Cristalina, Eres Mía

La desgracia llegó de golpe, como una bola de nieve que se te viene encima sin avisar. A Gregorio, conductor de camiones de larga distancia, le tocó vivirla en primera fila. Desde hace cinco años recorría la ruta EspañaPortugal, PortugalEspaña, llevando el foto de su esposa, Cayetana, pegada al parabrisas, la música de Los 40 retumbando por los altavoces, y un café humeante dentro del termo. Pero eso no era suficiente. Lo que verdaderamente necesitaba era el aroma cálido del pañuelo tejido por su madre, el apretón de mano firme de su padre antes de cada salida y la certeza de que en casa lo esperaban con cariño, a cada hora, a cada minuto, a cada segundo.

Un día no volvió del viaje. Pasaron varios días antes de que Cayetana descubriera que Gregorio estaba ingresado en el hospital de Zaragoza. Un camión que venía en sentido contrario perdió el control en una curva y se metió en el suyo. Gregorio intentó esquivar el choque, pero acabaron los dos vehículos tirados de lado. El otro conductor se libró con un simple susto, mientras que Gregorio sufrió una grave lesión en la cabeza, y lo peor, las zonas del cerebro encargadas de la memoria resultaron afectadas. Podía haber sido peor: perder la capacidad de hablar, de mover las piernas Pero se quedó sin recuerdos de su nombre, de quién era y de lo que le había sucedido. Ni siquiera reconoció a sus seres queridos cuando entraron en la habitación; le parecían completos desconocidos. En ese momento los médicos no podían ofrecerle perspectivas optimistas. El cerebro es un misterio, y al final todo depende de la voluntad de Dios; que se recupere o no, tendremos que aprender a vivir con ello.

Al alta, la cosa se complicó aún más. Gregorio no solo había perdido el pasado, sino que su memoria a corto plazo también le fallaba. No recordaba lo que había sucedido tres horas antes, se le olvidaban tareas cotidianas. No podía calentar la comida en la cocina ni dar una pequeña caminata sin ayuda. Además, había riesgo de que no encontrara el camino de regreso a casa. No perdió la inteligencia, la voluntad, la motricidad ni las emociones; simplemente le faltaba la memoria, que con el tiempo podría volver. Así son estas cosas.

Cayetana estaba embarazada. Se tomó la baja maternal y dedicó todo su tiempo a su marido. Por las noches lloraba recordando cómo Gregorio, antes de la llegada del bebé, traía de cada ruta un juguete nuevo para la hija que aún no había nacido.

¿Por qué, Gregorio? quejaba Cayetana. Aún no es hora. Además, dicen que no se debe comprar el futuro; es mala señal.

¿Qué tal esas creencias, mi amor? se reía Gregorio, girándola en brazos. Solo quiero que nuestra niña, al ver su habitación por primera vez, se llene de alegría. Que haya juguetes por todas partes, un mar de juguetes.

Él mismo organizaba los juguetes en estanterías, los colocaba en el alféizar, los colgaba sobre la cuna. Cuando le dieron el alta, la enfermera le entregó a Cayetana un pequeño osito de peluche.

¿Llevas ahora un talismán contigo? le preguntó con ironía, sin entender por qué un hombre adulto necesitaba un juguete en la carretera.

Sí, ahora es mi talismán respondió ella, tomando el osito y poniéndolo en la mesita de noche de Gregorio, no en la habitación de su futura hija.

Salían a pasear juntos al parque, reían, se tomaban un helado. Los que los veían suponían una pareja feliz, esperando una nueva vida. Y en gran parte lo era. Pero después de una siesta tras el paseo, Gregorio ya no recordaba ni la caminata ni que tenía una esposa embarazada. Cayetana tuvo que volver a explicarle, una y otra vez, que ella era su esposa y que pronto nacería su tan esperada hija. Los padres de Gregorio se involucraron, ayudando a Cayetana con los problemas que se acumularon.

Un día, el padre de Gregorio, Iván, llamó a su nuera a la cocina, cerró la puerta y le dijo:

Cayetana, entenderemos si un día decides dejar a Gregorio. Eres joven, guapa, la vida te espera. Pero, ¿hasta cuándo? En un año o dos acabarás odiándolo. Es una carga pesada, y si su memoria no vuelve, no habrá progreso. No te preocupes por la nieta; la amaremos. Somos tu familia, te ayudaremos en lo que haga falta.

Dentro de Cayetana se encendió una mezcla de cansancio, preocupación y rabia por esas palabras. Pero se recompuso, sonrió y asintió. Iván, con una mano en el pelo rubio de su nuera, susurró:

No te desanimes, hija, lo superaremos. Eres fuerte, pese a que llevas casi dos kilos de peso extra con el bebé.

Cayetana siempre había sido menudita, y Gregorio, a su lado, parecía un gigante. Cuando la presentaron a los padres de él por primera vez, se quedaron boquiabiertos, pero guardaron la sorpresa. Luego le preguntaron al hijo:

¿Quién es esa? Dices que es tu “cristalina”. ¿Dónde la encontraste?

Los padres la quisieron al instante. Cayetana era dulce, un poco tímida y, sobre todo, mostró gran calidez hacia los suegros. Desde entonces, Gregorio la llamaba a menudo “cristalina mía”.

Nació la niña, a la que llamaron Milena. Gregorio, acompañado de los abuelos, recibió a su esposa del hospital. Estaba feliz. Al día siguiente, al ver a la bebé, preguntó:

¿Qué es eso?

Y Cayetana volvió a explicarle todo de nuevo, con algunos matices nuevos. Ahora, la novedad era Milena. Cada vez que Gregorio tomaba a su hija en brazos, sus ojos brillaban de felicidad.

Al principio, Cayetana trasladó la cuna de Milena a su habitación para tenerla cerca, ya que la pequeña era inquieta y despertaba a menudo. Así podía vigilarla, además de estar pendiente de su marido, quien a veces pedía agua en medio de la noche. Cayetana dejó de dormir por completo. Las noches sin sueño y el cansancio le hicieron perder la leche materna.

Hija, vamos a mudarnos contigo. No puedes estar sola insistió la madre de Gregorio, Kira.

No hace falta, lo hago sola repuso Cayetana, queriendo no agobiar a sus suegros, ya mayores, y sabiendo que tendría que afrontar todo el resto de su vida con fuerza.

Milena pasó a la lactancia artificial. Una madrugada, Cayetana se despertó no por el llanto de su hija, sino porque alguien cantaba una nana suavemente:

En la habitación están tirados los juguetes,
Los niños sueñan con dulces sueños,
Una zorra les roba los calcetines,
Un elefante hace travesuras en la puerta,
Los días corren y giran con la nieve,
Fuera brilla la nieve blanca,
Y la luna dibuja su sombra,
Buscando su reflejo plateado.

Al levantar la vista, vio a Gregorio meciendo a la pequeña. En una mano sostenía un paquete preciado, en la otra una biberón con la fórmula que la bebé sorbía. Cayetana se sentó en la cama, sin decir palabra, temiendo asustar a su marido, que todavía tenía a la niña en brazos. La luz de la luna llenaba la habitación, iluminando cada rincón.

Esto es felicidad pensó Cayetana.

Gregorio acomodó a Milena, tomó al osito de la mesita y lo dejó en la cuna:

Esto es para ti, mi niña, mi regalo.

Luego, tembloroso y con frío, se metió bajo la manta junto a su esposa.

Te quiero, cristalina mía murmuró, y el sonido se perdió en la tranquila noche.

Rate article