Valerio nunca había imaginado que una conversación corriente durante la cena se convertiría en una verdadera tortura.
Se recostó en el respaldo de la silla, satisfecho con la noche y la comida recién servida. En el aire flotaba el aroma tenue de verduras asadas y carne especiada; Luz, como siempre, cocinaba con esmero. Después, preparó un café que parecía haber capturado la esencia del amanecer.
En aquella cafetería de la esquina de la universidad empezó pensativo todavía sirven los mismos cruasanes.
Luz alzó la vista del plato.
¿Qué cafetería?
Ah, sí, nunca has estado allí Valerio se lleva la mano al mentón, como rememorando algo Yo y Celia, una compañera del curso, solíamos pasar horas allí después de clase. Sobre todo cuando llovía; el sitio era acogedor y el café, una delicia.
La cuchara que sostenía quedó suspendida a medio camino de la boca.
Nunca había visto a Celia. No conocía su rostro ni su risa. Sin embargo, la imagen de un pequeño local con ventanas empañadas, donde dos estudiantes compartían cruasanes mientras la lluvia corría contra el cristal, se formó vividamente en la mente de Luz. Incluso podía imaginar a Celia arrancando un pedazo de masa y entregándoselo a Valerio, un gesto íntimo, casi personal.
Sólo eran encuentros amistosos añadió Valerio, aunque sus palabras se ahogaban en la fantasía de Luz.
Porque aquel café ahora existía en su imaginación tan real como si la hubiera visitado cientos de veces. Conocía su olor: una mezcla de masa recién horneada y café amargo. Sabía cómo crujía la puerta al abrirse y cómo en las paredes colgaban fotos antiguas en marcos de madera.
Y lo más aterrador: conocía a Celia. A aquella presencia del pasado de Valerio que, de repente, se volvía palpable y viva. A quien había compartido no sólo cruasanes, sino fragmentos de su vida, ahora atrapados para siempre en aquel rincón de la ciudad.
Luz comprendió de golpe una cosa terrible: recordaba a Celia mejor que a muchos de sus propios amigos. Recordaba algo que nunca había visto.
Así funciona los celos: dibujan cuadros donde sólo había insinuaciones y llenan de sentido lo que no lo tenía.
Luz inhaló de golpe y dejó la cuchara sobre la mesa.
Sabes su voz sonó extrañamente tranquila tengo una extraña ganas de probar esos cruasanes famosos.
Valerio arqueó una ceja sorprendido:
¿Ahora?
Sí, ahora mismo.
Quiso protestar, pero ella ya se había levantado y se dirigía al vestíbulo. Cinco minutos después, el coche surcaba la ciudad nocturna. Luz miraba por la ventanilla mientras Valerio, disimuladamente, observaba sus puños apretados.
La cafetería resultó ser diminuta, con un letrero descolorido. Dentro, el perfume del café y la masa recién horneada dominaba el ambiente.
Ahí está la mesa señaló Valerio, indicando el rincón.
Luz pasó el dedo lentamente sobre la superficie; había una pequeña arañadura, justo como la imaginaba.
Cuando el camarero sirvió los cruasanes, ella tomó uno y lo partió por la mitad con delicadeza.
¿Así te los daba ella? preguntó, tendiéndole la mitad a Valerio.
Él se quedó inmóvil. En sus ojos había algo peligroso.
Luz
Espera se inclinó más cerca quiero entender. ¿Así te miraba? ¿Así sonreía?
Valerio sintió que estaba al borde de un abismo. Delante de él no había sólo celos; era algo mayor. Luz no buscaba solo saber de Celia; quería convertirse en ella.
Y lo más terrible: él no deseaba que ella lo fuera.
Valerio tomó la mitad del cruasán con lentitud. Un silencio tenso llenó la atmósfera, roto sólo por el leve tintineo de la cristalería al fondo del mostrador.
No eres ella dijo con firmeza, devolviendo el cruasán al plato y no necesito que lo seas.
Luz apretó una servilleta entre los dedos.
Pero recuerdas esos momentos con tanta ternura
Yo recuerdo la juventud, Luz. La primera sesión, el olor a libros en la biblioteca, la sensación de que la vida estaba por delante tomó su mano con cuidado Celia forma parte de esos recuerdos, pero no más que un libro viejo o la banca del patio del campus.
Afuera, la lluvia volvía a caer, tal como en su relato. Las gotas golpeaban el vidrio, creando una atmósfera íntima.
¿Sabes por qué hoy recordé ese café? Valerio giró su rostro hacia ella Porque preparas el café como allí, con una pizca de sal para realzar la amargura. No sustituyes mis recuerdos; los profundizas.
Luz sintió cómo la tensión en su garganta se desvanecía. Miró su reflejo en la pared espejo del local: dos figuras adultas entre sombras nostálgicas del pasado.
¿Pedimos otro café? propuso Valerio y creemos nuestro propio recuerdo de este sitio.
Cuando el camarero volvió a su mesa, pidieron, no cruasanes, sino una tarta de manzana para dos. En ese instante, Luz comprendió que aquel café también le pertenecía ahora.
Al salir, la lluvia había cesado. El aire nocturno era fresco y claro, y en el pavimento brillaban los destellos dorados de los faroles. Luz se detuvo, se volvió hacia Valerio.
Ahora entiendo algo su voz volvió a la ligereza No tengo que borrar tu pasado. Fue precisamente eso lo que te llevó a mí.
Valerio sonrió y la abrazó:
Yo he descubierto que eres la única persona con la que quiero compartir no solo cruasanes, sino toda una vida. Hasta los momentos más cotidianos se vuelven especiales contigo.
Luz estalló en una risa que ya no llevaba rastro de ansiedad.
Entonces, hagamos una promesa dijo, volviéndose seria No temeremos a nuestras historias pasadas. En su lugar, crearemos nuevas, que algún día recordaremos con una sonrisa cálida.
Caminaban hacia el coche tomados de la mano, y Luz ya no veía a Celia. Sabía que el pasado quedó allí, en la cafetería con el letrero deslucido. Su presente y futuro estaban en esa calle, bajo las estrellas que empezaban a asomar tras las nubes dispersas.
El amor no es una competición con fantasmas del pasado; es el arte de forjar nuevos recuerdos, donde las viejas historias no duelen, sino que forman parte del gran camino. Lo más hermoso es reconocer que los mejores momentos aún están por venir y vivirlos juntos, sin miedo ni dudas.
Al llegar al coche, Luz dio un salto inesperado, chapoteando en los charcos, y Valerio, riendo, la persiguió. Corrían por la desierta calle nocturna como dos estudiantes arrastrados por el viento del tiempo.
¡Atrápame! gritó ella, mientras las estrellas jugaban en sus ojos.
Cuando él la atrapó, jadeante, en una curva, Luz susurró:
Mañana volvamos a esa cafetería. Llegaremos por la mañana, cuando esté vacía, y dejaremos algo en su tablón de notas
¿Qué?
“Valerio + Luz. Inicio de una nueva tradición”.
Él se rió y la besó en medio de la calle, bajo la curiosa mirada de un gato nocturno posado en el alféizar.
Amor es escribir juntos nuevos capítulos sin borrar los anteriores, y las mejores páginas son las que se crean ahora, aquí y ahora.







