¡Eres mi cristalito, amor mío!

La desgracia llegó sin aviso. Después de todo, ¿quién la espera? Siempre cae sobre nosotros como una nevada inesperada.

Gregorio, conductor de camiones de larga distancia, llevaba cinco años girando el volante entre la ruta MadridParís y ParísMadrid. La foto de su mujer Almudena pegada al parabrisas, la voz de Cadena SER saliendo de los altavoces, un café fuerte dentro del termo ¿qué más necesita un conductor? Pues, el cálido aroma del pañuelo tejido por su madre, el apretón firme de su padre antes de cada salida y la certeza de que en casa lo esperan y lo quieren. Lo esperan cada día, cada hora, cada segundo.

Una noche no regresó del viaje. Días después Almudena descubrió que Gregorio estaba en el hospital de Valladolid. El conductor de la furgoneta que venía en sentido contrario perdió el control en una curva y chocó contra él. Ambos camiones se derrumbaron de lado. El culpable se escapó con una ligera sacudida del corazón, mientras Gregorio sufrió una grave lesión cerebral. La zona afectada fue la que controla la memoria. Podía haber sido peor: perder brazos, piernas, el habla Pero el daño quedó en los recuerdos. No recordaba su nombre, quién era ni lo que había sucedido. Cuando sus familiares entraron en la habitación, le resultaron extraños. En ese momento, los médicos eran su única familia. No pudieron ofrecerle pronósticos optimistas; el cerebro humano es un mecanismo complejo y, en última instancia, todo depende de la voluntad de Dios. Si se recuperaba, bien; si no, tendría que vivir con ello.

Al ser dado de alta, la situación resultó más difícil de lo que parecía. Gregorio no solo había olvidado su pasado, sino que su memoria a corto plazo le fallaba. No recordaba lo que había ocurrido tres horas antes y había perdido algunas habilidades cotidianas. No podía calentar la comida en la cocina ni dar paseos solo, y existía el peligro de que no encontrara el camino de regreso a casa. No había perdido la inteligencia, la voluntad, la motricidad ni las emociones; simplemente había perdido la memoria, la cual con el tiempo podría volver. Así son estas cosas.

Almudena estaba embarazada. Entró en la baja maternal y dedicó todo su tiempo a su marido. Por las noches lloraba recordando cómo Gregorio había esperado al bebé, cómo en cada viaje traía juguetes para la hija que aún no había nacido.

¿Por qué, Gregorio?, sollozaba Almudena. Aún no es hora. Dicen que no se debe comprar el futuro, que es mala señal.

¿Qué malas señales, mi amor? respondía él con una sonrisa, girando a Almudena en sus brazos. Quiero que nuestra niña, al ver su habitación por primera vez, se llene de alegría. Que haya juguetes por todas partes, un mar de ellos.

Él mismo organizaba los juguetes en estantes, los colocaba en el alféizar y los colgaba sobre la cuna. Al salir del hospital, la enfermera le entregó a Almudena un pequeño osito de peluche.

¿Llevas un talismán contigo?, le preguntó en tono irónico, sin entender por qué un adulto necesitaría un juguete en la carretera.

Sí, es mi talismán contestó Almudena.

El osito la puso en la mesilla de noche de Gregorio, no en la habitación de la niña.

Salían a pasear juntos al parque, reían y se comían helado. La gente los veía como una pareja feliz, a punto de dar la bienvenida a un nuevo miembro. Pero, tras una siesta después del paseo, Gregorio ya no recordaba la caminata ni que su esposa estaba embarazada. Almudena tuvo que volver a explicarle, una y otra vez, que ella era su mujer y que pronto tendrían una hija muy esperada. Los padres de Gregorio ayudaban con todo lo posible, aliviando la carga que pesaba sobre Almudena.

Un día, el padre de Gregorio, Juan Sebastián, llamó a su nuera a la cocina, cerró la puerta y le dijo:

Almudena, entenderemos si decides dejar a Gregorio. Eres joven, guapa, la vida te espera. Pero, ¿hasta cuándo? En un año o dos acabarás odiándolo. Es una carga pesada, y si su memoria no vuelve, no habrá progreso. No te preocupes por la nieta; la amaremos. Somos tu familia, te ayudaremos si hace falta.

Las palabras calaron hondo en Almudena; la fatiga, la inquietud y la ofensa se mezclaron en su interior. Sin embargo, se recompuso, sonrió y asintió ligeramente. Juan Sebastián la acarició en la cabeza y susurró:

No te derrumbes, hija, juntos lo superaremos. Eres fuerte, aunque ahora peses dos veces más con el bebé.

Almudena siempre había sido menuda y delgada; a su lado, Gregorio parecía un gigante. Cuando la presentaron a los padres de él, se asombraron, pero mantuvieron la compostura. Luego preguntaron al hijo:

¿De dónde sacaste a esa cristalina?

La aceptaron de inmediato; era una muchacha amable, algo tímida y, sobre todo, muy cariñosa con los padres de su marido. Desde entonces, Gregorio solía llamarla cristalina mía.

Nació la niña, a quien llamaron Luna. Gregorio, junto a sus padres, recibió a su esposa del hospital. Estaba feliz, pero a la mañana siguiente volvió a preguntar:

¿Qué es este bebé?

Almudena volvió a contar la historia, añadiendo siempre el detalle de Luna. Cada vez que Gregorio tomaba a su hija en brazos, sus ojos brillaban de felicidad.

Al principio, Almudena trasladó la cuna de Luna a su propio cuarto para estar cerca, ya que la pequeña despertaba mucho y necesitaba cuidados nocturnos. Él vigilaba al marido por si necesitaba algo durante la noche. Almudena dejó de dormir y, tras noches en vela, la leche se agotó.

Hija, vamos a mudarnos contigo. No tienes que hacerlo sola insistió la madre de Gregorio, Carmen.

No, lo haré yo sola repuso Almudena, queriendo no agobiar a sus padres, ya mayores, y sabiendo que tendría que vivir con esa situación toda su vida, siendo fuerte y serena.

Luna pasó a la alimentación artificial. Una noche, Almudena se despertó sin que la niña llorara, pero escuchó una suave canción de cuna:

En la habitación juguetes esparcidos,
los niños duermen y sueñan dulces,
una zorra roba los calcetines,
un elefante hace travesuras en la puerta,
los días corren bajo la nieve,
la luna dibuja su sombra plateada,
busca su retrato de plata.

Al alzar la vista, vio a Gregorio meciéndose con Luna. Tenía un precioso paquete en una mano y, en la otra, un biberón con la fórmula que la bebé sorbía. Almudena se sentó en la cama, sin decir palabra, temerosa de interrumpir. La luz de la luna llenaba la habitación, iluminando cada rincón.

Así es la felicidad pensó Almudena.

Gregorio acomodó a Luna, tomó al osito de la mesilla y lo puso en la cuna:

Este es para ti, mi hija, un regalo mío.

Luego, tembloroso y con frío, se metió bajo la manta junto a su esposa.

Te quiero, cristalina mía susurró.

Aunque la memoria de Gregorio se perdía y volvía a aparecer como una bruma, el amor que los unía permanecía firme. Al final, aprendieron que la memoria puede fallar, pero el cariño y la voluntad de seguir adelante son los verdaderos guardianes de la vida.

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