La vida continúa sin final

28 de octubre de 2025

Hoy me he detenido a escribir porque la rutina me ha parecido demasiado monótona para pasarla sin registrar. Mi vida se cuenta en las páginas de aquel calendario de papel que cuelga de la pared de la cocina, el mismo que mi madre colgó cuando yo era un chaval en los años del último rey de la época. Cada año cambiamos el calendario y, cada mañana, arrancamos la hoja del día anterior como quien abre una puerta a un nuevo comienzo.

El día de hoy era una fotocopia exacta del de ayer: me desperté con la luz escasa del amanecer, preparé mi té en una taza de porcelana, me hice dos tostadas con jamón serrano y queso manchego. Tengo treinta y ocho años, la misma cifra que marcó mi primer día como aprendiz en la fábrica de componentes electrónicos de Valladolid y que sigue marcando el trayecto entre la puerta de mi piso y la entrada de la planta, y de regreso. El taller vibra con el retumbar de las máquinas, los planos que conozco al revés y al derecho y el aroma persistente de aceite de motor y polvo metálico.

Al volver a casa me aguarda un silencio profundo, cubierto de alfombras gruesas, interrumpido sólo por la voz neutra del presentador que suena en la televisión. Los hijos, que crecieron bajo este techo, ya han partido a sus propios cielos: uno estudia arquitectura en Granada, la otra trabaja como enfermera en Sevilla. Sólo nos llamamos los domingos; sus voces suenan alegres pero lejanas, como si provinieran de otro planeta.

Y ahí está también Inmaculada, mi esposa. Inmaculada García, la mujer con la que alguna vez, en otra vida, reímos y soñamos con un futuro lleno de después. Ese después llegó, pero ahora parece que ya no hay mucho de qué hablar. Compartimos el mismo espacio como dos piezas de mobiliario que se han acostumbrado a la presencia mutua pero que han perdido la capacidad de conversar. Ella lleva su propia vida paralela: cultiva violetas en el alféizar, revuelve series clásicas de la Televisión Española y visita a sus amigas. Nuestros diálogos se han reducido a frases utilitarias: «¿Compraste pan?», «¿Ha pasado el fontanero?», «¿Controlaste la presión?».

A veces, al observar sus hombros y sus manos siempre ocupadas en la limpieza o en el punto, me sorprendo de que no recuerdo la última vez que la vi reír de verdad. Nuestra existencia se parece al calendario despegable: las hojas no cambian, y el mismo día se marchita lentamente. El único sitio donde el tiempo parece fluir distinto es mi taller en el garaje.

Ese pequeño taller de ladrillo, en el borde del polígono industrial, huele a aceite de linaza, a madera envejecida y a algo atemporal, sin prisas. Aquí el tiempo no avanza de forma lineal, sino que da vueltas, regresando a sus orígenes. En las estanterías que armé con tablas recuperadas de un viejo cobertizo reposan pacientes esperando su turno para revivir: una radio de los años treinta, un reloj de cuco que hace años dejó de cantar, un gramófono prebélico con un cuerno que parece una flor gigante.

En ese reino de silencio, roto sólo por el chirrido metódico de una lima o el siseo de un soldador, ya no soy un recurso agotado como en la fábrica, ni un mero adorno silencioso en casa. Aquí soy creador, dios de la restauración, devolviendo la vida a aquello que otros ya han dado por perdido.

Cada aparato reparado es una pequeña victoria sobre el caos del mundo, una prueba de que aún se puede arreglar, corregir, poner en marcha. Con mis manos cansadas encuentro el sentido que poco a poco se escapa de todas las demás áreas de mi existir, como arena que se cuela entre los dedos.

Iñigo, mi colega del taller, es el único que tiene permiso para entrar en este santuario. No sólo entra, sino que se cuela en mi vida como una corriente de aire que hace chispear el fuego de la chimenea. Nuestra amistad, forjada a lo largo de los años, funciona como el mecanismo fiable de cualquier máquina que yo mismo ensamblo. No necesita palabras de relleno ni lubricantes de conversaciones vacías. Podíamos pasar una tarde entera sentados en la puerta del garaje, fumando un cigarrillo y mirando la puesta del sol, y ese mutismo era más rico que cualquier charla larga.

