Doña Carmen Rodríguez, una ancianita de noventa años, entró tambaleándose en el supermercado del barrio de Vallecas, apoyándose en su bastón de madera gastado. Cada paso le costaba: las piernas temblaban, la espalda le dolía como si le hubieran clavado una horca, y sentía que se iba a desmoronar en cualquier momento. Pero necesitaba comprar la cena; a su edad, seguir siendo autosuficiente era parte de su orgullo.
Recorría los pasillos mirando con detenimiento los productos. De debajo de su pañuelo a cuadros asomaban unos cabellos canosos que temblaban con el aire acondicionado. Tomó una barra de pan, pero al ver el precio (dos euros con diez céntimos) la devolvió al estante. Después cogió un paquete de mantequilla, frunció el ceño, volteó el envoltorio y soltó un suspiro tan profundo que casi se le caía el bastón.
Los precios le parecían una burla; cada vez más productos los devolvía, temiendo que su cartera no alcanzara ni para el pan más barato. El supermercado bullía de gente que compraba sin prestar la menor atención a la ancianita que se movía con dificultad. Ya casi había llegado al final del pasillo cuando, de repente, tropezó. Un dolor agudo atravesó su pierna.
«¡Ay, qué dolor!» gritó Doña Carmen, cayendo al suelo frío y dejando caer el bastón.
Algunos clientes se giraron. Uno se quedó paralizado un segundo y luego siguió su camino; una mujer siguió escogiendo yogures como si nada hubiera pasado; el cajero fingió no haber oído el grito. Doña Carmen intentó ponerse de pie, pero sus piernas se negaron. Se aferró al bastón, logró levantarse y, en un acto de dignidad cómica, volvió a desplomarse.
Miró a su alrededor con la esperanza de que alguien le echara una mano, pero la indiferencia reinaba. Sus labios temblaban, sus ojos se llenaron de lágrimas. Alargó la mano como pidiendo ayuda, pero nadie acudió. Un joven, al ver la escena, sacó el móvil y empezó a grabar, creyendo que era una ocurrencia graciosa para sus redes.
Sin aliento, Doña Carmen se arrastró hacia la salida, apoyándose con una mano en el bastón y con la otra en el suelo helado. El ruido del supermercado pareció apagarse; solo se escuchaba su respiración pesada y su quejido ahogado. Cada paso era una tortura, pero siguió avanzando, deseando salir de aquel templo del consumo y regresar a casa.
La gente se apartó, mirándola con una mezcla de lástima y desinterés, como si no fuera nada más que una escena de la vida cotidiana. Entonces, una niña de apenas cinco años, Natividad, que llevaba un osito de peluche bajo el brazo, se acercó. Se inclinó con cuidado, miró a la anciana y preguntó en voz bajita:
Abuela, ¿te duele? ¿Dónde están tus hijos?
Doña Carmen alzó la vista. En su rostro apareció una sonrisa tenue y bondadosa. Natividad extendió su pequeña mano y trató de ayudarla a ponerse de pie.
La madre de Natividad la vio y corrió en su ayuda. Sostuvo a Doña Carmen, la sentó en un banco improvisado y llamó a la ambulancia. Mientras esperaban a los paramédicos, la niña agarró la mano de la anciana y le susurró:
No te preocupes, todo va a estar bien.
Cuando llegó la ambulancia y se la llevaron, el supermercado quedó en silencio. Los que, momentos antes, habían observado con indiferencia, ahora evitaban cruzar la mirada entre ellos.
Al final, fue sólo una niña la que mostró lo que significa la verdadera humanidad. No se dio la vuelta, no huyó, no temió. En ese instante, Natividad fue la única persona en la sala que todavía llevaba alma.







