La Realidad del Fuego

Realidad de fuego

Víctor Eugenio Colón aceptó la propuesta del Departamento de Educación sin prisa pero sin excusas. Con sesenta y tres años cumplidos, treinta de ellos los pasó en la guardia de los Bomberos de la Comunidad de Madrid; ahora vive de una pensión de siete mil quinientos euros, echa una mano como vigilante nocturno y, de día, se pregunta para qué le sirve el nuevo club extracurricular de la escuela.

Ese martes de septiembre, por primera vez, cruzó la puerta del gimnasio escolar: linóleo gastado, máquinas contra la pared y una mesa plegable con una cesta de mangueras, cascos y dos tramos de tubo enrollado. Alrededor correteaban ocho adolescentes tres chicas y cinco chicos el más pequeño parecía de catorce años, el mayor se preparaba para la Selectividad. Chasqueaban sus teléfonos y se reían del cartel casero que decía «El fuego no es nuestro hermano, pero tampoco le vamos a quitar la vida».

La subdirectora, una señora secilla con el escudo del ayuntamiento en la chaqueta, presentó al instructor: «Niños, este es Víctor Eugenio Colón, un auténtico salvavidas». Víctor asintió con discreción. Desde que dejó de responder a las llamadas de emergencia, la palabra «salvavidas» le suena extraña: el título quedó archivado y el hábito de los timbres nocturnos quedó en la sangre.

Empezó con lo básico: pidió a cada uno que dijera su nombre, edad y motivo de asistencia. «Quiero salvar gente», «Ser bombero suena cool», «Me servirá para la universidad» las respuestas caían una tras otra. Sobresalió Crisanta, una delgadita de noveno curso: «Me llama la atención la protección contra humos. Quiero entrar en el instituto de seguridad». Víctor anotó mentalmente: ya una de las ocho piensa en una habilidad concreta. El resto, por ahora, solo ve el uniforme y los aplausos.

La primera clase duró una hora. Les mostró cómo levantar la manguera con ambas manos, sin tirones, para no romper la boquilla, y les propuso desenrollarla a lo largo del vestuario. Los chicos corrieron como locos, pero la manguera se enredó y el salón se llenó de carcajadas. Víctor no gritó; se acercó, desenredó los bucles y luego les pidió intentarlo en silencio y contra el reloj. El cronómetro marcó cuatro minutos y treinta segundos, y el grupo comprendió que hasta el juego requiere atención.

Una semana después iniciaron los entrenamientos en el patio de la antigua PE12. Desmontaron la torre para secar mangueras, pero quedó una rampa de hormigón perfecta para subir cargando mochilas con extintores. La mañana era fresca, el césped brillante por la escarcha. Víctor se aseguró de que todos apretaran bien las correas y dio la señal. El primer ascenso fue enérgico; en el segundo, las piernas de los chicos se volvieron plomo y dos se sentaron contra una pared baja.

Esto aún sin el aparato en la espalda les recordó Víctor cuando tomaron aire.
¡Nada, nos acostumbraremos! bromeó el mayor, Dani, secándose la frente con la manga del sudadera.

Para calentar, contó una breve historia: un incendio en un almacén hace diez años, techo a 300 grados, estanterías de cartón colapsaron. «Llevábamos dos mangueras y el viento soplaba por la puerta como por un tubo. Quince minutos y las máscaras empezaban a empañarse». Habló con calma, pero la pausa tras los números obligó a la audiencia a escuchar.

Al final de septiembre, los chicos ya sabían qué era un «eslabón de la zona de riesgo», para qué sirve el forro doble del traje y por qué no se corre con el casco puesto. Una vez Víctor organizó un «ejercicio a oscuras»: apagó la luz, encendió la máquina de humo y escondió un maniquí. Misión: localizar al «herido» y llevarlo a la puerta. Tres minutos después, el cordón se ató, la linterna de Javi se apagó y el equipo perdió el sentido. Tuvieron que alinearse contra la pared y salir uno a uno.

Al terminar, el más pequeño, Valerio, preguntó:
Señor Víctor, ¿qué pasaría si hubiera fuego real?
Entonces se pondrían los aparatos respondió. Y les quedarían noventa segundos para buscar.