Sin embargo, esa máquina se ha averiado. El viernes por la noche, después del turno, esperé a Iñigo en el garaje. Siete, ocho horas pasaban. Impaciente, me acerqué al umbral, escuchando el silencio que se vuelve más denso con la noche.

Nunca hemos aceptado los móviles; Iñigo los llama correas para esclavos, y yo no veo la necesidad de esa agitación. Al no aparecer mi amigo, volví a casa y, desde mi teléfono de casa, llamé a Iñigo. Contestó Luz María, la esposa de Iñigo.

Su voz sonaba extrañamente uniforme, como una frase aprendida de memoria:

«Arcadio Iñigo está muy mal. El médico acaba de irse».

«¿Qué ha pasado?», solté, sintiendo que una cuerda de rechazo se tensaba al otro lado del alambre.

«Presión arterial caída, infarto inminente, estado preinfartual dijo Luz María. El médico ordenó reposo total. Ninguna preocupación». En su tono se percibía no sólo cuidado, sino una determinación férrea de cortar todo lo superfluo.

«Podría pasar un momento», empecé, ya sintiendo la inutilidad del intento.

«¡No! su voz tembló un instante, elevándose, pero se recompuso al instante. No, no hace falta. Necesita reposo. Y, de verdad, añadió con una firmeza casi impenetrable, ya les vendría bien a los dos calmarse. No sean niños. Quédense en casa, no en esos garajes con sus cacharros».

Colgó y me dejó en la incómoda quietud de mi propio apartamento. Poco a poco, comprendí: no era una simple enfermedad. Era el inicio de un asedio. Luz María no sólo cuidaba a su marido enfermo; estaba erigiendo un muro a su alrededor, y la primera piedra de ese muro estaba destinada a mí, a mi amistad de cuarenta años con Iñigo.

Caminé despacio hacia la sala. Una mano se extendió casi sin remedio hacia el paquete de cigarrillos, pero me contuveInmaculada no tolera el olor del tabaco en casa. Me senté en la vieja silla junto a la ventana y miré la penumbra que se adueñaba del cristal.

Dos días después no aguanté más y fui a su casa. La puerta la abrió Luz María, con una expresión que mostraba que no estaba contenta de verme, pero me dejó pasar.

Iñigo yacía en el sofá, pálido, envejecido diez años en esos pocos días. A su lado su esposa, cuya voz tintineaba como una campanilla rota, ahogaba cualquier silencio.

«Todo, Arcacho dijo Iñigo con voz ronca, mirando al techo. La cinta transportadora se ha detenido. Ahora soy como ese gramófono tuyo: sólo para que me vean, sin servir de nada».

Ese día no hablamos del futuro. El futuro parecía haber terminado, aplastado contra ese sofá. Pero cuando me fui, Iñigo me apretó la mano con fuerza.

«No abandones el taller, ¿me oyes? susurró. Si no, no tendré a dónde venir».

Aquellas palabras fueron la llave. Me quemaron la mano mientras volvía a casa. Allí me recibió el mismo silencio y, en la cocina, Inmaculada, con rostro impasible, calentaba la cena.

«¿Y Iñigo?», preguntó sin volverse.

«Vivo», respondí brevemente y me dirigí a mi habitación, sintiendo cómo en mi interior empezaba a germinar una decisión.

Pasaron varios meses. Iñigo se recuperó lentamente, pero la chispa en sus ojos se apagó. Luz María lo cuidaba con una férrea disciplina, convirtiendo su vida en una rutina de pastillas, dietas y constantes mediciones de la presión.

Una noche llamé a su casa. Contestó la misma esposa.

«Está descansando, Arcadio dijo con voz dulce pero firme. No quiero despertarlo. Lo entenderás».

Lo entendí. Entendí que había encerrado a mi amigo en una prisión estéril de cuidados de la que no había salida.

Al día siguiente, cuando fui a visitarlo, llevé mi decisión a la acción. Le tomé del brazo, le ayudé a ponerse la chaqueta y, mirando a los ojos de una sorprendida Luz María, dije con calma:

«Vamos a dar una vuelta. No necesita reposo, necesita aire».

