El regreso a uno mismo

14 de octubre

El viento me recibió con una ráfaga brusca que arrancó mi gorra antes de que pudiese dar el primer paso sobre el andén. tuve que atraparla en el aire, sintiendo cómo los dedos helados del otoño se colaban bajo el cuello. El olor a hoja mojada, humo de chimeneas distantes y algo vagamente familiarhierro, aceite, madera envejecidallenaba el ambiente. Era el perfume de mi infancia.

Miré a mi alrededor.

Un bajo edificio de ladrillo, el letrero viejo y descascarillado anunciaba Estación de San Ildefonso. El andén, antaño pulcro gracias al cuidadoso barrendero tío Miguel, ahora estaba cubierto de hierba silvestre y cardo que se colaba entre las grietas del asfalto. Todo seguía igual y, al mismo tiempo, había cambiado.

Como si alguien hubiera comprimido el mundo en un puño.

Los árboles que en mi niñez parecían gigantes, ahora apenas rozaban el tejado de la estación. La casita donde solía sentarme a esperar el tren hacia la ciudad se había reducido a una choza diminuta con tablas podridas. Hasta el cielo parecía haber bajado de altura.

Apreté la gorra más al cuello, colgué la mochila al hombro y comencé a caminar por el camino que conocía de memoria.

Bajaba hacia el río, hacia la casa de mi abuelo.

El sendero serpenteaba entre casas de campo derruidas, rodeaba huertos abandonados cuyas cercas, ennegrecidas por el tiempo, ya no sostenían nada. El pueblo moría en silencio.

Los jóvenes se habían ido hacía añosunos a la ciudad, otros a buscar trabajo en la costa. Solo quedaban ancianos que vivían sus últimos días en la quietud, y unas pocas familias que no tenían a dónde huir. Ventanas de muchas viviendas estaban huecas, puertas colgaban de una sola bisagra.

El único sonido era el ladrido triste de los perros, como si hubieran olvidado por qué ladran, y el crujido del grifo del pozo en la casa de la señora Graciela.

La casa del abuelo estaba al final de la calle, junto al ríodonde el sendero se fundía con la arena del cauce y las raíces de los sauces viejos se entrelazaban con la ribera. De madera ennegrecida por los años, pero aún firme, con hermosas molduras talladas que él mismo había labrado en las frías noches de invierno. Cada arabesco, cada flor, los recordaba al tacto: de niño, de puntillas, deslizaba los dedos por esos motivos como leyendo escrituras secretas.

El umbral crujía bajo mis pies con la misma traicionera sonoridad de hace veinte años. La cerradura, oxidada, se mostraba como un montón de herrumbre, pero encontré bajo la tercera escalón la llave que tanto buscaba: esa misma con el diente roto que siempre se quedaba atorado.

La puerta cedió con resistencia, como si la casa no quisiera admitir a un forastero.

Un perfume golpeó mis narices:

Polvo acumulado en el vacío de los años.
El ácido aliento de libros antiguos.
El amargo rastro del humo de la leña impregnado en las vigas.
Rayos de sol que, al atravesar los cristales polvorientos, iluminaban diminutas partículas que danzaban en el aire. Todo estaba en su lugar, como si el tiempo se hubiera detenido el día de su partida:

Una maciza mesa de roble con marcas de hacha del abuelo, donde solía cortar la carne.
Una lámpara de queroseno bajo un farol de cristaltestigo perenne de las noches de invierno.
Un armario con armas: dos escopetas y una vieja carabina que olía a aceite de linaza y pólvora.
En la pared, ligeramente torcida, colgaban fotos en marcos hechos a mano:

El abuelo en su juventud, con un fusil a la espalda y la mirada severa (1923, anotado a lápiz).
La abuela Carmen, con su bandeja de leña, dos cubos rebosantes y, detrás, el cielo de julio.
Yo, pequeño Antonio, con la caña de pescar, descalzo, con la camisa quemada por el sol y una sonrisa traviesa.

Arrojé la mochila sobre la cama y una nube de polvo se elevó hacia el techo. Me quedé escuchando el crujido del suelo bajo mis piesese sonido que siempre anunciaba mis escapadas nocturnas al río.

