La procesión nupcial apenas tuvo tiempo de detenerse al lado del perro. ¿Pero quién lo habría imaginado?

14 de junio de 2025

Hoy me desperté con la sensación de que el día iba a escapar de mis manos. Miré el reloj por tercera vez en los últimos cinco minutos y, pese a todo, pensé que aún llegábamos a tiempo.¡No te preocupes, Ana! Vamos según el programa, me dijo Sergio, el conductor de la limusina nupcial, mientras sonreía en el espejo retrovisor.

Habíamos hablado del programa desde hacía dos meses: la hora de la ceremonia, el horario de la sesión de fotos, el banquete Todo estaba meticulosamente calculado, como le gusta a Alejandro, mi futuro esposo, que trabaja como director financiero y rara vez se desvía de un cronograma.

Ana, sentada a su lado, estaba clavada al móvil revisando una y otra vez que todo siguiera el plan. Cuando nos conocimos, hace tres años, su aspecto era otro; parecía más vivaz, más espontáneo. Nuestro primer encuentro fue todo lo contrario a cualquier planificación: llegó tarde a su trabajo, golpeó la puerta de una cafetería por accidente y derramó café sobre su camisa blanca como la nieve. En vez de enfadarse, el joven barista se rió, la invitó a tomar otro café y así comenzó nuestra historia.

El recuerdo de aquel día me sacó una sonrisa. De repente, el silencio se rompió con el chirrido de los frenos. La limusina se detuvo bruscamente y el cinturón de seguridad hizo su trabajo.

¡¿Qué ha pasado?! exclamó Ana, con el corazón disparado.

Ha sido un perro respondió Sergio, mirando por la ventanilla. No lo vimos a tiempo.

El coche se quedó inmóvil. En la carretera, justo delante del capó, yacía un gran perro de pelaje rojo claro, inmóvil.

¡Dios mío! susurró Ana, acercándose. ¿Está vivo? preguntó al conductor.

Sergio se arrodilló junto al animal y constató su respiración, aunque era débil.

Tenemos que llevarlo al veterinario de inmediato dijo Ana.

No podemos. La ceremonia empieza en cuarenta minutos replicó Alejandro, cruzando los brazos.

¡¿Cómo puedes decir eso?! Ana alzó la voz, mirando a su futuro marido. ¡Un ser vivo está muriendo bajo nuestros pies!

Los invitados que ya empezaban a llegar se quedaron mirando la escena, sin saber qué hacer. Algunos sugerían llamar al veterinario, otros insistían en seguir con la boda.

Sergio, ¿dónde está la clínica veterinaria más cercana? preguntó Ana, intentando mantener la calma.

A unos cinco kilómetros, pero no tenemos tiempo respondió él, mientras intentaba levantar al perro, que pesaba al menos treinta kilos.

En ese momento apareció un hombre mayor, con el pelo canoso y los lentes deslizándose por la nariz.

¡Julio! gritó la mujer que corría hacia él.

Julio, mi padre, se arrodilló junto al perro y lo acarició con manos temblorosas.

¿Es vuestro perro? le preguntó Ana en voz baja.

El hombre asintió con lágrimas en los ojos. «Sólo tengo a este perro después de la muerte de mi esposa, María. Ella siempre lo cuidó» dijo, y volvió a mirar al animal con desdén.

¡Vamos a llevarlo al veterinario! ordenó Ana, tomando la iniciativa.

Sergio, con cuidado, levantó al perro y lo colocó sobre una manta que uno de los invitados había sacado del asiento trasero. La sangre del animal se reflejaba en la luz tenue de la limusina, y su pelaje rojizo parecía apagado.

Ten cuidado advirtió el conductor mientras lo trasladábamos al coche.

Llegamos a la clínica, y Ana no dejó de acariciar al perro, recorriendo su pelaje con los dedos. Sentía cómo su corazón latía irregularmente, y sus patitas temblaban en el sueño.

Espere un momento, cariño. Ya casi estamos le susurró, intentando tranquilizarla.

Ivan, el acompañante del anciano, sollozaba en silencio mientras limpiaba sus lágrimas con la mano temblorosa.

No os preocupéis les dije, tomando su mano. Lo lograremos.

Alejandro, que estaba parado al fondo, me miró con sorpresa y admiración. Su expresión cambió de rigidez a ternura.

El perro, llamado Julián, movió la cola débilmente y respondió a la voz de Ana.

¡Vamos a llegar tarde! exclamó Alejandro, irritado.

Entonces llegaremos tarde respondí, intentando calmar la tensión.

A la gente que había llegado antes nos pedimos disculpas y les explicamos la situación; aceptaron sin resistencia.
Al cabo de una hora, el veterano llegó a su destino: el perrito sobrevivió, aunque con algunas contusiones, y el anciano quedó agradecido por la ayuda.

Al regresar a la iglesia, la boda continuó. Los vestidos de la novia, una delicada túnica de encaje blanco, mostraban pequeñas manchas rojas, pero nadie las notó.

¡Cuidado con las curvas! avisó Sergio mientras conducía la limusina de vuelta al centro de Madrid.

Al final, la ceremonia se celebró, aunque con treinta minutos de retraso. Alejandro y yo intercambiamos votos auténticos, prometiendo amarnos y apoyarnos sin importar lo que el destino nos pusiera por delante.

Una semana después, de luna de miel, visitamos a Julio e Ivan en la clínica. No habíamos planeado nada más, pero la vida nos recordó que los mejores momentos a menudo surgen sin aviso.

Julio ahora tiene nuevos amigos: una joven pareja que le lleva galletas y le saca a pasear a Julián. Ivan comenta que nunca había visto a su perro tan feliz, y él mismo se siente más pleno.

He aprendido que, aunque intentemos controlar cada minuto, a veces es necesario detenerse, ayudar a quien lo necesita y aceptar que los planes pueden cambiar.

**Lección personal:** la rigidez de un programa no debe impedir la humanidad; la verdadera felicidad se halla en la flexibilidad del corazón.

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La procesión nupcial apenas tuvo tiempo de detenerse al lado del perro. ¿Pero quién lo habría imaginado?
— You’re Not My Mum