Octubre se deslizó sigiloso. Las hojas del arce del cuartel se tiñeron de amarillo, el sol se ponía antes y a las cinco ya hacía frío. Un viernes, la brigada dejó entrar al grupo en la zona de entrenamiento: subieron a la torre, recibieron equipos de segunda mano sin botellas y encendieron los focos.

Cuando cayó la noche, Ví Victor reunió a los chicos en círculo. Un corrientazo entre el garaje y el almacén hacía que el aire se sintiera punzante. Los adolescentes se plantaron en el hormigón; Dani se apoyó en la bocina de la manguera.

Hay cosas comenzó Víctor que no veréis en los libros. Les contaré una anécdota. Si al final decidís que no es para vosotros, lo entiendo.
Recordó la noche de enero del dieciséis de 2016: un edificio de nueve plantas, incendio en el quinto. El humo llenó la escalera, la luz se fue. «Subimos, teníamos ocho minutos de aire en las máscaras. Encontramos a una mujer con su hijo de dos años. Los llevamos al patio, pero el aire de los aparatos se agotó, la alarma sonaba. El niño fue entregado a los médicos, pero no sobrevivió a la madrugada».

Su voz no tembló, pero sintió un hormigueo bajo las costillas. No había dicho esa historia en años; normalmente se limitaba a «murió un niño». En el silencio crujían las ramas desnudas del tilo. Crisanta estaba encogida, Dani dejó de girar la bocina, Valerio inclinó la cabeza como escuchando su propia sangre.

¿Para qué nos lo cuenta? preguntó Javi.
Para que comprendan que no todo rescate acaba en la foto del periódico. A veces volvéis a casa con las manos vacías y os preguntáis si valió la pena ir.

Apagó el foco. La zona quedó envuelta en una penumbra gris, una farola lejana marcó la salida. El frío empujaba a decidir, decisión que cada uno tendría que tomar ese día.

Los fines de semana pasaron sin clases; cada uno digería lo escuchado.

El lunes, Víctor llegó a la escuela mucho antes del timbre. El cielo bajo se cernía pesado, la escarcha grisaceaba el asfalto. En la salida de emergencia, donde empezaba la escalera de hormigón al cuarto piso, extendió dos tramos de manguera de entrenamiento. El cronómetro, frío metal, pasó de su bolsillo a la palma, marcando el ritmo como el zumbido de la alarma de la guardia.

Los escalones crujieron y apareció Crisanta, con una chaqueta de forro polar y encima el traje de bombero sin insignias. Asintió y ajustó los mosquetones en el cinturón. Tras ella llegaron los demás. Contaron hasta seis; faltaban Javi y Valerio. Víctor no preguntó por qué no estaban, dio un minuto de calentamiento y se preparó para la charla.

Cuando la cuenta llegó a cero, se oyó el ruido de pasos apresurados. Valerio surgió de la esquina, cuarenta y tres segundos tarde, jadeante, con el casco en la mano. A su lado llegó Javi, frotándose los ojos como quien combate el sueño. El grupo volvió a estar completo y el peso en el pecho de Víctor se alivió.

¿Han tomado la decisión? preguntó en voz baja.
Sí respondió Dani. Queremos seguir. Las dudas solo han aumentado.

El primer ejercicio fue subir con la manguera y descender. El ancho del paso permitía ir de dos en dos. Crisanta y Javi fueron los primeros: ella llevaba la manguera, él la aseguraba. Dani y Valerio fueron los segundos, seguidos de los más chicos y Natalia cerrando la cadena. Víctor pulsó el botón; el cronómetro zumbó.

En el segundo tramo los músculos se volvieron plomo. En la tercera plataforma Valerio dejó caer la manguera, la correa se clavó en su muñeca, pero se recuperó. Víctor observó sin intervenir: sin fuego real, la caída del equipo es solo una lección de cálculo. La primera pareja llegó al nivel superior en minuto y cincuenta y nueve, el grupo completo en cuatro minutos y veinte.

Bajaron, se sentaron sobre la bolsa de cascos y el aliento se normalizó.

Pregunten lo que quieran propuso Víctor.

Dani alzó la vista:
¿Cómo se vive después de esas salidas donde no llegas a tiempo?

Víctor recordó el olor a cables quemados, el grito de la sirena, el golpe de la puerta del ambulancia.