Salí al patio.

El río rugía igual que antesun retumbo profundo, como si detrás de la verja respirara una bestia enorme. El viento agitaba la superficie, rompiendo los reflejos solares en mil destellos. Al otro lado, intacta, la selva negra permanecía, tan antigua y silenciosa como la memoria.

Respiré hondo, llenando los pulmones con aquel aire húmedo, cargado de algas y madera podrida.

No había venido sin razón.

Después de perder el empleo (ni siquiera mis compañeros se despidieron).
Después del divorcio (la puerta se cerró de golpe).
Después de que la ciudad empezó a aplastarmecon sus muros, su gente, sus voces, su indiferencia.

Entonces resonaron en mi mente las palabras del abuelo, susurradas junto al fuego nocturno:

Si el alma duele, nieto, ve al río. Quédate allí hasta que escuches su voz. El agua lo llevará todolas heridas, los rencores. El río recuerda a todos los que se acercan.

Mis puños se apretaron solos. Sentí una punzada en el pecho¿de recuerdos o de presentimiento?

Los primeros días transcurrieron en silencio absoluto. Un silencio que me envolvía desde el primer instante, denso y pegajoso como la resina. No era el ruido artificial de la ciudadel claxon, los pasos de los vecinos, el aullido de las alarmas. Aquí el silencio era vivo, curativo.

Reparé el tejadocorté los agujeros con láminas de goma. El martillo resonó contra los clavos, y el sonido se elevó sobre el río, como si alguien llamara a las puertas de las casas abandonadas del pueblo.

Corté leñala hacha del abuelo seguía afilada. Los troncos se partían con un crujido jugoso, revelando los patrones del interior. El aroma a resina de pino se mezclaba con el sudor que empapaba mi espalda.

Pescabasentado en la misma piedra de mi infancia, lanzaba la caña al agua negra. Los peces eran pocos, pequeños, nada comparados con los que antes atrapaba, pero ya no importaba. Lo crucial era sentir la vibración de la línea, la resistencia del agua, la paciencia del momento.

Soledad.

No era la soledad vacía de los ascensores y el metro, ni el silencio del móvil que ya no suena. Aquí respiraba, se alimentaba de:

1. Recuerdos.

En aquel tronco corrido, el abuelo me enseñó a tender trampas para conejossus dedos fuertes ajustaban la cuerda. No la aprietes demasiado, nieto, o olerá a hierro.
Bajo el toldo torcido, la abuela Carmen secaba setasblancas como mantequilla, boletus que olían a bosque. Yo robaba un trozo cuando ella no miraba.
En el umbral, por última vez, mi madre, con un vestido azul barato y una maleta en mano, dijo: Vuelvo. Pero no volvió.

2. Sonidos.

El crujido de los sauces, que se rozan como si susurraran secretos.
El chapoteo del río, no el del grifo urbano, sino el viva que burbujea y arroja piedras al cauce.
El canto nocturno de un aveno es búho, quizá un grajo, o quizá nada en absoluto

3. Presencia de los que ya no están.

No había sombras en los rincones, ni pasos en el ático. Sin embargo:

Sobre la mesa, la taza del abuelo aparecía sola, como por arte de magia.
En la chimenea, el fuego a veces se encendía más vivo de lo que debería.
Por la mañana, en el alféizar, quedaban huellas frescas, como si alguien hubiera apoyado la mano contra el vidrio y mirado fuera.

Encendí un cigarro, dejando que el humo se colara en el aire fresco. Entonces, a lo lejos, más allá del río, escuché un aullidosolitario, prolongado, conocido.

¿Lobo? Tal vez. Pero el abuelo decía otra cosa: No son los animales los que aúllan, nieto. Son almas errantes que golpean la puerta de los vivosaquellos que los han olvidado, los que los han borrado de la memoria. Deambulan en la ribera sin poder cruzar, hasta que algún corazón los recuerde con amor.

Un escalofrío recorrió mi espalda, pero no de miedo. Era reconocimiento.

