La vida no ha terminado

La vida de Arcadio Pérez se medía con las tiras de papel de un calendario de pared que colgaba en la cocina desde la época de Franco. Cada año colgaba uno nuevo y cada mañana rasgaba el día anterior como quien abre una caja de bombones.

Ese día era una fotocopia del de ayer: despertar con la luz tenue, una bolsita de té en la taza, dos bocadillos de jamón y queso. Treinta y ocho años. Justo la misma cifra que marcaba su trayecto, de joven operario a jefe de turno, desde la puerta del piso hasta la puerta de la fábrica de fundiciones de Alcobendas y de vuelta. El taller rebosaba el rugido de las máquinas, los planos que conocía de memoria y el aroma a aceite y polvo metálico.

En casa le esperaba el silencio. Un silencio tapizado de alfombras, roto sólo por la voz neutra del locutor de la tele. Los hijos, criados allí, ya habían tomado su vuelo a Valencia y Zaragoza. Solo llamaban los domingos; sus voces sonaban claras pero lejanas, como señales de otro planeta.

Y también le aguardaba Lidia. Lidia Martínez, su esposa, con quien en otra vida se habían reído y planeado un después. Ese después llegó, pero resultó que ya no había mucho de qué hablar. Coexistían bajo el mismo techo como dos muebles de biblioteca: acostumbrados el uno al otro, pero sin idioma común. Lidia vivía su vida paralela, cultivando violetas en el alféizar, maratoneando series de los años 80 y paseando con sus amigas. Sus conversaciones se habían reducido a frases de consumo: «¿Compramos pan?», «¿Pasó el fontanero?», «¿Midió la presión?».

A veces, al observar los hombros de Lidia o sus manos siempre ocupadas en la limpieza o el tejido, Arcadio se sorprendía al no recordar la última vez que la había visto reír de verdad. Su existencia se parecía al calendario de papel: las hojas no cambiaban, y el mismo día se marchitaba despacio. Sólo una zona escapaba a esa rutina: su taller en el garaje.

El taller era su santuario. Un pequeño espacio de ladrillo al final del bloque de garajes, impregnado de aceite de linaza, madera vieja y una quietud atemporal. Allí el tiempo no corría linealmente, sino en círculos, volviendo al origen. En los estantes, hechos con tablones recuperados, reposaban los pacientes esperando su turno de resurrección: una radio de los años 30, un reloj cucú que hacía años que había dejado de cantar, y un gramófono de antes de la guerra con un cuerno que parecía una flor gigante.

En ese reino de silencio, roto sólo por el chirrido de una lima o el silbido del soldador, Arcadio no era un recurso agotado como en la fábrica, ni un adorno mudo como en casa. Allí era el creador, el dios que devolvía a la vida lo que otros habían declarado desechado.

Cada aparato reparado era una pequeña victoria contra el caos del mundo, la prueba de que todavía se podía arreglar, corregir y poner en marcha. Con los dedos cansados hallaba el sentido que se le escapaba de los demás ámbitos de su vida, como arena entre los dedos.

Ignacio era el único que tenía acceso a ese templo. No sólo entraba, sino que se colaba en la vida de Arcadio como una corriente de aire que enciende la llama del hogar. Su amistad, forjada a lo largo de los años, funcionaba como los engranajes que Arcadio ensamblaba: sin palabras superfluas, sin lubricante de conversaciones vacías. Podían pasar la noche fumando en la puerta del garaje, mirando el atardecer, y ese silencio era más elocuente que cualquier charla larga.

Entonces, el mecanismo falló. Un viernes por la tarde, después del trabajo, como siempre, Arcadio esperaba a Ignacio en el garaje. Siete, ocho horas La impaciencia le hizo acercarse al umbral, escuchando la quietud del anochecer.

Los móviles los despreciaban: Ignacio los llamaba correas para esclavos, y Arcadio no veía necesidad de ese alboroto. Al no aparecer su amigo, volvió a casa. Desde el teléfono fijo, Ignacio le contestó una mujer de voz extrañamente monótona, como una frase ensayada.

Arcadio Pérez Ignacio está muy mal. El médico acaba de irse.

¿Qué ocurre? exclamó Arcadio, sintiendo que una cuerda de indiferencia se tensaba al otro lado de la línea.

Le dio una bajada de presión, infarto inminente, según dijo la enfermera continuó la mujer. El médico indicó reposo total, nada de sobresaltos.

Podría pasar a verlo aunque sea un momento empezó Arcadio, ya percibiendo la inutilidad.

¡No! la voz se quebró, intentando subir de tono, pero se recompuso al instante. No, no hace falta. Necesita calma. Y, de verdad, añadió con una firmeza implacable, ya les vendría bien a los dos tranquilizarse. Dejad los garajes y esas chucherías.

Colgó, dejando a Arcadio en la incómoda quietud de su propio piso. Apretó el auricular contra el hombro del aparato y comprendió al instante: no era una simple enfermedad, era el principio de un asedio. Lidia no sólo cuidaba a su marido enfermo; estaba erigiendo un muro a su alrededor, y la primera piedra estaba destinada a Arcadio y a su amistad de cuarenta años.

Arcadio se deslizó a la sala. La mano buscó el paquete de cigarrillos, pero se contuvo: Lidia no toleraba el olor a tabaco en casa. Se sentó en el viejo sillón junto a la ventana y miró la penumbra exterior.

Dos días después, no aguantó más y se dirigió a su casa. La puerta la abrió Lidia, con una sonrisa que revelaba poco entusiasmo, pero le dejó pasar.

