16 de enero
El amanecer todavía estaba cubierto de una niebla ligera cuando llegué al Policlínico de Vallecas. Aún se veía el vapor de los faroles y la gente, envuelta en abrigos de lana, ya formaba una multitud en la entrada. Yo, María García, terapeutas de familia de 28 años, ajusté el paso: a las ocho tenía que abrir la consulta, recoger los historiales y rellenar la jarra del agua del viejo dispensador. Al atravesar la puerta de cristal, escuché el murmullo constante de conversaciones; aunque nadie gritaba, la tensión se sentía a través del vidrio.
Hace unos años trabajábamos ocho médicos de familia aquí; hoy sólo quedan cuatro. Dos se fueron a clínicas privadas, una tomó un puesto en el Hospital Regional y otra está en una beca de especialización. En el tablón de recursos humanos colgó un anuncio de vacantes, pero lleva un mes sin recibir ni una sola solicitud. Según los datos del Ministerio de Sanidad, faltan unos veintitrés mil médicos de atención primaria en toda España, y este pasillo parece un microcosmos del problema.
Me quité el abrigo en la diminuta sala de guardia. La lámpara fluorescente chisporroteaba, dejando finas rayas blancas en el techo. Revisé el calendario: en lugar de los treinta pacientes previstos para hoy, aparecían cuarenta y cuatro. Llamadas nocturnas del despacho, urgencias para meter un par de fichas más todo se amalgamó en una larga jornada. Nineteve minutos por paciente, si no tienes que beber agua ni ir al baño. La cuenta estaba clara: incluso al ritmo perfecto, habría que estar nueve horas sin parar.
El primer paciente fue una mujer con asma. Aprisionaba su bufanda con dedos temblorosos. Su cita electrónica se había borrado y llegó a viva voz a la cola, temiendo otro ataque. Le receté un inhalador con receta preferente, la tranquilicé, pero ya del otro lado de la puerta se escuchaban quejas. Cada mañana se repite la misma secuencia: empujón, pregunta ¿quién es el último?, discusión, irritación. En los informativos escuchan que el Ministerio quiere reducir el déficit el próximo año, pero ellos necesitan ser atendidos hoy.
Al mediodía la cola ocupaba todo el hall. Los números de turno se habían agotado, la gente dejó los zapatos bajo los bancos para no pasar el día con las botas. Un hombre bajito, hipertenso, preguntó a la recepcionista por qué sólo se le entregaba ficha para tres semanas. Ella encogió de hombros y señaló a los médicos: Agenda a reventar. Oí la respuesta entre la puerta entreabierta y sentí un sudor frío recorrer mi espalda. Demasiada gente, demasiadas manos.
Después de un breve almuerzo un bocadillo, una manzana y tres sorbos de té con leche me armé de valor para dar el primer paso. Junto a la enfermera jefe redactamos un nuevo horario: por la mañana solo citas previas, por la tarde se atenderá a los casos agudos sin cita. Colgamos el papel junto a la recepción hasta el fin del turno. Volví a mis consultas con la esperanza de que, al menos en parte, aliviara la presión. Pero una hora después el guardia devolvió el cartel: alguien lo había arrancado y, con tinta roja, había escrito ¿Así nos libráis de una vez?.
Al cerrar el armario de los medicamentos, me di cuenta de que sonreía a los pacientes como un reflejo automático. El primer síntoma del desgaste: una máscara de amabilidad que oculta el vacío. En la sala de guardia los otros tres médicos discutían si la dirección debía pagar horas extra. Yo escuchaba fragmentos y, en mi cabeza, imaginaba a la gente con bufandas y sombreros de fieltro que volverían mañana a tocar la puerta. Me acosté a las once, pero solo me quedé dormida a las dos.
El lunes siguiente hizo un frío de nieve. Un fino escarcha cubría los cristales del policlínico y el pasillo se llenó de silbidos de corrientes. La gente se aferró a sus bufandas y marchó en el sitio para no temblar. A las nueve la recepción dejó de contestar el teléfono interno: el ruido de las preguntas lo ahogaba. Intenté seguir el nuevo horario, aunque aún no estaba oficialmente aprobado, y cada tercer paciente exigía explicaciones.
A las once la espera llegó al colmo. Una anciana con pañuelo de plumón chocó contra el marco de la puerta: Yo llegué en tranvía a las seis y los jóvenes aún no han nacido cuando yo estaba en la fila. Detrás de ella, un hombre con muleta se apoyó en su bastón y protestó que a los veteranos se les debe atender sin turno. Las voces se superponían, convirtiéndose en un clamor; la recepcionista cerró la ventanilla y el guardia intentó calmar la marea de acusaciones.
Salí del consultorio con mi bata y, levantando la mano, pedí un momento: Un instante, por favor. Propongo que ahora solo atendamos casos agudos y que el resto reserve una hora después de comer, para que no esperen en vano. La gente me miró desconfiada. Algunos murmuraron que la cita existía, pero se escapó, otros se quejaron de la distancia a sus casas. Pero varios aceptaron dispersarse y la tensión disminuyó un poco. Sentí la amargura de que, sin el visto bueno de la dirección, aquella improvisación no duraría mucho.
