Amor sin Temores

Begoña estaba en la cocina de su piso en el centro de Madrid, con una taza de té entre las manos, y miraba por la ventana. Fuera, los primeros copos de nieve caían despacio, posándose sobre la acera como si fueran polvo de harina. El apartamento olía a café recién hecho y a ese perfume hogareño que, con los años, se vuelve el aroma de la vida real. Nicolás estaba al fuego, removiendo algo en la sartén, y de vez en cuando le lanzaba una sonrisa que aún hacía que el corazón de Begoña se calentara.

No hablaban, pero el silencio que los cubría no resultaba incómodo ni pesado. Era cálido, vivo, como una respiración compartida; como si las palabras fueran innecesarias, porque todo ya se entendía.

**Cómo empezó**

Hace tiempo Begoña no podía imaginar que el amor fuera tan ligero como aquella mañana. Antes temía amar. En relaciones pasadas se pillaba revisando el móvil del otro, escarbando entre los mensajes, intentando descifrar el sentido oculto de cada frase; vivía como si su corazón fuera una fortaleza sitiada, siempre alerta, siempre a la espera de un ataque.

Una tarde, tras una ruptura especialmente dura, confió a su amiga Carmen:

Creo que no sé amar sin miedo.

O quizá todavía no has encontrado a la persona adecuada le respondió la amiga.

Begoña no le creyó. Pero entonces llegó Nicolás, y todo cambió.

**El encuentro inesperado**

Se conocieron en el lugar más corriente: una librería de la Gran Vía. Begoña buscaba una novela para leer esa noche y él estaba en la misma estantería, hojeando distraído sin atreverse a coger el libro.

Si dudas, llévatelo le dijo ella de repente.

¿Y si no me gusta? respondió él, sonriendo.

¿Y si te gusta?

Él soltó una carcajada y en ese sonido había algo familiar, como una nota que siempre suena bien.

Charlaron, tomaron un café, y luego pasearon hasta bien entrada la noche, aunque ambos debían estar ya en el trabajo al día siguiente. Desde el principio, todo resultó sencillo.

**Sencillo, pero no aburrido**

Dos años después, Begoña a veces se sorprendía al recordar que antes creía que el amor tenía que ser una tormenta de pasiones, celos, reconciliaciones y más celos. Con Nicolás era distinto. No se enfadaba por sus compañeros de oficina; ella no entraba en pánico cuando él se quedaba con los amigos. No jugaban a hacer silencio para castigarse mutuamente.

Una mañana le preguntó:

¿Te aburro alguna vez?

Él la miró con auténtica sorpresa.

¿Aburrirme? No. No eres un parque de atracciones, eres mi persona.

En esa respuesta estaba toda la esencia.

**Amor sin miedo**

Amar sin miedo no significa que no haya problemas, ni que todo sea una fiesta continua o una imagen perfecta. Significa:

No husmeas el móvil porque sabes que no tiene nada que ocultar.
No temes parecer tonta, cansada o imperfecta.
Puedes quedarte callada, enojarte, reír o extrañar, y aun así ser comprendida.
No esperas trampas, porque confías.

Incluso en los días más corrientes como aquel en que la cena estaba ligeramente escasa, la nieve caía fuera y la luz de la lámpara iluminaba la habitación sientes que la felicidad ya está ahí. No es estruendosa ni vistosa; es tranquila, tibia y fiable.

**Simplemente juntos**

Nicolás se acercó, le dio un abrazo por los hombros.

¿Pensando en algo?

Solo estoy contenta respondió Begoña.

¿Por qué?

Por que existes.

Él sonrió, le dio un beso en la coronilla.

¿Vamos a cenar?

Vamos.

Ella apoyó su mejilla contra su hombro mientras caminaban hacia la mesa. No había drama ni dulzura forzada; su cuerpo se inclinó hacia él como una flor al sol. Nicolás, sin mirarla, cubrió su mano con la suya, cálida y ligeramente áspera de tanto trabajo, como siempre suya.

Se sentaron frente a frente. Aquella era su hora.

Nicolás alzó la vista, cruzó la mirada con ella y se quedó un segundo inmóvil.

¿Qué? rió Begoña.

Nada. Solo observo.

Lo decía a menudo. Solo observo. Sin motivos, sin segundas intenciones. Como si en esos momentos bastara con que ella estuviera allí, en su mundo.

Más tarde, cuando la vajilla estuvo limpia (él lavó, ella secó, como siempre), se acomodaron en el sofá. Nicolás leía algo en el móvil, Begoña deslizaba la pantalla y, a veces, leía en voz alta citas divertidas. Él apoyó la cabeza en su regazo y ella, sin pensarlo, deslizó los dedos por su pelo; ese ritual era anterior a su vida juntos.

Mañana, ¿vamos al cine? preguntó sin abrir los ojos.

¿Qué se proyecta?

No lo sé. Pero al final, ¿qué importa? contestó él.

Begoña se rió. Tenían razón; les importaba poco el programa.

Se inclinó y le dio un beso en la frente. Nicolás abrió los ojos, oscuros y cálidos, mirándola.

¿Qué pasa? rió él ahora.

Nada respondió ella con una sonrisa. Simplemente te quiero.

Su amor no estalló en fuegos artificiales; era como la casa que habitaban: cálida, sólida, inquebrantable, un refugio al que siempre se podía volver. Día tras día, beso tras beso, silencio tras silencio.

Simplemente. Juntos. Por siempre.

Al final, el verdadero secreto es que el amor sin miedo se construye con pequeños gestos cotidianos, confianza y la certeza de que estar al lado del otro basta para que la vida tenga sentido.

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Amor sin Temores
You’ve Really Pushed Her to the Limit!