Comenzar de Nuevo desde el Principio

Víctor cerró la puerta del piso que había compartido con Aroa durante diez años y exhaló con fuerza. El divorcio había sido largo, penoso, casi inevitable. Se habían cansado de los gritos, de los malentendidos, de una relación que, alguna vez, fue pasión y ahora sólo rutina.

Ya estoy libre se murmuró mientras descendía por la escalera de caracol.

Aroa quedó inmóvil junto a la ventana, observando cómo su figura se alejaba hacia el patio interior. Su corazón latía con dolor, pero apretó los dientes. «Será mejor así», se repetía.

Hace una década todo era distinto.

El primer año fue mágico. Salían a la madrugada, hablaban sin parar, reían de tonterías. Víctor le dejaba notas en los bolsillos de la chaqueta, y Aroa le despertaba con desayunos, levantándose una hora antes solo para él. Creían que eso duraría para siempre.

Luego la vida cotidiana se instaló: el trabajo, las facturas, el cansancio. Víctor, antes soñador romántico, empezó a callar más. Aroa, que antes escuchaba sus divagaciones sobre la existencia, ahora le contestaba: «¿Otra vez tus filosofías?»

Las discusiones surgían sin aviso. Primero por nimiedades: no sacar la basura, olvidar el aniversario, poner la música a todo volumen. Después por asuntos serios: el dinero, la falta de comprensión, los sueños no cumplidos.

¡Ya no me escuchas! gritó Aroa.
¿Y tú me oyes? replicó Víctor.

Aun en los días más duros, a veces surgía la sensación de «todavía nos queremos». En las noches en que el insomnio los atrapaba, hablaban sin ira, como antes, y parecía que todo aún podía salvarse.

Pero la fatiga venció.

Ahora Víctor bajaba la escalera y ella lo miraba partir, ambos pensando lo mismo:

«¿Y esto nos ha pasado a nosotros?»

Pasaron tres meses.

Víctor alquiló un pequeño estudio en las afueras de Madrid, en el distrito de Arganzuela. Creía haber encontrado todo lo que deseaba: silencio, libertad, ausencia de pleitos. Sin embargo, cada mañana se despertaba a las seis y, sin pensar, buscaba a Aroa en el lado opuesto de la cama.

Aroa se quedó en el piso que habían habitado. Tiró su viejo cepillo de dientes, reordenó los muebles y se prometió un nuevo comienzo. Pero al anochecer, escuchando el crujido de la cerradura, aún esperaba el sonido de la llave.

Un encuentro inesperado

Se cruzaron en un supermercado del centro. Víctor, al girar frente al pasillo de cereales, chocó accidentalmente contra el carrito de alguien.

Perdón comenzó, alzando la vista, y se quedó sin palabras.

Frente a él estaba Aroa, sin maquillaje, con un jersey amplio y una cajita de sus galletas favoritas en la mano.

Tú las odiabas dijo Víctor con una sonrisa torpe.

¿Y todavía compras esa pasta barata? replicó ella, señalando su cesta.

Un silencio incómodo. Sabían que bastaría con decir «adiós» y seguir cada uno su camino, pero sus pies no obedecían.

¿Cómo estás? logró arrancar Víctor.

Bien, mintió Aroa.

Se quedaron así un par de minutos, hasta que una anciana detrás de ellos resopló: «¡Jóvenes, ¿qué hacéis aquí? ¡Estais bloqueando el pasillo!»

Víctor dio un paso atrás.

Vale Cuídate.

Tú también.

Al llegar a casa, lo primero que hizo fue coger el móvil.

«¿Te acuerdas del primer viaje al Mediterráneo? Te enfadaste tanto que olvidé la toalla»

Vaciló un segundo y pulsó enviar.

Dos minutos después llegó la respuesta:

«Me acuerdo. Y también de lo que usamos en vez de la toalla.»

Víctor soltó una risa. Pasaron una noche entera en la playa, envueltos en sus camisetas.

«Mañana a las siete en el café. ¿Vienes?»

En la pantalla titiló «escribiendo».

«Iré.»

Reiniciar.

El café resultó ser el mismo, pero distinto. Las mismas paredes, el mismo aroma a café recién molido, pero en la mesa junto a la ventana ya no estaban dos amantes soñadores, sino dos personas cautelosas con cicatrices en el corazón.

Víctor llegó quince minutos antes y empezó a tamborilear nervioso sobre la mesa. Cuando la puerta se abrió y la corriente de aire otoñal entró junto a Aroa, su corazón se encogió con dolor. Ella lucía el mismo jersey que él le había regalado en su cumpleaños, con el cabello ligeramente despeinado por el viento.

Llegas temprano comentó ella, sentándose frente a él.
Tú siempre llegas tarde respondió Víctor, pero sin la irritación de antes, sólo una sonrisa cansada y cálida.

Se quedaron en silencio. Entre ellos flotaban palabras no dichas, rencores y mil «perdóname».

¿Por qué compraste esas galletas? preguntó Víctor de pronto. Tú las detestas.

Aroa bajó la mirada, deslizando el dedo por el borde de la taza.

Me acostumbré. Diez años las puse en la cesta para ti Ni me di cuenta de que las había tomado.

Víctor inhaló hondo.

Sigo despertándome a las seis y te busco en el sueño. Pero tú ya no estás

Se cruzaron la mirada y, de pronto, comprendieron que habían vivido como sombras el uno del otro.

Fuimos tan tontos murmuró Aroa. Creímos que nos habíamos dejado.

No nos habíamos dejado. Sólo olvidamos cómo amar corrigió Víctor.

Extendió la mano sobre la mesa. Aroa vaciló un instante y dejó su palma sobre la suya.

Intentemos otra vez susurró él. Pero ahora sabiendo lo que no debemos hacer.

¿Desde cero?

No, negó Víctor. Con todo nuestro equipaje, con nuestros errores, con nuestra historia. Pero de otra forma.

¿Qué significa «de otra forma»? preguntó Aroa.

Víctor reflexionó. En sus ojos brilló algo nuevo: no la euforia juvenil, sino una calma nacida de la experiencia.

Significa que dejaré de fingir que no me gusta tu serie de médicos de pacotilla dijo. Y tú dejarás de enfadarte porque me duermo en el tercer episodio.

Significa que sacarás la basura sin que te lo recuerde replicó ella, con una ligera sonrisa. Y yo dejaré de gritar por los calcetines bajo la cama.

¡Jamás! estalló Aroa, y luego su tono se volvió serio. Pero aprenderé a no alzar la voz por eso.

Silencio. Afuera llovía, como el día en que se conocieron.

De otra forma continuó Víctor será que discutiremos, pero no terminaremos en habitaciones distintas.

Cuando deje de acumular rencores, y tú de encerrarte.

Alcazó su otra mano y la cubrió con la suya.

Recordaremos que en todos estos años nadie nos ha hecho reír como lo hacemos el uno con el otro.

Aroa entrelazó sus dedos con los de él.

Da miedo.

Mucho admitió él. Pero temo más despertar en un mundo sin ti.

El camarero trajo la cuenta. Salieron al exterior. La lluvia cesó. A lo lejos apareció un arcoíris tenue, difuso, pero real. Como su amor: no de cuento, no perfecto. Simplemente el motivo por el que vale la pena levantarse cada mañana.

¿Vamos a casa? preguntó Víctor.

Vamos asintió Aroa.

Y sus pasos se fundieron en un único compás, irregular, cansado, pero propio. Esta vez, para siempre.

Rate article
Comenzar de Nuevo desde el Principio
He Bumps into His Ex-Wife, and Jealousy Paints His Cheeks Green.