El hombre con el cepillo de carpintero

En octubre, cuando los álamos de mi patio aún mostraban sus primeras hojas amarillas y el suelo crujía bajo el primer susurro de hojas caídas, Antonio Méndez abrió la maleta de madera que tenía guardada en medio del salón estrecho. Entre el sofá, la mesa redonda y el estante estrecho no cabía nada más. Sobre la mesa extendió cepillos de sierra, formones, escuadras, como si estuviera haciendo pasar lista a viejos camaradas. El metal brillaba tras una última pulida, los mangos de madera desprendían el tenue aroma del aceite de linaza con el que los había impregnado la noche anterior. No había palabras, pero la conversación silenciosa entre el hombre y sus herramientas era densa, llena de pausas que repasaban recuerdos.

El taller donde había trabajado durante cuarenta y tres años cerró: el propietario quería alquilar el local para un almacén de ventanas de PVC. Desde el viernes hasta el lunes tenía que llevarse todo, hasta el último clavo. Antonio salvó esa riqueza de treinta años: sus herramientas, compradas en mercados y heredadas de maestros anteriores. En su piso de dos habitaciones apenas había espacio, pero consiguió meter la maleta bajo la cama y decidió que la dejaría allí, a ver cuándo se le ocurría algo. Un año después, al llegar el otoño, la idea de que los cepillos estuvieran tirados le picaba la cabeza. No le dejaba dormir, hasta que se le ocurrió una solución sencilla: mostrar a los vecinos lo que significa la madera entre las manos de una persona.

Colocó en la mesa un letrero tallado en haya con las palabras «Herramientas y gente». Esa misma tarde llamó a tres vecinos del edificio y les invitó tímidamente a un «museo casero». La anciana del piso de enfrente sonrió, se ajustó los gafas y dijo que iría con su nieto. Al chico del quinto piso le pareció raro: «¿Esto es como un museo, pero sin entradas?» «Y sin charlas aburridas», le contestó Antonio. Se dio cuenta de que tendría que prescindir de lo aburrido, porque si no, los niños no vendrían.

La noche antes de la exposición se levantó temprano, se preparó un café y tocó la maleta con la mano. Los dedos notaron que la tela del forro estaba un poco rajada por los bordes: los años dejan su huella. Distribuyó los objetos por la casa: en el alféizar un formón manual, en una cómoda tres tipos de gubias, contra la pared el banco de trabajo de toda la vida. Cada pieza tenía su historia: dónde la compró, quién la usó, qué hizo. Al decirlo en voz alta se dio cuenta de que no contaba hechos, sino destinos de las personas que habían estado cerca. Porque una herramienta vive mientras se le recuerde.

El sábado la puerta se abrió de golpe: llegaron primero Cruz, la niña del quinto piso, y su hermano Iñigo. La chica pasó el dedo por la hoja del formón y exclamó que era «como un espejo». Antonio le mostró cómo una tabla cepillada queda lisa si se coloca bien la herramienta. A su alrededor se agolparon más vecinos: la contable del tercer piso, una estudiante de arquitectura, dos chavales con patinete. A cada uno les contó una anécdota breve. La habitación estaba apretada, pero el aire se sentía ligero: las ventanas entreabiertas llevaban el cálido perfume del aceite y la viruta. Todos escuchaban como si despertaran un respeto antiguo por lo hecho con las manos.

Al caer la tarde la exposición terminó y se formó una fila de preguntas en la puerta. «¿Podemos volver, llevar a los niños?» «¿Harás una clase práctica?» «Tengo una taburete que cruje, ¿nos enseñas a arreglarla?» Esas palabras calentaban más que cualquier calefactor. Antonio prometió a sí mismo y a los demás volver al torno, aunque ya no tuviese el taller.

El lunes fue a ver el local para dar la clase: un sótano semisótano del edificio de enfrente, suficiente para una sesión puntual. Las bombillas parpadeaban, el hormigón olía a polvo, pero el espacio bastaba. La charla con el arrendador fue tensa. No le dejaron usarlo una sola vez y le entregó una carta: «A partir del primero de octubre la renta se triplica». El papel crujía como hojas secas bajo el tacón. Citaba el contrato: avisar con un mes de antelación. Formalmente todo estaba correcto, no había nada que discutir.

Esa noche, sentado en la cocina, miraba por la ventana los faroles del patio. El viento hacía bailar los últimos dorados de los tilos. Ante sus ojos aparecían el banco vacío y la gente que empezaba a necesitarlo. Sentía que, si tardaba un poco más, la exposición sería el único destello y después todo volvería a guardarse bajo la cama.

Al día siguiente, al salir al patio, llevaba en el bolsillo la carta del aumento de alquiler. El conserje barría hojas húmedas, un par de adolescentes cargaban mochilas a un hombro. En el banco estaba la misma Cruz, esperando a su madre. En sus manos una pequeña tabla con una letra «L» perfectamente tallada. Sonrió y dijo que la había hecho en casa después de la exposición, con la sierra del abuelo. Mostró las astillas en los dedos, orgullosa. En ese instante Antonio vio el vínculo directo entre su cepillo y esa nueva letra. Respiró aire frío y notó el espacio libre entre casas: un pavimento liso, una larga banca, una mesa de dominó. No hacía falta calefacción; aún quedaba tiempo antes del frío.

