La Novia de Alquiler

¡Se cancela la boda! exclamó Leocadia a la hora de la cena, dejando a sus padres boquiabiertos.
Su madre casi se ahoga al oír la inesperada noticia.

¡Leocita! ¿Estás en serio? Ya hemos comprado el vestido, los anillos, reservado el café ¡Tu Domingo lo espera como fuego bajo la lluvia! tembló la madre, intentando no perder la compostura.

No, mamá, no es broma. Fernando y yo pronto partiremos a Londres. Es definitivo afirmó Leocadia con voz firme.

¿Londres? replicó la madre, con el ceño fruncido. Allí todo es extraño, gente extraña, país ajeno. Te perderás sin un duro. ¡Despiértate, hija! Ese Fernando te ha enredado la cabeza, ¡seguro está casado, con hijos y ya casi jubilado! Tu Domingo te adora, es como un hijo para nosotros. No hieras el cariño, tendrás que responder por todo.

No temeré contestó Leocadia, inconmovible.

Así, dos semanas después, Leocadia y Fernando zarpó hacia la Inglaterra.

Desde niña, Leocadia había soñado con echar un vistazo al mundo y ver cómo vivían en otras latitudes. Aprendió francés a base de sangre y sudor, dominó el inglés y, ahora, se aventuraba con el español por si el destino la llevaba a algún otro sitio. Tras terminar la universidad trabajó como traductora en una agencia de viajes; allí fue donde conoció a Fernando, a quien había de acompañar en varios actos como intérprete. Desde el primer encuentro, Fernando la tomó bajo su ala.

Leocadia era parlanchina, sonriente y de buen ver; sobre todo, era joven. Tenía veintitrés años, mientras Fernando ya contaba cuarenta y seis. Al principio, la joven tomó con indulgencia los piropos del caballero extranjero, sin imaginar que él le propondría matrimonio una sola semana tras su encuentro. Leocadia guardó silencio sobre el compromiso que tenía con su querido Domingo.

Se encontraba en un dilema. ¿Qué hacer? La oportunidad de casarse con un extranjero no aparece a cada muchacha; no podía dejarla pasar. Pensó que, aunque no amara a Fernando, podría ganar una vida nueva, plena de emociones y aventuras. ¿Acaso Fernando no merece una joven esposa? Y Domingo ¿qué será de él? El tiempo lo curará, encontrará su propio destino. Así razonó Leocadia mientras se preparaba para el viaje incierto.

Al teléfono, le informó a su futuro esposo, Domingo, de todo. Él, sin comprender del todo la situación, le deseó felicidad con lágrimas en los ojos y se entregó al alcohol para ahogar su desconsuelo.

Cuando llegaron a Londres, Leocadia se sintió desbordada de alegría; los ojos le brillaban como si la magia se hubiera materializado. Quería abrazar al mundo entero, temerosa de que la felicidad escapara como ave ligera.

Fernando la llevó a una mansión enorme donde le esperaban su familia: dos hijos adultos, Hael y Iván. (Al fin, Leocadia sería la esposa de Iván y conocería la dicha en el matrimonio). Poco después, salió de su habitación la exesposa de Fernando, Leonor, una mujer atractiva y pulcra.

¿Qué te has tomado, Fernando? gritó Leonor, que solía llamarle mi viejo en la intimidad. ¿Quién es esa muchacha? ¿Quieres que viva aquí con nosotros?

Sí, ella vivirá aquí contestó Fernando, intentando calmarla. Recuerda que esta es mi casa. Leocadia será mi esposa. No la ofendas, Leonor.

La situación desconcertó a Leocadia; la familia, aunque separada, seguía bajo el mismo techo, y Leonor parecía dirigirlo con mano firme. Pero en el corazón de Leocadia ya latía Iván, el hijo mayor, no aquel Domingo con sus tragos y promesas rotas. Allí había un amor universal, puro y eterno.

