La frontera de la salvación

El crepúsculo de noviembre se deslizó sobre el patio de un bloque de hormigón en Alcobendas, mientras Sergio, de sesenta y cuatro años, ponía silencioso el hervidor sobre la cocina de gas. Afuera caía una nieve húmeda que, al tocar el asfalto agrietado, se convertía en charcos que al instante se engalanaban con una delgada capa de hielo. María, su mujer, dormitaba en la habitación contigua. Él aguardaba a su hija Begoña: esa noche tendrían que hablar de Ignacio, el hijo cuyo afán por las apuestas deportivas había vuelto a escalar sin control.

Begoña apareció justo cuando los radiadores comenzaron a chisporrotear los trabajadores de la comunidad habían subido la calefacción. Dejó una bolsa con la compra, se sentó frente a su padre y, en un breve silencio, ambos percibieron la tensión que vibraba en el aire. Cuando María, envuelta en una bata de felpa, se unió a la conversación, Begoña, sin preámbulos, informó que Ignacio había pedido dinero prestado a un amigo y había sobrepasado la fecha de devolución. Sergio apretó los puños: el invierno pasado la familia había tenido que cubrir parte de las deudas con sus escasos ahorros, y no podía soportar otra repetición.

Se trasladaron al salón con el sofá gastado. Sergio desplegó una hoja y empezó a anotar propuestas: persuadir al hijo para que solicitara una autoexclusión anual de los juegos de azar a través de la Sede Electrónica, encaminárselo a un psicólogo, pactar que los conocidos ya no le presten dinero. Begoña objetó sin el consentimiento voluntario, cualquier medida sería inútil, y Ignacio estaba convencido de que «pronto se recuperaría». María, mirando el patio helado, guardó silencio: ya imaginaba los intereses devorando su pensión.

Para no adivinar a distancia, por la tarde condujeron hasta el piso de su hijo. Allí, el aire estaba cargado de polvo y estancamiento las ventanas estaban selladas para «no dejar escapar el calor». Ignacio los recibió con una sonrisa tensa y se jactó de haber «casi ganado un gran premio», si no fuera por el fallo de un tirador en los últimos segundos. Al sonar una canción conocida, Sergio sintió una pesadez en el pecho: el brillo del juego en los ojos de su hijo delataba que el control se había esfumado.

El regreso fue resbaladizo; Begoña conducía con cautela, mientras la radio apenas susurraba. En la quietud, Sergio repasaba mentalmente lo escuchado: deuda, nueva apuesta, deuda mayor. «No podemos perseguir sus problemas indefinidamente», murmuró al entrar en el oscuro vestíbulo del apartamento familiar. Entonces, por primera vez, surgió una idea nítida: la ayuda sólo vendría si Ignacio limitaba él mismo el acceso a las apuestas y comenzaba un tratamiento.

A la mañana siguiente Begoña trajo una noticia fresca: el hermano había logrado un microcrédito, y los intereses ya goteaban. Esa noche los tres redactaron de nuevo la lista de exigencias sobre la misma hoja. María revisó el presupuesto familiar quedaba poco para la luz, la calefacción y los medicinas. No sólo la profundidad financiera inquietaba a padre y madre, sino el hecho de que un rescate infinito privaba a Ignacio de sentir las consecuencias.

Entonces estalló el clímax: un conocido les informó que el hijo había perdido el último dinero en un casino online. María se dejó caer en una silla, Sergio tembló, pero la ansiedad pronto se tornó en determinación. «O solicita la autoexclusión y acude a los especialistas, o nosotros cortamos la financiación», proclamó, y en ese instante la familia, como un aliento coordinado, trazó la frontera que ya no se cruzaría.

Al día siguiente, el crujido temprano del suelo despertó el apartamento. El hielo había caído como polvo plateado sobre la hierba del patio. Mirando la hoja garabateada, Sergio marcó el número de Ignacio e invitó a conversar. El auricular guardó silencio largo, pero al oír el tono serio, Ignacio prometió pasar al atardecer. El resto del día se extendió entre la expectación: los radiadores chorreaban, María preparaba sopa, Begoña leía artículos sobre ludopatía y nuevas iniciativas legislativas que hablaban de rehabilitación obligatoria.

Ignacio apareció al anochecer, con ojeras negras y el móvil pegado a la mano. Al principio soltó: «Entrego todo, simplemente no tengo suerte», pero los padres no cedieron. Sergio recordó las deudas pasadas, Begoña recitó con claridad tres condiciones, y María afirmó con firmeza que los cobradores sólo hablarían con el deudor. La ira de Ignacio se tornó en desesperación, las acusaciones en largas pausas. Más de una hora consumió el diálogo intermitente y, al fin, exhaló: «Lo pensaré». La familia no presionó: la frontera estaba señalada, la decisión era suya.

Pasó una semana bajo el sol invernal que aún asomaba y las heladas nocturnas. Los cobradores llamaron una sola vez Sergio los desvió cortésmente hacia su hijo. Ignacio volvió a llamar más tarde, pidiendo ayuda para rellenar el formulario en la web. Tras la medianoche llegó un mensaje breve: «He presentado la solicitud. Es duro». Begoña le reenviò los contactos de un psicólogo, sin insistir. María, cada noche, se sorprendía a sí misma con el impulso de lanzarse a salvar, pero recordaba la conversación de la noche anterior y cruzaba los brazos sobre las rodillas.

A final de mes, las ventanas dejaban entrar un poco más de luz, aunque las calles aún se cubrían de una fina capa de hielo. La familia percibió un respiro frágil: Ignacio no pedía dinero, hablaba de buscar empleo y, de vez en cuando, confesaba lo difícil que era mantenerse alejado de las apuestas. Una tarde, sentados los tres en el salón donde el calor seco subía de los radiadores, Sergio declaró: «Resulta más fácil observar su lucha que destruirnos junto a él». María añadió que el amor no es una cartera infinita, sino la presencia constante. Begoña, mirando a sus padres, sonrió: el equilibrio sigue tambaleándose, pero ya está allí.

Muy tarde, despidiendo a Begoña en el coche, Sergio se quedó en la entrada del edificio. La farola proyectaba un círculo tenue sobre la nieve compacta, y en la brisa ligera se escuchaba el distante gruñido del invierno. Pensó en Ignacio, en María, en su repentina respiración libre y comprendió: no han renunciado, pero tampoco se han disuelto en la dependencia ajena. En esa frontera hallaron, al fin, su salvación.

Rate article