El que regresó de las profundidades

Alba siempre sintió que aquel lugar no era su raíz. De niña flotaba entre recuerdos difusos: una casa antigua impregnada de humo y manzanas, una mujer de cabellos oscuros que le cantaba bajo la lluvia, un hombre que la lanzaba al techo mientras reía hasta que los cristales temblaban. Su madre, Verónica, le aseguraba que todo era imaginación, pero los recuerdos se espesaban como niebla.

También había dudas que chispeaban: los cabellos rojizos y los ojos azules de Verónica no tenían nada que ver con los de Alba, morena y de mirada café. Nunca se hablaba del padre.

Cuando el cáncer arrastró a Verónica, al filo de la muerte susurró: «Te robé». Alba, como turista en un sueño, sintió temblar la tierra bajo sus pies. En los escombros halló a una niña diminuta con un vestido de lunares, la única vida entre los muertos. No tenía hijos propios, así que la tomó y la crió. «Te quité el pasado, pero guardé tu nombre. Tu madre era Elena, tu padre Iván».

Alba no creyó hasta que sus ojos se posaron en una fotografía amarillenta de un hombre y una mujer cuyas facciones le resultaban extrañamente familiares. Un vacío la empujó a buscar respuestas.

Lejos, en una aldea de la sierra, Iván Timoteo luchaba contra una enfermedad. La sangre en su pañuelo la ocultaba del joven Arturo, su protegido. Le había prometido a su esposa, Lidia, que esperaría el día en que su hija perdida, Begoña, regresara. Lidia, que alguna vez creyó en las cartas y los augurios, murió convencida de que la niña seguía viva. Iván cargaba con el peso de la culpa y la esperanza.

Arturo le suplicaba buscar cura, pero Iván rehusaba. En su lugar le instaba a encontrar una mujer y olvidar a la prometida desaparecida. Ambos hombres estaban unidos por el dolor: Arturo había perdido a su padre en el mismo temblor que había arrebatado al hijo de Iván.

Alba tomó una decisión. Compró un billete de avión con euros y se dirigió a la ciudad natal que solo conocía de nombre. En el bolsillo llevaba una dirección y una foto descolorida. En el taxi que la llevó, el conductor se pálido al ver la imagen y casi pierde el control.

¿Cómo se llama usted? preguntó con voz temblorosa.
Zehna respondió ella.
No exhaló. Tu verdadero nombre es Begoña.

Alba se quedó paralizada. ¿Coincidencia o destino?

Iván, moribundo, intuía que se acercaba la última noche. Esperaba dormir tranquilo como lo había hecho Lidia. Pero al alba, despertó débil, quebrado, pero aún esperando. Oíó el ruido de un coche y pasos en el pasillo.

¡Tío Vano, soy yo! exclamó Arturo, añadiendo. ¡No estoy solo! Iván creyó que había llamado al médico.

Sin embargo, la puerta se abrió y entró una joven. No era Lidia aunque en el primer instante él la había percibido así. Era su hija. Su Begoña, ahora adulta, con los mismos ojos oscuros que él recordaba.

Alba Begoña se sentó al borde de la cama, rozó su mano con timidez. Iván, con lágrimas de dicha, acarició su rostro.

Hija susurró. Por fin has vuelto a casa.

El mundo se detuvo un instante. La promesa que había hecho estaba cumplida. Y en ese sueño, el tiempo se desvanecía.

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