Una hora después el director del centro me llamó. Dejé mi ropa sobre la silla y, con las botas de goma que me habían entregado, subí al pasillo. La puerta del despacho estaba tapada con un cartel que decía Reunión. Dentro estaban el director, el subdirector de atención y el jefe de recepción. Sobre la mesa reposaba el libro de fichas, doblado como un abanico. El subdirector empezó sin rodeos: Los pacientes han presentado una queja colectiva. Siete firmas. Creen que los médicos sabotean el servicio.
Mis oídos se incendiaron. Respondí: No podemos atender 442 citas semanales con solo cuatro médicos. Eso no es seguridad ni calidad. Tenemos dos opciones: recetar sin examinar o reorganizar. Propongo crear grupos de ayuda mutua. Los jóvenes ayudarán a los mayores a reservar en línea y liberaremos una hora al día para urgencias. Además, si un paciente no acude a su hora, su ficha pasa al siguiente. El silencio se prolongó unos segundos.
El director se reclinó en su silla. La gente dice que antes era más fácil: la cola era viva y todo. Interrumpí, alzando la voz por primera vez: Antes éramos el doble. El vacío de personal no solo nos afecta a nosotros; en el país hay veinte mil plazas vacías. Si no cambiamos, mañana será otra queja y pasado mañana la ambulancia tocará nuestra puerta.
El intercambio terminó inesperadamente. El director asintió: Vale, implementa el piloto en tu zona, informa en dos semanas. Pero advierte a tu equipo: al primer desliz, vuelven al horario antiguo. Salí del despacho y, justo en ese momento, los primeros copos húmedos de nieve comenzaron a girar fuera de la ventana. No había vuelta atrás.
El programa piloto trajo cambios modestos pero visibles. Los pasillos ya no estaban atestados de gente que esperaba todo el día; sólo quedaba una cola breve frente a cada consultorio, mayormente de casos agudos sin cita.
Los turnos se volvieron más ordenados. Mi primer paciente bajo el nuevo esquema fue una anciana que, gracias a la ayuda de su vecino, había reservado por internet. Él también es paciente mío y se ofreció a colaborar: Lo importante es explicar a los mayores cómo funciona y no apurarse. Su entusiasmo contagió y pronto surgió un pequeño grupo de voluntarios que asistían con reservas y acompañaban a los mayores hasta la puerta.
Aun así, la carga sobre el personal siguió siendo alta. Si bien el número de consultas diarias disminuyó, la sensación de que el trabajo no se aligeró persistía. Yo seguía quedándome hasta tarde, redactando informes del piloto y pensando en nuevas mejoras. Me inquietaba que la administración perdiera pronto el interés al aparecer el primer problema.
Llegó una delegación del Hospital del Distrito para evaluar el nuevo sistema. Mostré los cambios: fichas reducidas, colas más cortas, grupos de voluntarios. Presentamos todo sin pomposos discursos, y la delegación valoró el empeño del equipo, aunque reconoció que la solución no era radical, sí encaminada a aliviar la presión.
Me quedé pensando en cuánto había cambiado para mí. El trabajo seguía exigiendo toda mi atención y, al caer la noche, apenas tenía fuerzas para llegar a casa. Sin embargo, al recibir el reconocimiento de la delegación, sentí al fin una leve satisfacción. La dirección aseguró que el proyecto recibiría apoyo, y eso ya era un paso importante.
Al entrar al policlínico, nuevas cartelerías anunciaban la forma de reservar, los contactos de los voluntarios y las novedades para los pacientes. La recepción, aunque todavía bulliciosa, mostraba un ambiente más tranquilo. Vi cómo los pacientes empezaban a agradecerse entre sí, guiándose en el nuevo orden.
Al final comprendí que esto no elimina el cansancio, pero sí me brinda un poco más de confianza en que mis esfuerzos no son en vano. Cada gracias de los pacientes me daba energía, aunque suene melancólico.
Una tarde, cuando la luz de los faroles se reflejaba sobre la nieve, la gente guardó sus cosas, se ajustó los gorros y guantes y salió a la noche. Cerré mi consultorio un poco antes de lo habitual y me dirigí a la sala de guardia.
En casa, giré en la cama durante horas, repasando todo. Tal vez estoy acostumbrándome al nuevo ritmo y ya planeo cómo mejorarlo aún más. El precio es alto: estar siempre a la espera del horario, pero ahora cuento con un pequeño equipo que comparte mis metas.
A la mañana siguiente desperté con la certeza de que mi trabajo está logrando cambios reales. No es una revolución, pero ¿quién dice que los pasos pequeños no llevan a grandes caminos? La fatiga sigue presente, pero ya no me parece tan desoladora. Me permití una pequeña sonrisa mientras preparaba un té recién hecho. Hoy será otro día en que las cosas sean un poco mejor que ayer.