Iván, de veinticuatro años, lucía como su madre: guapo, de mirada profunda. Al ver a Leocadia, sintió una corriente invisible que agitó sus sentimientos, como si ambos quisieran lanzarse al abismo de una pasión inexplorada.

Fernando le dijo a Leocadia que la boda tendría que aplazarse, sin explicar el motivo. Ella aceptó sin protestar, pues no quería volver a su tierra. Le asignaron una habitación acogedora dentro de la casa. Con Fernando surgió una relación tierna y sin mayores pretensiones; Leonor, por su parte, los ignoraba por completo.

Tres meses más tarde, Leocadia conoció más a fondo a Iván, quien le reveló los entresijos familiares. Resultó que Fernando y Leonor, a pesar de su amor mutuo, habían atravesado una gran pelea que puso fin a su matrimonio. Desde entonces, Fernando intentó provocar a Leonor, insinuando que volvería a casarse, y encontró en Leocadia a la pieza perfecta para su plan.

Cuando los antiguos cónyuges finalmente se reconciliaron, Leocadia fue escoltada al aeropuerto con un boleto de regreso. Iván, tras escuchar su confesión, estalló en carcajadas.

¡Así es! ¡Soy la novia de alquiler! ¡Yo también huí de mi prometido! exclamó Leocadia entre risas. ¿Qué hago ahora, Iván?

No puedo vivir sin ti lanzó Iván, tomando la iniciativa.

Yo tampoco. Al fin te atreves a admitirlo suspiró Leocadia con alivio. No sabía que podías confesarlo, sabiendo que soy la esposa de mi padre. Fue Hael quien me lo contó. Me alegré como una niña, porque la chica que amé ahora es libre.

¿Te casarías con mi padre? replicó Iván, incrédulo.

¡Ay, Iván! Desde el primer momento en que te vi, mis planes cambiaron para siempre. Rechazaría a mi padre sin pensarlo respondió Leocadia con una sonrisa.

Los dos se abrazaron como si fueran hermanos. Leocadia perdonó a Fernando y a Leonor; al fin, el amor había triunfado sobre los enredos. En medio de tanta confusión, había surgido un punto brillante: Leocadia había encontrado a Iván. El destino, como quien dice, la había guiado a su otra mitad al otro lado del mundo.

Iván, temeroso de que Leocadia volviera a la península, decidió no esperar y tener hijos pronto. Leocadia dio a luz a un hijo, y dos años después a una hija. Iván la colmó de cuidados infinitos; la familia vivía sumida en la felicidad, con amor impregnando cada rincón de la casa.

Mientras tanto, Fernando y Leonor también superaron sus rencores y aprendieron a tratase con mayor ternura, cuidando de sus nietos con alegría.

Un día Leocadia recibió una carta preocupada de su madre, quien la invitaba a regresar al hogar. Decidió emprender el largo viaje, dejando a sus hijos al cuidado de su abuela Leonor.

Al llegar, su madre la recibió entre lágrimas y, sin rodeos, le soltó:

¡Leocita! Tu Domingo ha muerto en un accidente de moto; la mujer que llevaba al otro mundo también. La niña quedó huérfana, y tú ¡qué desventura!

La madre contó que Domingo, incapaz de superar la pérdida, había adoptado a una niña de nombre Pola, y que ahora, sin él, todo parecía perdido. Leocadia escuchó con calma, reflexionó y respondió:

Mamá, adoptemos a Pola, el regalo que dejó Domingo. Iván me apoyará, lo sé. En la vida debemos responder por todo, madre.

Y, después de todo, pidió un pequeño bocado: una manzana ácida o un pepinillo salado, porque las futuras madres deben comer por dos. Leocadia guiñó un ojo a su madre, dispuesta a enfrentar el futuro con la misma valentía con la que había cruzado mares.

Rate article
La Novia de Alquiler
Life in Order: A Guide to Organized and Fulfilling Living