Óscar tiene cuarenta y ocho años y lleva muchos años curando los pequeños fallos domésticos de los vecinos. A finales de abril, cuando en la zona de Toledo todavía se siente fresco por la mañana pero los árboles ya reviven, sube a su furgoneta algo gastada y parte al primer llamado del día. Lo esperan al otro lado del barrio, en una casa de paredes robustas y viejas instalaciones. Sabe que ganará un poco, conocerá nuevos clientes y que cada visita traerá algo más que una llave atascada o un grifo que gotea.
El ascensor del bloque no funciona, así que sube a pie hasta el cuarto piso. Tras la puerta le recibe María del Carmen, una anciana que ya había hablado por teléfono. Bajo el fregadero apenas se percibe una filtración. Óscar, siguiendo el protocolo, pregunta con delicadeza, abre la conexión y sustituye la arandela. Mientras trabaja, la señora le cuenta de sus nietos y se queja del silencio, diciendo que de vez en cuando le gustaría oír una voz. Óscar responde con brevedad, concentrado en no derramar agua sobre la alfombra. Terminada la reparación, asiente y María del Carmen no tarda en traerle una taza de té con galletas y le pide que revise la toma de corriente.
Él localiza y corrige el contacto flojo, notando al mismo tiempo que la bombilla se ha fundido más de una vez y que la tensión no es estable. María del Carmen se limita a decir «ahora la luz funciona, y bien». Le paga exactamente lo acordado y le agradece varias veces su atención. Óscar se despide, revisa que no haya dejado herramientas en la cocina y continúa su ruta.
El segundo domicilio está en la calle contigua. Allí la preocupación crece: cada vez más los desperfectos domésticos arrastran problemas ajenos. Los mayores piden consejo o ayuda que no corresponde a su oficio: «Habla con tu nieto», «Dime quién tiene la razón», «Enséñame a vivir». Óscar sonríe, pero reconoce que, a cierta edad, los clientes exigen más que una reparación; exigen compañía. Esa ambigüedad le inquieta: ¿dónde están los límites de su modesta misión?
En el piso de arriba le espera Víctor, un veterano laboral que conoció la semana pasada reparando una toma. Hoy necesita cambiar la cerradura de la puerta principal. Víctor se resiste a gastar, y el mecanismo ha quedado atascado definitivamente. Mientras Óscar trabaja el cilindro, Víctor se queja del precio de los materiales y de la ruidosa vecina del piso de arriba, pidiéndole que le hable para que le haga caso. Óscar siente la presión de establecer límites: la reparación sí, los conflictos deben ir a la administración.
Con la nueva llave en mano, Víctor exhala aliviado y vuelve a intentar involucrar a Óscar en asuntos personales. Óscar responde con una sonrisa contenida, agradece el pago y se despide, decidiendo no entrometerse.
Al salir a la calle, el día de abril acaricia las ramas de los álamos y se da cuenta de que no ha desayunado. Se dirige a un quiosco, toma un café rápido y traza la ruta que sigue. Le quedan dos pisos más en el barrio y, después, una llamada de una mujer del otro extremo de la ciudad que necesita el grifo porque «no hay quien lo arregle». Óscar sabe que los manuales de reparación no cubren toda la gama de expectativas humanas; entre los trabajos, también debe disipar la soledad y calmar la ansiedad ajena.
La siguiente visita es a la casa de Isabel, una mujer de setenta años con un apartamento de una habitación repleto de papeles médicos y cajones. Ha desarmado el armario pieza por pieza, temiendo que se caiga. Óscar refuerza los soportes, coloca nuevos tacos y le explica cómo simplificar la estructura. Isabel parece esperar algo más: habla del nieto que siempre prometió ayudar, pide arreglar la puerta del armario y, de paso, solicita consejo sobre documentos familiares. Óscar rechaza amablemente, no es abogado, y le indica una línea de asistencia social gratuita. Isabel agradece, aunque su rostro queda confundido.
Al salir, Óscar siente que cada petición amplía su papel más allá del oficio. Sabe que, según la normativa, esas cuestiones corresponde a los trabajadores sociales; en la práctica, quien llama decide lo que quiere.
Antes del último llamado del día, pasa por un patio tranquilo donde la hierba húmeda refleja los rayos del sol. En el maletero lleva los repuestos para otro grifo. La puerta se abre y le recibe Elena, una mujer delgada de setenta y cinco años, con la voz temblorosa. Inmediatamente empieza a contar cómo teme quedarse sin agua y cómo la vecina de abajo amenaza con denunciarla.
Óscar inspecciona tuberías y grifo, constata que faltan piezas que él no tiene. Promete ir a la ferretería cercana, pero Elena, con los ojos desorbitados, le suplica: «No se vaya todavía, me da miedo la vecina vuelve a gritar y no quiero abrir la puerta sola». Él percibe el riesgo de verse arrastrado a un conflicto y duda entre seguir su agenda o quedarse a calmarla.
