La Realidad del Fuego

La realidad del fuego

Yo, Víctor Eugenio Collado, acepté la propuesta del Departamento de Educación sin prisas ni excusas. Treinta años los pasé en el Cuerpo de Bomberos de Zaragoza; ahora cobro una pensión de siete mil quinientos euros al mes, trabajo como vigilante nocturno y, durante el día, trato de entender por qué me han asignado un nuevo club en el instituto.

Era un martes de septiembre cuando, por primera vez, crucé la puerta del gimnasio del Instituto San Juan. El suelo de linóleo mostraba marcas desgastadas, a un lado había máquinas de musculación y una mesa plegable con una pila de mangueras, cascos y dos tirantes enrollados. Alrededor jugueteaban ocho adolescentes: tres chicas y cinco chicos; el más joven parecía de catorce años, el mayor se preparaba para la Selectividad. Sacaban fotos con los móviles y reían ante un cartel casero que decía: «El fuego no es nuestro hermano, pero tampoco es nuestro enemigo».

La directora adjunta, una mujer de aspecto seco con la insignia del Ayuntamiento en la chaqueta, presentó al mentor: Jóvenes, os presento a Víctor Eugenio Collado, un auténtico salvavidas. Víctor asintió en silencio. Desde que dejó de responder a las llamadas de urgencia, la palabra «salvavidas» le sonaba extraña; el título quedó archivado y el hábito de los sonidos nocturnos seguía grabado en su cuerpo.

Comenzó pidiéndoles que dijeran su nombre, edad y razón de estar allí. «Quiero salvar gente», «Ser bombero suena genial», «Me servirá para la universidad», respondían sin parar. Destacó una de las chicas, Begoña, estudiante de tercer curso: «Me interesa saber cómo funciona la protección contra humos. Quiero entrar en el instituto técnico de Seguridad». Víctor anotó en su cuaderno: una de las ocho ya pensaba en una habilidad concreta; los demás sólo veían la uniforme y los aplausos.

La primera lección duró una hora. Les mostró cómo levantar la manguera con ambas manos, sin tirones, para no romper la abrazadera, y les pidió que la desenrollaran a lo largo del vestuario. Los chicos corrieron con entusiasmo, pero la manguera se enredó y la risa llenó el aire. Víctor no los regañó; se acercó, desató los nudos y propuso repetir la prueba en silencio y contra el tiempo. El cronómetro marcó cuatro minutos y treinta segundos; el grupo comprendió que incluso el juego exige concentración.

Una semana después comenzaron los entrenamientos en la explanada de la antigua caseta de bomberos nº12. Desmontaron la torre de secado de mangueras, pero quedó una rampa de hormigón perfecta para correr con mochilas y extintores. La mañana estaba fresca, el césped brillaba con escarcha. Víctor se aseguró de que cada uno ajustara bien las correas y dio la señal. El primer ascenso se realizó con energía; al segundo, las piernas de los chicos se sentían de plomo y dos de ellos se sentaron contra la pared baja.

Esto sin equipo de respiración, comentó Víctor cuando recuperaron el aliento.
¡Nada, nos acostumbraremos! sonrió el mayor, Dani, secándose la frente con el tirante de su sudadera.

Para calentar, contó una breve historia: hace diez años, un almacén se incendió; la temperatura bajo el techo llegó a los trescientos grados, los estantes de cartón colapsaron. «Llevábamos dos mangueras, y el viento entraba por la puerta como por una chimenea. Quince minutos y las máscaras empezaron a empañarse por dentro». Habló con calma, pero la pausa tras los números obligó al grupo a escuchar.

Al final de septiembre, los adolescentes ya sabían qué era un «eslabón de la cadena de mando», por qué el forro de la bata debía ser doble y que no se corría con el casco caído. Una noche, Víctor organizó un «ejercicio a oscuras»: apagó la luz, encendió la máquina de humo y ocultó un maniquí. La tarea consistía en localizar al «herido» y llevarlo a la salida. Tras tres minutos, la cuerda se enredó, la linterna de Manuel se apagó y el equipo perdió la orientación. Tuvieron que alinearse contra la pared y salir en fila.

Al terminar, el más joven, Manuel, preguntó:
Señor Collado, ¿y si hubiera fuego real?
Entonces llevaríais los aparatos de respiración respondió Víctor. Y sólo tendríais noventa segundos para buscar.

