Valerio nunca se imagina que una conversación corriente durante la cena se convierta en una verdadera tortura para él.
Se recuesta en el respaldo de la silla, satisfecho con la noche y la comida. En el aire flota el leve aroma de verduras asadas y carne condimentada; Celia, como siempre, prepara todo con esmero. Después, sirve un café que huele a tostado.
En el café de la esquina de la Universidad Complutense empieza, pensativo, todavía sirven esos mismos cruasanes.
Celia levanta la vista del plato.
¿Qué café?
Ah, sí, nunca has ido Valerio pasa la mano por la barbilla, como recordando algo. Yo y Catalina, una compañera del grupo, solíamos quedarnos allí después de clase, sobre todo cuando llueve. Es acogedor y el café es de primera.
La cuchara que tiene en la mano se queda suspendida a medio camino de la boca.
Celia no conoce a Catalina. No ha visto su cara ni escuchado su risa. Sin embargo, en su imaginación aparece un pequeño local con los cristales empañados, donde dos estudiantes comparten cruasanes mientras la lluvia golpea el vidrio. Incluso se imagina a Catalina partiendo un trozo de masa y entregándolo a Valerio, un gesto tan íntimo como personal.
Solo eran quedadas de amigos añade Valerio, pero sus palabras se pierden en la fantasía de Celia.
Ahora ese café existe en su mente tan real como si hubiera pasado cientos de veladas allí. Conoce su olor: mezcla de masa recién horneada y café amargo. Sabe cómo cruje la puerta al abrirse y cómo en las paredes cuelgan fotos antiguas en marcos de madera.
Lo más inquietante es que la visualiza a Catalina, cuya presencia en el pasado de Valerio se vuelve de repente palpable, viva. Con quien él compartía no solo cruasanes, sino pedazos de su propia vida, ahora atrapados eternamente en aquel local de la esquina.
Celia comprende de golpe lo cruel que es los celos: dibujan cuadros donde solo había insinuaciones y llenan de sentido lo que no tenía nada.
Respira hondo y deja la cuchara sobre la mesa.
Sabes dice con una calma extraña, me apetece probar esos famosos cruasanes.
Valerio levanta una ceja, sorprendido:
¿Ahora?
Sí, ahora mismo.
Él quiere protestar, pero ella ya se levanta y se dirige al recibidor. En cinco minutos ya circulan en coche por la ciudad nocturna. Celia mira por la ventanilla, mientras Valerio echa miradas furtivas a sus puños apretados.
El café resulta diminuto, con un letrero desteñido. Dentro el aire huele a café y masa recién salida del horno.
Ahí está la mesa apunta Valerio a un rincón.
Celia pasa el dedo lentamente por la superficie; efectivamente hay una pequeña rasguño, tal como la había imaginado.
Cuando el camarero lleva los cruasanes, ella agarra uno y lo parte por la mitad.
¿Así te los entregaba ella? pregunta, ofreciendo la mitad a Valerio.
Él se queda inmóvil. En sus ojos se lee algo amenazador.
Cel…
Espera interrumpe ella, inclinandose, quiero entender. ¿Así te miraba? ¿Así sonreía?
Valerio se percata de que está al borde de un precipicio. Frente a él no hay solo celos; es algo más profundo. Celia no busca sólo saber de Catalina, quiere ser ella.
Y lo peor, él no quiere que ella se convierta en ella.
Valerio toma lentamente la mitad del cruasán de sus manos. Un silencio tenso flota, roto solo por el leve tintineo de la cristalería.
No eres ella dice con firmeza, devolviendo el cruasán al plato. Y no necesito que lo seas.
Celia aprieta la servilleta con nerviosismo.
Pero recuerdas esos momentos con tanto cariño…
Recuerdo la juventud, Celia. La primera sesión, el olor a libros en la biblioteca, la sensación de que la vida está delante. toma su mano con delicadeza. Catalina forma parte de esos recuerdos, pero no más que un libro viejo o la banca del patio.
Afuera empieza a llover de nuevo, tal como en la historia que él relata. Las gotas golpean el cristal, creando una atmósfera de intimidad.
¿Sabes por qué hoy recuerdo aquel café? gira Valerio su rostro hacia ella. Porque tú preparas el café igual que allí: con una pizca de sal para realzar la amargura. No sustituyes mis recuerdos, los haces más profundos.
Celia siente cómo la tensión en la garganta se disipa. Mira su reflejo en la pared espejo del local: dos figuras adultas entre sombras nostálgicas.
¿Pedimos otro café? propone Valerio. Y creemos nuestro propio recuerdo de este sitio.
Cuando el camarero se acerca, piden no cruasanes, sino una tarta de manzana para compartir. En ese momento, Celia entiende que el café también le pertenece.
Al salir, la lluvia ya ha cesado. El aire nocturno es fresco y claro, y en la acera se reflejan los destellos dorados de las farolas. Celia se detiene, se vuelve hacia Valerio.
Ahora entiendo algo su voz recupera ligereza. No tengo que borrar tu pasado. Fue precisamente ese pasado el que te trajo hasta mí.
Valerio sonríe y la abraza:
Y yo he descubierto que eres la única persona con la que quiero compartir no solo cruasanes, sino toda la vida. Hasta lo más cotidiano se vuelve especial contigo.
Celia suelta una risa; en ella ya no queda rastro de la antigua inquietud.
Entonces prometámonos algo dice, más serio. No temamos a nuestras historias pasadas. Mejor, creemos nuevas, que algún día recordaremos con una sonrisa cálida.
Caminan hacia el coche, tomados de la mano, y Celia ya no visualiza a Catalina. Sabe que el pasado quedó en aquel café con el letrero descolorido. Su presente y futuro están aquí, en esta calle bajo estrellas que apenas se asoman entre las nubes disipadas.
El amor no es una competición contra los fantasmas del ayer; es el arte de crear recuerdos nuevos donde los viejos no duelen, sino que forman parte del camino. Lo mejor está por venir, y se vive juntos, sin miedo ni dudas.
Al llegar al coche, Celia se lanza de repente a cruzar los charcos, y Valerio, riendo, la persigue. Corren por la calle desierta como dos estudiantes que el viento ha llevado lejos.
¡Atrápame! grita ella, y sus ojos brillan con las mismas estrellas.
Cuando él la abraza en la siguiente curva, sin aliento, Celia susurra:
Tengo una idea. Mañana volvemos al café. Llegaremos temprano, cuando no haya nadie, y dejaremos algo en su tablón de notas
¿Qué?
Valerio + Celia. Inicio de una nueva tradición.
Él ríe y la besa en medio de la calle, bajo la curiosa mirada de un gato nocturno posado en el alféizar.
La última reflexión: el amor no borra la historia de la otra persona, la complementa con nuevos capítulos. Las mejores páginas son las que se escriben juntos, aquí y ahora.