Mientras busca palabras, se oyen voces fuertes detrás de la pared. Óscar mira a Elena, que aprieta un manojo de llaves. En ese instante decide: no la abandona. Coloca sus herramientas en el hall, le pide que se quede atrás mientras él habla con la vecina. Al abrir la puerta, ve a una mujer de sesenta años, con la bata revuelta y el tono agudo, exigiendo explicación por el agua que gotea desde arriba. Óscar, con serenidad, le explica que ha cortado el suministro y que el grifo quedará pronto operativo. La vecina, desconfiada al principio, se tranquiliza al ver su calma, baja la voz y sólo pide que no se alargue más el trabajo. Óscar suelta alguna broma sobre los «soldados del frente de la fontanería» y la tensión se disuelve.
Regresa a Elena, que respira aliviada, aún con las llaves contra el pecho. Necesita las piezas con urgencia y otro llamado le espera. Pide disculpas, le asegura que no lo abandona y baja los escalones crujientes del portal.
En la ferretería la espera una fila corta; apenas consigue los sellos y mangueras flexibles, llama a la siguiente clienta y le avisa que llegará con un ligero retraso, pero que la visitará por la tarde. La mujer al otro lado del teléfono suspira, pero acepta esperar; encontrar a un fontanero en abril no es tarea fácil. Óscar agradece su paciencia y se apresura de regreso.
Al volver a la casa de Elena, la encuentra con las manos temblorosas. Le entrega una taza de agua caliente que ella coloca en el alféizar y se pone a trabajar: quita los tubos viejos, los limpia, instala las piezas nuevas, cambia los empaques y elimina la oxidación. Tras comprobar la estanqueidad, llama a Elena. Ella observa con gratitud, casi con lágrimas, cuando el agua sale en un chorro constante. Le pide su número por si necesita otro consejo. Óscar deja su tarjeta y aclara: «Soy fontanero, resolver disputas no es mi competencia». Elena sonríe, asiente y susurra: «Me ha salvado hoy, no sólo del grifo muchas gracias». Paga con unos euros exactos y lo despide hasta la puerta, todavía con una expresión de alivio.
Descendiendo la escalera, Óscar percibe que su trabajo ya no es sólo una artesanía. Pero el tiempo apremia: otro apartamento está a varios barrios de distancia. En la calle el aire se vuelve más cálido, el sol se desliza sobre los plátanos del patio y una brisa fresca atraviesa las ramitas que brotan.
Le aguarda Taís, una mujer de setenta años, de rostro preocupado. La lleva al baño: el mezclador no mantiene la presión y hay manchas de humedad en el suelo. Mientras Óscar despliega las herramientas, Taís pasea nerviosa, reclamando la soledad y los pequeños fallos cotidianos. Detecta una pieza deformada del grifo; le explica que lo más seguro sería un reemplazo completo, pero ella confiesa que no dispone del dinero. Óscar saca el repuesto que tenía, lo limpia y ajusta el mecanismo, advirtiendo que será una solución provisional.
Taís, agradecida, luego señala un tirador del armario de la cocina que se ha descolgado. Óscar lo vuelve a colocar en dos minutos, disipando su última inquietud. La conversación gira hacia el barrio donde antes vivía, donde todo le resultaba familiar; ahora, en la nueva ciudad, se siente sola y temerosa de salir a la tienda por sus articulaciones cansadas. Óscar le anota el número de un servicio de apoyo social y le explica cómo puede obtener asesoramiento médico y doméstico. Taís abraza la hoja con gratitud; después de probar el grifo y el tirador, su ánimo mejora notablemente, la ansiedad se desvanece y una luz vuelve a sus ojos.
Al pagar, Taís comenta: «No esperaba recibir tanto empeño de un fontanero». Óscar le recuerda amablemente los servicios oficiales y le desea buena suerte. En su interior reflexiona: esos pequeños actos de bondad no son milagros, sino apoyos manuales que cualquiera puede ofrecer.
Cuando sale a la calle, el día ya se inclina hacia la tarde. El aire lleva el canto agudo de los pájaros. Guarda sus herramientas en la furgoneta, se sienta al volante y mira la alameda donde los brotes jóvenes juegan con tonos dorados bajo la luz del ocaso. Repasando mentalmente la jornada, siente una satisfactoria calma: grifos, tiradores, tomas y cerraduras, varias conversaciones complicadas y pequeñas victorias contra la soledad ajena.
A lo lejos alguien le agita la mano, quizá un vecino nuevo o un cliente antiguo. Quizá mañana le espere otro llamado donde el problema no será solo el grifo, sino también la fe en la bondad. Óscar esboza una sonrisa, arranca el motor y avanza hacia la larga noche primaveral, donde cada «entre tareas» se vuelve parte de una interminable cadena de ayuda humana.