Ese otoño nunca regresé a la ciudad. Me quedé en la casa del abuelocortaba leña, avivaba la chimenea, en primavera labraba el huerto y plantaba patatas. Cada mañana tomaba té con mermelada de grosellas, y por la noche leía los libros viejos del armario. De vez en cuando hacía viajes al pueblo para comprar alimentos y cigarros. Ayudaba a la señora Graciela con los quehaceres cuando me lo pedía.

A principios de verano llegó mi hijo, Arturo, de quince años, con auriculares pegados a los oídos y una mueca de descontento permanente. Su primer día lo pasó pegado al móvil, quejándose de que allí no había internet decente.

Al segundo día, el móvil se le resbaló de las manos y cayó en un cubo de agua. El adolescente quedó paralizado, sacando el aparato empapado.

¡Maldición! exclamó. ¡Ya no va a encender!

Lo tiró de mala gana al bolsillo.

Los días siguientes cambiaron. Al principio Arturo se mostró perdido, tanteando los bolsillos. Después empezó a ayudar en la casaprimero por aburrimiento, luego con entusiasmo creciente. En el quinto día, cuando una trucha plateada se debatió en el anzuelo, sus ojos se iluminaron con la auténtica alegría infantil.

Al irse, el hijo preguntó inesperadamente:

Papá, ¿puedo volver en vacaciones? se trabó. No me compres el móvil, ¿vale?

Asentí, escondiendo una sonrisa:

Como quieras. Solo no olvides la caña.

Una semana después, Arturo volvió y se quedó hasta el final del verano.

En otoño sonó el teléfono.

Yo estaba cortando leña detrás de la casa y tardé en escuchar. El móvil reposaba sobre la mesa del jardín; en la pantalla brillaba el nombre: Lena. Me quedé inmóvil. No hablábamos desde hacía medio año, cuando ella gritó al otro lado de la línea que yo era un padre inútil.

¿Hola? dije, aclarando la garganta mientras pasaba la mano por el delantal.

Al principio solo se oía el ruido del tráfico citadino. Luego, una voz insegura:

¡Hola, Antonio! Lena hizo una pausa, como buscando palabras. Quiero decirte algo de Arturo Ha vuelto como otra persona.

Me senté en el banco del patio.

Se lava los platos solo. Ordena su habitación. Por primera vez en quince años se rió nerviosa. Y gracias. en su voz se coló una cálida chispa, casi una risa. Gracias a ti.

Imaginé a Lena de pie en la cocina que ya no es nuestra, con una mano en el hombro, así como hacía cuando se preocupaba.

Él simplemente ha visto otra vida dije con cautela.

No. Él te ha visto a ti respondió después de una larga pausa. Quiero venir. Con él. En invierno. ¿Podemos?

Los recuerdos de nuestra vida juntos pasaron ante mis ojos en un segundo.

Hace frío aquí logré articular. Hay que mantener la chimenea encendida.

¿Me enseñas? susurró, tan bajo que casi no la oí.

Vengan, respondí, y por primera vez sentí una sonrisa genuina. Solo traigan ropa abrigada. Y alpargatas.

Alpargatas repitió, y en su voz por fin resonó ternura. Muy bien.

Colgué y volví a la leña. El hacha descendía con una rapidez y un entusiasmo nuevos, y mi respiración se aceleró por la emoción.

Lancé el último tronco al cesto, enderecé la espalda. Sobre el río se alzaba una niebla que acariciaba la ribera como un velo suave. Pronto sería invierno, pensé, pero esta vez lo esperaba no con melancolía, sino con una tranquila anticipación.

Desde la esquina de la casa se oyó el crujido de la vieja puerta de madera, que bajo el viento pedía reposo. Habrá que arreglarla antes de que lleguen, pensé. En mi cabeza ya surgía la lista de tareas: limpiar la chimenea, engrasar los conductos, sacar de la despensa mantas y almohadas extra.

Al detenerme ante la puerta, comprendí que ya no veía mi casa como un refugio, sino como un hogar que pronto se llenará de voces. Ese sentimiento, tan nuevo y frágil, hacía que incluso el aire frío pareciera un poco más cálido.

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