Querido diario,
Hoy he vuelto a sentir que el tiempo me aprieta las costillas como una cuerda bien tirada. A mis noventa y cinco años, con la espalda protestando a cada paso, me obligué a entrar en el hipermercado de la Gran Vía de Madrid para comprar el pan y la mantequilla que siempre me acompañan en el desayuno. Sostengo mi bastón de nogal como si fuera la única tabla de salvación en medio de una tormenta.
Recorría los pasillos con el paso lento de quien lleva una carga invisible. Los estantes me mostraban los productos, pero el precio del pan me hizo fruncir el ceño; 1,20 me parecía una burla. Dejé el pan de nuevo y tomé un paquete de mantequilla, pero al ver la etiqueta, respiré hondo y devolvílo también. Cada vez más, el bolsillo me recordaba que quizá no alcance para lo esencial.
El bullicio del supermercado era como una marea que no me llevaba a puerto. Nadie parecía notar mi lento arrastre entre las góndolas. Cuando ya casi terminaba el pasillo, mis pasos tropiezan y un calambre fulminante recorre mi pierna. «¡Ay, qué dolor!», grité, y caí al suelo frío, soltando el bastón.
Algunos compradores apenas alzaron la vista, siguieron con su yogur o fingieron que nada había pasado. Intenté levantarme, pero mis piernas no me respondían. Agarré el bastón, me impulsé y volví a desplomarme. Las lágrimas empezaron a empañar mis ojos mientras mi mano temblorosa buscaba ayuda que nunca llegaba. Un joven sacó su móvil y empezó a grabar, como si fuera una curiosidad más que un suplicio.
En medio de esa indiferencia, una niña de apenas cinco años se acercó con un osito de peluche bajo el brazo. Su mirada era una brisa suave en medio del caos. «Abuela, ¿te duele? ¿Dónde están tus hijos?», me preguntó con una voz que parecía cantar. Un tímido pero sincero rayo de sonrisa asomó en mi rostro cansado.
Su madre, al ver la escena, corrió y me sostuvo, sentándome en la banca del pasillo. Llamó a la ambulancia sin perder un segundo. Mientras esperábamos, la pequeña me tomó de la mano y me susurró: «Tranquila, todo va a estar bien».
Cuando el cuerpo sanitario llegó y me llevó al hospital, el hipermercado quedó sumido en un silencio incómodo. Los que antes miraban de reojo ya no podían cruzar la mirada; la culpa colgaba como una nube sobre sus cabezas.
Solo la inocencia de Begoña, con su osito y su ternura, mostró el verdadero sentido de la humanidad. En medio de la indiferencia, ella no dio la espalda al dolor, y su gesto quedó grabado en mi corazón como la luz que nunca se apaga.
Hasta mañana, querido diario.