Lo llevé al garaje. El aire allí era familiar, impregnado de madera vieja y aceiteel perfume de nuestra juventud compartida. Inmaculada nunca había cruzado ese umbral en años, pues consideraba el garaje un vivero de mugre y tonterías.

Iñigo se sentó en el taburete del banco de trabajo, los hombros encorvados, la mirada perdida. Era como un mecanismo apagado.

Me acerqué a una estantería y saqué una caja de cartón repleta de componentes electrónicos: resistencias, condensadores, transistoresmiles de cilindros marrones, azules y grises con franjas de colores, semejantes a diminutas cuentas de una tribu desconocida.

Coloqué la caja sobre una pequeña banca frente a él.

«Si tus manos no obedecen, no importa dije. Pero tus ojos sí pueden ver. Busca un condensador de 100 microfaradios, verde con una banda dorada. Está por aquí».

Iñigo miró la caja con escepticismo, luego sus dedos temblorosos.

«Arcash yo»

«No te apuro le interrumpí. Tengo mis cosas.». Me giré y fingí limpiar los contactos de una vieja relé.

Al principio Iñigo solo deslizaba la mano sobre la superficie, tembloroso, casi derribando la caja. Pero poco a poco, mientras sus ojos recorrían las franjas de colores, su cuerpo se relajó. Su respiración se estabilizó; el temblor en sus manos disminuyó.

Olvidó a Luz María, las pastillas, su cuerpo torpe. Todo su mundo se redujo a esa caja y a la única misión: encontrar el cilindro verde con la banda dorada. No había prisa, ni estrés, solo una búsqueda metódica.

Pasaron diez minutos. Yo terminaba de ajustar la relé y observaba en silencio. Finalmente, Iñigo, concentrado, atrapó entre el pulgar y el índice el pequeño componente verde.

«Creo que me lo tendió, la mano todavía temblorosa, pero el gesto seguro. Mira, la banda dorada».

Tomé el diminuto condensador como si fuera una joya.

«Es el indicado asentí. Gracias, Iñigo. Sin ti habría buscado este pedazo como un ciego toda la tarde».

Lo dejé en la palma y ambos lo miramos, como si fuera la pieza que, aunque insignificante, cambiara todo. Fue la primera victoria visible: la atención venció a la dispersión, el orden al caos, la vida al desgaste lento.

Acompañé a Iñigo a su casa, le quité el abrigo en el vestíbulo.

«Gracias, Arcash murmuró, y en su voz escuché alivio, no cansancio. Me siento como si hubiera tomado aire».

Luz María me observó desde la cocina, sin decir nada. Su mirada, aunque todavía desconcertada, ya no estaba cargada de irritación, sino de humilde curiosidad.

Salí a la calle. El aire nocturno estaba fresco y ligero. Caminé despacio, con el corazón más ligero que nunca. No había vencido a Luz María, ni había realizado un gran heroísmo. Pero había hecho algo más valioso: había devuelto a mi amigo la sensación de ser útil.

Sé que aún quedan muchos pasos lentos por dar. Pero el primero, el más difícil, ya está dado.

Mañana volveré a ver a Iñigo. No con palabras de consuelo, sino con un plan sencillo: dar una caminata pausada hasta el garaje, paso a paso, minuto a minuto, para demostrarle que ese mundo de tareas sin prisa sigue allí, esperándolo. Que él sigue siendo necesario, no como paciente, sino como el hombre que sabe reparar, resolver y sentirse necesario.

Así, gota a gota, pieza a pieza, iré devolviéndole la vida. No con medicamentos ni con discursos, sino con la recuperación de su propia identidad, de ese hombre que sabe pensar, solucionar y sentirse útil. Cada visita al garaje, cada hora entre el olor a aceite y la madera, será como oxígeno puro para su pecho cansado.

Y en ese lento regreso de la nada, he comprendido que la vida no ha terminado. Simplemente ha hecho una breve pausa para recargar fuerzas y seguir el nuevo camino.

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La vida continúa sin final
The Wise Old Granny