Octubre llegó sigiloso. Las hojas del álamo del cuartel se tornaron amarillas, el sol se ocultaba antes y a las cinco ya sentía el frío. Un viernes, la compañía fue autorizada a entrar en el cuartel activo: les permitieron subir a la torre, les entregaron aparatos sin cilindro y encendieron los reflectores.

Cuando cayó la noche, Ví Victor reunió al grupo en círculo. Una corriente de aire entre el garaje y el almacén hacía que el aire picara. Los adolescentes se sentaron sobre el hormigón; Dani apoyó la espalda contra el tambor de la manguera.

Hay cosas comenzó Víctor que no encontraréis en ningún manual. Os contaré una. Si después decidís que no es para vosotros, lo entenderé.

Recordó una noche de enero del dieciséis de 2014: un edificio de nueve plantas se había incendiado en el quinto piso. El humo llenó la escalera, la luz se apagó. «Subimos, y en los respiradores nos quedaban ocho minutos de aire. En el pasillo encontramos a una mujer con su hijo de dos años. Los llevamos a la azotea, y el aire de los aparatos se agotó, el silbido del alarma no dejaba de sonar. El pequeño fue entregado a los sanitarios, pero no sobrevivió a la madrugada». Su voz no tembló, pero dentro sintió una punzada bajo las costillas. No solía contar esa historia completa; normalmente bastaba con decir «murió un niño».

En el silencio crujían las ramas desnudas del avellano. Begoña estaba sentada, abrazando las piernas; Dani dejó de girar la manguera; Manuel inclinó la cabeza como si escuchara su propia sangre.

¿Para qué nos lo cuentas? preguntó Javier.
Para que entendáis que no todo rescate termina en portada de periódico. A veces volvéis a casa con las manos vacías y os preguntáis si valió la pena ir allí.

Apagó el reflector. La zona quedó cubierta por una penumbra gris, y una farola lejana marcó el camino de salida. El frío empujaba a tomar una decisión que cada uno tendría que afrontar en su día.

Los fines de semana pasaron sin entrenamientos; cada uno digería lo escuchado. El lunes, Víctor llegó al instituto mucho antes del timbre. Un cielo bajo y gris cubría la ciudad, la escarcha se arrastraba por el asfalto. En la salida de emergencia, donde comenzaba la escalera de hormigón al cuarto piso, desplegó dos mangueras de entrenamiento. El cronómetro pasó de su bolsillo a la palma; el metal frío marcaba el ritmo como el zumbido de una alarma.

Los pasos crujieron y apareció Begoña, con una chaqueta de franela vieja y encima una bata de trabajo sin insignias. Asintió sin decir palabra y ajustó los mosquetones al cinturón. Detrás ella, el resto del grupo se alineó. El conteo llegó a seis; faltaban Javier y Manuel. Víctor no preguntó por qué no estaban, les dio un minuto para calentar y se preparó para la charla.

Al acabar el minuto, se escuchó el trote apresurado del pasillo. Manuel salió corriendo, con cuarenta y tres segundos de retraso, la respiración agitada, casco en mano. Le siguió Javier, frotándose los ojos como quien lucha contra el sueño. El equipo quedó completo y el nudo bajo el corazón de Víctor se aflojó.

¿Habéis tomado la decisión? preguntó en voz baja.
Sí respondió Dani. Queremos continuar. Ahora sólo nos quedan más preguntas.

El primer reto consistía en subir con la manguera y bajar. El paso era estrecho, sólo cabían dos personas lado a lado. Begoña y Javier fueron los primeros; Begoña llevaba la manguera, Javier la aseguraba. Dani y Manuel fueron los segundos; detrás de ellos, los más jóvenes y Alicia (otra chica del grupo) cerraban la cadena. Víctor pulsó el botón; el cronómetro zumbó.

En el segundo tramo, los músculos se hicieron de plomo. En la tercera zona, Manuel dejó caer la manguera, la cuerda se clavó en la muñeca, pero la sostuvo. Víctor observó sin intervenir: sin fuego real, la caída del equipo es sólo una lección de cálculo. La primera pareja alcanzó la zona superior en un minuto cincuenta y nueve, el conjunto completo en cuatro minutos veinte.

Bajaron, se sentaron sobre una pila de cascos; la respiración se fue normalizando.

Preguntad lo que queráis propuso Víctor.

Dani alzó la vista:
¿Cómo se vive después de esas salidas cuando no llegas a tiempo?

