La Soledad: Un Viaje Interior hacia el Autodescubrimiento

13 de octubre
Querido diario,

Hoy me he despertado con esa melancolía que siempre me acompaña cuando el silencio se vuelve demasiado pesado. Hace años que el novio que me propuso matrimonio se echó a perder; me dejó plantada. Mejor una vida sin ataduras que una promesa de felicidad vacía.

¿Qué haces sola, Almudena? me dice mi amiga Marta, siempre tan directa. Un hombre no debe vivir solo, una mujer siempre necesita a alguien a su lado. Si no, parece que todo está mal y a nadie le importará. La soledad, ¿la conoces?

¿Cuál? se ríe Marta, cansada de mis quejas, mientras se vuelve a acomodar en el sofá.

¡Ay, la soledad es una pesadilla! exclama mi madre, María, sin percatarse de que sus palabras caen como polvo. Es cuando quieres dar agua a alguien y no sabes a quién.

¿A dónde? replico sin pensar, intentando seguirle el juego.

Al bosque, al campo murmura María, mientras la mirada se le escapa del rostro. Yo te ayudaré, aunque tú sigas arrastrándote sola. Tú eres un buen hombre, pero los que no se pierden pronto llegan a la cima.

Almudena lleva ya diez años en esa situación. Su cuñada, la benevolente Doña Luz, se fue a vivir a la sierra hacía una década y apenas ha vuelto. Al menos una vez se acercó, aunque fue solo para tocar la puerta y luego se marchó. La suegra insiste en que una vez basta, y yo, con la cabeza llena de lágrimas, intento no romperme.

El marido, cuando dejó la casa, se comportó como un caballero, dejando la granja a su exesposa y a sus dos hijos. Los niños crecieron y se dispersaron: el hijo mayor trabaja en Bilbao, la hija se casó y se mudó a París con su marido. Yo me quedé sola en un pequeño piso de dos habitaciones en el centro de Madrid.

Vivir sola no me avergüenza; he conseguido un puesto como recepcionista en una clínica y gano lo suficiente para vivir a mi modo, con la visita ocasional de mis sobrinos y de mi hermano, el viejo Marcos. No soy una gran intelectual, pero siempre encuentro algo que hacer y la vida no se vuelve aburrida. Leo mucho, nado, practico yoga, me encanta viajar y de vez en cuando me escapo al campo con unos botines para recoger setas. En general, llevo una vida tranquila.

Hasta que la madre de Marcos, la señora Marta, no decidió arreglar su destino

Escúchame, Almudena me dice el vecino Pepito, siempre tan entusiasta. Un buen hombre, todavía soltero, tiene sesenta y un año. Lleváis siete años sin novios. Tengo una granja, con gallinas, cabras, cerdos, burros ¡todo lo necesario! Leche, huevos, carne Además, el hombre es simpático, educado, y habla de libros como si fuera un sabio. ¿Qué dices? Vamos a conocernos.

Pepito, con su voz cargada de promesas, no sabía que yo ya había dicho que no. Los asuntos del corazón no se arreglan con dinero, me dije. Pero él insistió, y la conversación se volvió caótica.

El caballo que me presentó resultó ser una simple mula. Grande, musculosa, con pelaje lustroso y manos firmes, pero sin vergüenza alguna. Hablaba como un poeta del campo, siempre con chistes a borbotones. Se llamaba Iván Fernández.

Al poco tiempo, Iván se volvió mi confidente. Pensé que tal vez una buena mujer, de corazón puro, era lo que necesitaba. Iván, con su granja en la provincia de Zaragoza, me invitó a pasar una tarde entre vacas, cerdos y gallinas. Las cabras mugían, los cerdos gruñían, y los pollos picoteaban el suelo. Había dos trabajadores, ambos de origen latino, y la vida allí parecía un torbellino de olores y sonidos.

«Mira, Almudena, tengo mucho trabajo. Necesito una buena esposa que ayude. Los animales necesitan cuidado, la leche, los huevos Todo eso lo puedes hacer tú», me decía mientras me mostraba el establo.

Yo, cansada, regresé a mi apartamento y me puse a pensar. Tengo una pequeña granja en la ciudad, un trabajo decente, una casa de campo sin mucho más que una chimenea y un par de perros. Por fin compré un coche de segunda mano, un viejo Seat León de ocho años, y lo guardé en el garaje de mi madre. ¿Para qué todo esto? ¿Para dedicarme a limpiar el corral, ordeñar vacas y alimentar gallinas? Me pregunto si realmente quiero seguir ese camino.

Mientras tanto, tengo que preparar la comida para mi marido, comprar la despensa, mantener la casa impecable. El ingreso de la granja sería bueno, pero yo apenas llego a fin de mes con mi salario. La pensión es pequeña, pero al menos tengo lo necesario y un par de ahorros.

Todo eso me parece indispensable para vivir con comodidad, pero ¿es realmente lo que quiero? ¿Debería seguir trabajando en la granja, hornear pan en la cocina, y cargar sacos de harina por dos pisos? A veces me pregunto si mi futuro está en la ciudad o en el campo.

Esta noche llamé a Iván y le dije que había decidido rechazar su propuesta de matrimonio. No quiero casarme con un hombre que solo me ve como una ayudante. No quiero seguir a ciegas sus planes. Prefiero quedarme en mi soledad, al menos mientras no encuentre a alguien que me quiera por quien soy.

Al fin y al cabo, la vida es una carretera larga y torcida; a veces el agua que bebes no es la que esperas, y el vino se vuelve amargo. Pero al menos puedo respirar tranquilo sabiendo que no he vendido mi alma por una granja.

Me despido, querido diario, con la esperanza de que mañana el sol ilumine un nuevo camino.

Almudena.

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La Soledad: Un Viaje Interior hacia el Autodescubrimiento
I Can’t Just Abandon My Firstborn!