Ignacio yacía en el sofá, pálido, envejecido diez años en esos días. A su lado, su esposa, cuya voz tintineaba como una campanilla rota, ahogaba el silencio.

Todo, Arcash garroneó Ignacio, mirando al techo. La cinta se ha detenido. Ahora soy como tu gramófono: solo de adorno, sin utilidad.

Ese día no hablaron del futuro. El futuro parecía haber chocado contra ese sofá. Pero cuando Arcadio se iba, Ignacio apretó su mano con fuerza.

No abandones el taller, ¿entiendes? susurró. Que no tenga a dónde venir.

Aquellas palabras fueron la llave que le quemó la palma a Arcadio durante el camino de regreso. En casa lo recibió el mismo silencio y Lidia, con rostro impasible, preparando la cena.

¿Cómo está Ignacio? preguntó ella desde la cocina, sin voltear.

Vivo respondió Arcadio brevemente, y se dirigió a su habitación, sintiendo que una decisión empezaba a germinar en su interior.

Pasaron varios meses. Ignacio se recuperaba lentamente, pero la chispa en sus ojos se apagaba. Lidia lo vigilaba con una disciplina férrea, convirtiendo su vida en una rígida rutina de pastillas, dietas y mediciones de presión.

Una noche, Arcadio llamó a la casa de Ignacio. Contestó la esposa.

Descansa, Arcadio dijo con voz dulce pero dura. No quiero molestarlo. Sabes a lo que me refiero.

Él lo entendía. Sabía que su amigo estaba encerrado en una celda estéril de cuidados, sin salida.

La siguiente visita, Arcadio decidió poner en práctica su resolución. Tomó a Ignacio del brazo, le ayudó a vestirse y, mirando a los ojos de la sorprendida Lidia, dijo con calma:

Vamos. Media hora. No le hace falta reposo, le hace falta aire.

Lo llevó al garaje. El aire allí era familiar, impregnado de madera vieja y aceite, el perfume de su juventud compartida. Lidia hacía años que no cruzaba ese umbral, considerando el garaje un vivero de polvo y chapuzas.

Ignacio se sentó en silencio en el taburete frente al banco de trabajo, los hombros encorvados, la mirada perdida. Era como un mecanismo apagado.

Arcadio, sin decir nada, sacó una caja de cartón repleta de componentes electrónicos: resistencias, condensadores, transistores, mil pequeños cilindros de colores con franjas, como perlas de una tribu desconocida.

Colocó la caja sobre una pequeña banqueta frente a Ignacio.

Si tus manos no obedecen, no pasa nada comentó. Pero tus ojos sí ven. Busca el condensador de 100µF, verde con una franja dorada. Está aquí, lo tienes.

Ignacio miró escéptico la caja y luego sus dedos trémulos.

Arcash, yo…

No te apresuro interrumpió Arcadio. Tengo mil cosas que hacer. Se dio la vuelta y fingió que pulía los contactos de una vieja relé con placer.

Al principio Ignacio solo pasó la palma por encima, tanteando los componentes. Sus dedos temblaban, casi derriban la caja, pero poco a poco, al seguir la pista de las franjas de colores, su cuerpo se relajó. La respiración se niveló, el temblor disminuyó.

Se olvidó de Lidia, de las pastillas, de su cuerpo torpe. Todo su mundo se redujo a esa caja y a una única tarea: encontrar el cilindro verde con la franja dorada. No había prisa, ni estrés, sólo una búsqueda pausada y metódica.

Diez minutos después, Arcadio había terminado con la relé y observaba en silencio a su amigo. Ignacio, concentrado, finalmente atrapó entre el pulgar y el índice el pequeño componente verde.

Creo que le tendió a Arcadio, la mano aún temblorosa pero segura. Mira, la franja dorada.

Arcadio tomó la pieza como si fuera un tesoro.

Ese es el indicado asintió. Gracias, Ignacio. Sin ti habría buscado este condensador como gato ciego todo el día.

Colocó el condensador en la palma y ambos lo contemplaron: un diminuto cilindro que no resolvía nada, pero cambiaba todo. Fue la primera, casi imperceptible, victoria: atención sobre la distracción, orden sobre el caos, vida sobre el lento apagarse.

Arcadio acompañó a Ignacio a su casa, le quitó el abrigo en el recibidor.

Gracias, Arcash susurró Ignacio, y en su voz se escuchó alivio, no cansancio. Me siento como si hubiera tomado aire.

Lidia los observó desde la cocina, pero esa vez no dijo nada. Sólo cruzó la mirada con Arcadio, mostrando más desconcierto que irritación.

Salió a la calle. El aire vespertino era fresco y limpio. Arcadio caminó sin prisa, con el corazón ligero. No había vencido a Lidia, ni realizado una hazaña heroica. Había conseguido algo más valioso: devolver a su amigo la sensación de ser útil.

Sabía que vendrían más pasos lentos, más minutos compartidos en el garaje entre olores familiares y objetos reparados. Cada visita, cada hora, sería como oxígeno para un pulmón que se había quedado sin aire.

Y así, con la certeza de que la vida no había terminado, sólo había hecho una breve pausa para recargar energías, Arcadio se prometió volver mañana al garaje, no con palabras de consuelo, sino con un plan sencillo: caminar juntos hasta la puerta del taller, paso a paso, minuto a minuto, para recordarle a Ignacio que aún era necesario, no como paciente, sino como el hombre ingenioso que siempre había sido.

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