Víctor recordó el olor a cables fundidos, la sirena que aúlla, el golpe de la puerta del ambulancia.
Yo aún me despierto por las noches. Los primeros años me culpaba: ¿por qué no saqué al niño antes? Después comprendí que aferrarse solo a la culpa no te deja subir el siguiente peldaño. El servicio no es heroísmo, es la decisión de volver a ir, aunque sepas que puedes llegar tarde.

Hizo una pausa y volvió a la práctica:
Vamos a hacer dos ascensos más. Quien lleva la manguera la asegura, y viceversa. El objetivo es terminar en menos de cinco minutos.

Esta vez, la manguera no salió de Manuel; Begoña la ajustó desde atrás, dirigiendo con frases cortas. El tiempo final fue tres minutos cincuenta y ocho. Víctor ocultó una leve satisfacción, anotó los errores: apretar la manguera contra el muslo, no saltar al girar, atar bien los cordones, cubrir el cabello con la capucha. Pequeños detalles cotidianos, pero sin ellos no se sobrevive.

Al terminar, Begoña entregó su cuaderno:
Según el reglamento, los componentes de la brigada deben acumular al menos dieciséis horas de práctica para poder participar en los ejercicios municipales. Nos quedan once. ¿Lo lograremos?
Víctor miró los registros de tiempo: Lo lograremos. No por la velocidad, sino por la disciplina. Mañana trabajaremos nudos, pasado trabajaremos la orientación en la oscuridad, y el viernes ya haremos marchas en la escalera del cuartel.

Regresó a casa bajo una llovizna fría. En el viejo edificio de cinco plantas el olor a tortilla de patatas se colaba entre los pisos. Al abrir la puerta, el silencio lo recibió. Encendió la radio; el sonido le daba espacio a los recuerdos. La pensión de siete mil quinientos euros no le permitía lujos, pero necesitaba guantes resistentes al calor para los chicos. Calculó el ingreso del guardia nocturno: bastaría si encontraba alguna oferta. Son cosillas pequeñas, pero son esas pequeñas cosas las que mantienen a la brigada a flote.

Una mañana temprana de viernes el hielo cubrió los charcos con una fina capa. La zona del cuartel recibió al grupo bajo la luz de los faroles y el perfume de la combustión húmeda de la caldera. La torre se alzaba como una silueta oscura. Víctor revisó los mosquetones y repartió guantes nuevos con placas naranjas brillantes.

¿De dónde vienen? se preguntó Natalia, mirando los refuerzos.
Un patrocinador ha aparecido contestó Víctor con una sonrisa. El «patrocinador» soy yo, con dos turnos nocturnos seguidos.

El ejercicio se cronometró. La primera pareja llegó al tercer piso en un minuto cuarenta y cinco, la segunda, dos segundos más. En la meta, Dani apuntó al cronómetro: 1:52, récord del día.

Los adolescentes, apoyados en la barandilla, mostraban una expresión seria pero segura. Víctor sintió cómo una punzada de culpa se desvanecía, como si alguien aflojara el cinturón del equipo.

Ved los números dijo en voz baja. No es heroísmo, es trabajo. Si queréis más, adelante, pero nunca perdáis de vista el precio.

Desde abajo se oyó el sonido de la puerta del cuartel abriéndose; la cisterna de turno salió a comprobar las bombas. Los chicos miraron instintivamente el vehículo, y Víctor comprendió que ya no pensaban en insignias ni medallas, sino en la verdadera intervención que algún día podría ser suya.

Apagó el cronómetro y lo guardó en el bolsillo de la bata. El crujido del hielo bajo sus botas, el rugido del motor y el vapor que salía de su aliento formaban la sinfonía del trabajo que apenas empezaban a oír.

Cinco minutos de descanso anunció. Otro intento y a casa. Desde el lunes, los aparatos estarán en marcha.

Los chicos sonrieron, brevemente, sin alboroto, como aceptando un acuerdo tácito. Al bajar, comentaban cuántas horas les quedaban para el registro. Víctor los observó hasta el último paso y sintió una calidez constante en el pecho: la verdad no había roto a los adolescentes, sino que les había ayudado a salir de la ilusión.

Sintió el metal del cronómetro en la mano, calentado por su cuerpo. Vendría otro récord, otro click. Algún día entregaría el aparato a otro instructor. Pero, por ahora, lo esencial era que el tiempo avanza, y ellos aprendían a llenarlo con trabajo.

ElAl final, Víctor comprendió que la verdadera llama que debía proteger era la llama de la vocación encendida en cada uno de sus jóvenes aprendices.

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What, Are Mine Worse Than Yours?