Yo todavía me despierto de noche. Los primeros años me culpaba: ¿por qué no salvé al niño antes? Después comprendí que si solo te aferras a la culpa, no subirás la siguiente escalera. El servicio no es heroísmo, es elegir cada día seguir adelante, aunque sepas que puedes llegar tarde.

Hizo una pausa y volvió a la práctica: Haremos dos subidas más. Quien lleva la manguera la asegura, y viceversa. El objetivo: bajar en menos de cinco minutos.

Esta vez la manguera de Valerio no se soltó: Crisanta, detrás, ajustó la lazada y dio órdenes breves. El tiempo final fue tres minutos y cincuenta y ocho. Víctor guardó la satisfacción, anotó los errores: apretar la manguera contra el muslo, no saltar al girar, el pelo bajo la capucha, los cordones bien atados. Pequeños detalles, pero sin ellos no se sobrevive.

Al acabar la clase, Crisanta entregó su cuaderno:
Según el reglamento, la brigada necesita al menos dieciséis horas de práctica para participar en los ejercicios municipales. Nos quedan once. ¿Lo conseguimos?

Víctor miró las columnas de tiempo: Lo lograremos. No por velocidad, sino por disciplina. Mañana trabajaremos nudos, pasado naremos en la oscuridad y el viernes ya haremos marchas en la estación.

Regresó a casa bajo una llovizna tibia. En su viejo piso de cinco plantas el olor a patatas fritas se mezclaba con el polvo del pasillo. La puerta del apartamento le recibió con silencio. Encendió la radio; la música ahogaba los recuerdos. La pensión de siete mil quinientos euros no permite lujos, pero necesitaba guantes ignífugos para los chicos. Calculó la paga de vigilante: bastaría si encontraba un descuento. Pequeños detalles, pero esos son los que mantienen a flote la brigada.

Una madrugada de viernes, el hielo cubrió las charcas como una fina capa. Los faroles del recinto de la estación dieron la bienvenida al grupo con un leve perfume a humo húmedo de la caldera. La torre se alzaba como una sombra negra. Víctor revisó los mosquetones y repartió guantes nuevos.

¿De dónde vienen? se preguntó Natalia, mirando los protectores naranjas.
El patrocinador somos nosotros replicó Víctor, y el patrocinador éramos él y dos turnos nocturnos consecutivos.

El entrenamiento siguió bajo el cronómetro. El primer equipo alcanzó el tercer piso en minuto y cuarenta y cinco, el segundo dos segundos más. Al final, Dani apuntó en la pantalla: 1:52 récord.

Los adolescentes, apoyados en la barandilla, estaban rojos de esfuerzo, pero en los ojos había más confianza que ostentación. Víctor sintió que la punzada de culpa retrocedía, como si alguien aflojara el cinturón del aparato.

Vean los números dijo en voz baja. No son heroísmo. Es trabajo. Si quieren más, adelante, pero nunca olviden el precio.

Desde abajo se escuchó el sonido de la puerta que se abría; un camión cisterna salía a revisar las bombas. Los chicos miraron instintivamente el vehículo, y Víctor comprendió que ya no pensaban en insignias ni en pegatinas, sino en una verdadera salida que algún día podría ser la suya.

Apagó el cronómetro y lo guardó en el bolsillo del traje. El crujido del hielo bajo sus botas, el rugido del motor y el vapor que salía de su aliento se combinaron en la sinfonía del trabajo que apenas comenzaban a oír.

Cinco minutos de descanso anunció. Después otro intento y a casa. Y a partir del lunes, los aparatos en marcha.

Los chicos sonrieron, brevemente, sin alboroto, como si hubieran firmado un pacto tácito. Al bajar, comentaban cuántas horas les quedaban para el certificado. Víctor los observó más tiempo, sintiendo un calor constante en el pecho: la verdad no destruyó a los adolescentes, los ayudó a salir de sus ilusiones.

Tocó su bolsillo; el metal del cronómetro estaba tibio. Vendrá otro récord, otro clic. Algún día entregará el aparato a otro instructor. Por ahora, lo esencial es que el tiempo avanza y ellos aprenden a llenarlo con trabajo.

El sol, asomándose sobre el techo del garaje, titiló como un disco pálido entre las nubes. Víctor dio un paso hacia los chicos. Lo siguiente: seguir trabajando.

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