Impresó un par de folletos: «Martes, cinco de la tarde, en nuestro patio, clase de junturas de carpintería. De siete a setenta años». Los pegó en el tablón del edificio con cinta azul.

El martes sacó del armario un banco plegable con mordazas, lo ató con cinta de transporte y lo llevó al patio. Cerca de una banca extendió una lona, dispuso la herramienta: dos cepillos, una sierra de cajón, una caja de formones, una bolsa de papel de lija. Colgó en una rama un letrero casero: «Clase hoy a las cinco». Los transeúntes se detenían, sonreían sorprendidos y preguntaban si haría mucho ruido. Él respondía: «Solo el golpeteo del martillo, viruta y cuentos. El ruido es sano». El papel de la subida de alquiler lo dejó en casa, lo aplastó con un libro como si lo borrara del día.

La primera reunión al aire libre empezó bajo un cielo gris. La luz se apagaba pronto, pero todavía había una hora antes de la oscuridad. Se juntaron cuatro niños, dos adultos y el conserje curioso, que no dejaba la escoba. Antonio mostró cómo evaluar la sequedad de una tabla con el nudo, cómo marcar la cuarta con el formón y por qué la unión de «cola de milano» necesita paciencia. Dejó que los niños probaran, ajustaba sus manos, hacía bromas y recordaba a los maestros que una vez construyeron escenarios, escaleras y marcos de ventanas. El viento arrastraba hojas secas sobre el pavimento, y la viruta caía en espirales ordenadas.

Cuando encendieron los faroles, guardó la herramienta en la maleta y miró a los niños: sus mejillas rosadas por el frío y la emoción. Cruz preguntó si volvería mañana. «Vendré, siempre que nadie se oponga», le contestó. Los adultos se miraron y ofrecieron llevar una termo con té para calentar a los pequeños. Alguien sugirió crear un grupo de chat y avisar a más vecinos. En ese momento Antonio comprendió que la soledad ya no era una opción.

Detrás de él el conserje golpeaba la escoba contra el pavimento, sacudiendo las hojas pegadas. «Maestro, le dijo ¿me enseñas a afilar el mango de la pala?» Antonio asintió: «Mañana te lo muestro». La decisión de mover la clase al patio, tomada unas horas antes, ya tenía vida propia. Cuando levantó el banco sobre su hombro, quedó claro: aunque no hubiera local, la maestría no se puede encerrar.

Al caer la noche, las sombras de las casas se alargaban, el aire se volvía más frío. Caminó hacia el portal con las herramientas en ambas manos y sintió el peso agradable. La lámpara del pasillo se encendió. Miró al patio, donde giraban las hojas y seguía flotando el aroma a viruta fresca. No había vuelta atrás.

Pasaron unos días y Antonio ya organizaba el tercer encuentro bajo el cielo. El tiempo no ayudaba mucho: el aire llevaba un leve frío invernal, pero niños y adultos seguían llegando. Sobre la mesa había una fina capa de nieve que desaparecía bajo los dedos que tomaban la herramienta. Los participantes se envolvían en bufandas y mostraban sus pequeños taburetes y cajitas, más calurosos al ver sus obras.

Animados por la participación, los vecinos del chat contactaron al ayuntamiento. Contaron los talleres populares dirigidos por Antonio y pidieron apoyo. Los funcionarios recibieron la noticia con buena voluntad y prometieron estudiar la viabilidad de financiar el proyecto.

Una mañana, mientras reinstalaba el banco en su sitio, llegaron dos representantes del área de cultura del municipio. Querían saber más de su iniciativa. Al percibir la atmósfera del taller, no pudieron quedarse indiferentes.

¿Hay posibilidad de reunirnos? preguntó una de ellas, observando la pequeña multitud que había venido a tallar madera. Estamos pensando en negociar un local para su taller en invierno.

Antonio asintió y los invitó a pasar a tomar un café más tarde. La conversación con los funcionarios avivó la esperanza. Conversaron sobre posibles espacios y ayudas que podrían impulsar aquel proyecto tan significativo para la comunidad.

Cuando las sesiones callejeras se transformaron en reuniones en la cocina, a finales de diciembre llegó la noticia: el ayuntamiento destinará un edificio histórico para reconstruir el taller. El espacio estaba vacío, y Antonio estaba listo para darle nueva vida. La visita al edificio le llenó de confianza, creyendo que volvería a trabajar bajo techo.

Al dar ese paso a lo nuevo, Antonio sintió una alegría que compartió con sus alumnos. Les informó que pronto podrían seguir aprendiendo en condiciones cómodas. Para los niños, esa promesa era una generosa ventana a nuevos descubrimientos.

Llegó el año nuevo y Antonio, entrando en el cálido edificio con un montón de herramientas, quedó maravillado con la luz que inundaba el lugar. Las paredes parecían invitar a ser impregnadas con el olor de virutas frescas y aceite.

Sabía que esas paredes serían testigos de mil historias de trabajo y creatividad, no solo las suyas. El futuro se abrió ante él como una tabla lisa, lista para que una mano firme y su cepillo le den forma al siguiente capítulo.

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