y un después. Aprietó los puños, se levantó de la silla y sintió que había tomado una decisión importante. Todo cambiaba y no volverían al punto de partida.

María se sentó de nuevo en la silla del pasillo y vio a Inés salir del consultorio con los hombros caídos. Era ya la tarde y la luz grisácea se filtraba por las ventanas, anunciando el acercamiento del anochecer. Inés se acercó y le dijo que le habían recetado una medicina para las próximas semanas y que la monitorizarían. El doctor había prometido una consulta conjunta, pero por ahora le pidió esperar. María le dirigió una sonrisa fugaz; notó el temblor de su hija, cansada de la larga charla con el terapeuta. María sintió un alivio agridulce: Inés recibía ayuda, pero la situación requería paciencia y energía de ambas. Y, por supuesto, ella también tenía que decidirse a hablar de sus propias preocupaciones.

Mientras tanto, Lucía, con quien María había entablado amistad durante el día, se sentó a su lado. Su hija hojeaba un folleto de actividades grupales. María le preguntó cómo iba la evaluación. Lucía, distraída, respondió que probablemente necesitarían varias sesiones; el médico había descrito un programa integral con ejercicios, charlas y encuentros con especialistas. Miró a Inés y, con voz cálida, comentó: «¿Sabes, María? Parece que todos nuestros hijos esperan que los adultos les guíen con seguridad, y a veces nosotros apenas aguantamos». María asintió, sintiendo cómo un cálido nudo subía a la garganta. Pensó en cómo, enfocada solo en la ansiedad de Inés, había dejado de lado sus propios sentimientos.

Los pacientes iban de una sala a otra, y los padres trataban de no interrumpir. Algunos susurraban consejos a sus compañeros, otros leían un libro, pero todos miraban el reloj: las sesiones y los grupos podían alargarse hasta las seis de la tarde. María sintió un puntín de dolor en la espalda por tanto tiempo sentada y le propuso a Inés dar una vuelta por el pasillo. La chica aceptó, aliviada, pues el medicamento debía reducir su alta ansiedad. Al caminar entre el cartel con información para familiares y la mesa de vasos desechables, Inés preguntó tímidamente: «Mamá, ¿tú también tienes esos miedos?». María no había pensado que lo que ella llamaba estrés del trabajo fuera visible para su hija. «Sí, a veces», admitió, y aunque una sensación de incomodidad recorrió sus hombros, también surgió una leve libertad.

En ese momento, una enfermera les informó que el doctor estaba disponible en la sala de terapia familiar, donde admiten a los acompañantes en parejas. «Podéis participar en una breve reunión para hablar del plan», les indicó, haciendo un gesto. María, casi sin darse cuenta, revisó que su móvil siguiera en silencio, guardado en el bolsillo de su falda. Entraron juntas en una habitación modesta con una mesa y dos sillas. El médico, de unos cincuenta años, les recibió con una mirada amable. Primero escuchó el breve informe de Inés y luego se volvió a María.

¿Y usted, cómo está? preguntó casi susurrando. María sintió un temblor al responder, pero recordó la temblorosa noche de insomnio, el pulso acelerado y la sensación de ahogo. Respiró hondo y contestó que no estaba bien. Pensaba que lo importante era la terapia de Inés, pero parece que yo también debería ocuparme de mi ansiedad admitió.

El doctor asintió comprensivo y explicó que el centro ofrece grupos específicos no solo para pacientes, sino también para familiares que sufren agotamiento emocional y miedos. Si lo desea, podemos encaminarla a una consulta con nuestra psicóloga propuso con calma. Es una opción adicional, y muchos padres nos cuentan que les ayuda. María miró a Inés, que le devolvió una mirada de aprobación: «Tú también puedes intentarlo, mamá». El corazón de María se encogió de gratitud. En ese instante comprendió que Inés, con toda su vulnerabilidad, no la veía como una mujer de hierro, sino como alguien que también necesita apoyo. María apretó los labios, asintió al doctor. De acuerdo, lo haré dijo. El médico anotó en su hoja y les despidió con la esperanza de seguir conversando cuando fuera necesario.

Salieron al pasillo, donde quedaban aún unos visitantes. Lucía estaba cerca y, al verlas, les saludó con la mano. Su hija ya había cambiado de zapatos y estaba lista para irse. Lucía se acercó y preguntó: ¿Todo bien por aquí? Su mirada era compasiva. María, con una sonrisa forzada, respondió: Sí Creo que también me apuntaré a los talleres para familiares. Parece que ha llegado el momento de cuidarme a mí misma, no solo a los hijos. Lucía asentó: Un psicólogo me dijo una vez que si no descansamos y nos sentimos agobiados, difícilmente podremos ayudar a otros. Me pasará su número para recordarme la cita, ¿vale? María aceptó.

María colgó su abrigo en el guardarropa y, tras asegurarse de que Inés no necesitaba quedarse más tiempo, esperó a que su hija se pusiera las botas de calle. Quedaba alrededor de una hora para que cerraran el programa diurno y el personal empezaba a preparar las listas para mañana. Lucía y su hija se despidieron, prometiendo encontrarse en las próximas sesiones de respiración. María los observó marchar y sintió una mezcla extraña de confusión y alegría: en un sitio que al principio le parecían desconocidos, ahora había gente dispuesta a compartir sus dificultades. Esa sensación de camaradería iba más allá de un simple intercambio de experiencias.

Al salir a la calle, el viento frío golpeó sus mejillas. El cielo estaba encapotado y las farolas se encendían despacio. En una banca junto a la entrada, varios pacientes esperaban a sus acompañantes. Al verlos, María se reconoció en sus ojos asustados, intentando mantenerse fuerte para no desmoronarse delante de los demás. Pero dentro ya no se sentía sola. Horas antes temía hablar de sus problemas, considerándolo una señal de debilidad; ahora comprendía que la ansiedad se agrava cuando la encerramos a puertas cerradas.

Caminaron despacio hasta la parada de autobús, cuidando que Inés no se sobresaltara con el ruido del tráfico. Cuando el autobús apareció a lo lejos, Inés miró a su madre y preguntó en voz baja: ¿Te arrepientes de haber aceptado estas consultas? María puso su mano sobre el hombro de su hija. No lo creo. Si queremos salir de este lío, ambas tendremos que currárnoslo respondió, y Inés la abrazó con una mano. En ese gesto, María sintió que no sólo era necesaria para su hija, sino que también tenía derecho a buscar apoyo.

Cuando el autobús abrió sus puertas, María acompañó a Inés al interior. El interior estaba seco y algo estrecho, pero se sentaron una al lado de la otra. María, intentando recordar cuántas sesiones de dos semanas suele requerir el programa, pensó que averiguaría los detalles al día siguiente. Lo esencial era que ya había tomado la decisión: no podía seguir dejando de lado sus propias necesidades. Inés dejó su cabeza sobre la ventanilla, cansada, y María, con una ligera molestia en la espalda, enderezó los hombros y echó una mirada alrededor. Fuera, la ciudad se extendía bajo la penumbra, pero bajo la luz de los faroles titilaba la promesa de cambios. Tal vez no todo será fácil ni rápido, pero ya habían emprendido el camino en el que cada miembro de la familia tiene derecho a buscar y recibir apoyo psicológico. María esbozó una sonrisa silenciosa, pensando en el día de mañana, que podría traerles a ambas nuevas fuerzas.

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