María permaneció mucho tiempo en el vestíbulo, apretando la hoja con dedos temblorosos. Las letras se difuminaban ante sus ojos, pero cada palabra cortaba como un cuchillo.

Begoña permanecía inmóvil en el vestíbulo, apretando con dedos temblorosos la hoja que temía romper. Las letras se desdibujaban ante sus ojos, pero cada palabra le atravesaba como una daga.

Begoña, perdóname. No estoy listo para esto. No puedo ser padre. No puedo vivir así. Me marcho. No me busques dijo, con una voz fría, sin una pizca de emoción.

No hubo nosotros. Solo un frío yo.
Pedro siempre había puesto sus intereses por delante, pero ahora

El leve susurro del pequeño Nico, que se retorcía en su cuna, la devolvió al presente. La vida había llamado.

Dejando la hoja sobre el armario, Begoña se dirigió a la cocina; necesitaba hacer algo antes de que todo se derrumbara. Allí la esperaba el siguiente golpe.

Sobre la mesa: dos copas de vino, una botella medio vacía, y un plato con queso seco. En el respaldo de la silla descansaba un delicado chal femenino. No era suyo.

No hacía falta más explicación. Begoña inhaló hondo. No gritó, no lloró; solo una determinación helada la invadió desde dentro.

Borró la mesa, lavó las copas, tiró la basura. Eliminó todo rastro de él. Luego abrió el armario y sacó una caja pequeña: el certificado de matrimonio, fotos de la playa, cartas, entradas de cine. Todo lo que alguna vez había significado nosotros.

Abrió la ventana y arrojó la caja al exterior. Un crujido sordo resonó bajo ella. Por primera vez sintió alivio.

A la mañana, Nico la despertó sollozando. El reloj marcaba las cinco. Se sentó en la cama, abrazó al bebé contra el pecho y percibió una extraña paz, la primera en mucho tiempo. No estaba sola. Él estaba allí.

El pequeño, vivaz y cálido Nico era lo único verdadero que le quedaba. Sin embargo, su cuerpo dolía, sus manos temblaban de cansancio y el dinero se estaba acabando. La maternidad no estaba traducida a billetes, y las cuentas no esperaban.

Cogió el móvil. Su dedo se detuvo sobre la palabra Mamá. Pero en su cabeza resonó aquella voz gélida:

Te lo dije, Begoña. No es el hombre para ti. Ahora decide tú sola.

Colgó el teléfono.

Esa misma noche descendió al sótano, donde Don José, el portero, permitía a los vecinos dejar cosas viejas. En un rincón yacía una vieja carrito de bebé, sucio, con ruedas torcidas. Begoña lo limpió, pegó los neumáticos y, con sumo cuidado, colocó dentro a Nico.

Por primera vez en días salió al exterior. La mañana otoñal olía a humo y a pan recién horneado, proveniente de la panadería de la esquina.

La panadería. Una vez trabajó allí, justo después del instituto. Sus manos siempre estaban cubiertas de harina, su rostro rojizo por el horno, pero entonces era feliz. Tal vez fuera el momento de volver a empezar.

Al día siguiente se presentó en la panadería. Todo había cambiado: un nuevo cartel, un nuevo dueño. Al explicar que buscaba cualquier trabajo limpieza, turno nocturno, ayudante la mujer detras del mostrador, una figura redonda y bonachona, la observó detenidamente.

¿Acabas de tener un bebé, verdad? preguntó.

Sí respondió Begoña.

¿Y tu marido?

No lo tengo.

La mujer suspiró.

Yo también pasé por eso. Ven mañana a las seis. Veamos cómo te va.

Begoña salió del local con la garganta seca, casi a punto de llorar. No por tristeza, sino por gratitud. Por primera vez en mucho tiempo, alguien no la había rechazado.

Una semana después sus manos volvieron a oler a masa. Noches sin sueño, dolores de espalda, agotamiento todo se quedaba pequeño frente al sentimiento de poder alimentar a su hijo.

Una tarde, mientras llevaba bandejas de rosquillas, la puerta repiqueteó. Begoña miró y se quedó paralizada.

Pedro. Afeitado, con una chaqueta nueva, esa misma sonrisa segura.

Begoña comenzó He pensado mucho. Quiero ver a mi hijo. Quiero volver.

Algo se movió dentro de ella, pero ya no dolía.

¿Tu hijo? Está bien. El domingo, a las diez de la mañana, en el parque.

El domingo llegó. Pedro apareció con un ramo y una caja de bombones. Begoña estaba sentada en una banca, el cochecito al lado. Pedro se agachó, miró dentro y sonrió.

Mira, es idéntico a mí.

Begoña lo miró serenamente.

No dijo bajando la voz parece al que no huyó. Al que estuvo aquí todos los días, mientras tú ni siquiera llamabas.

Pedro palideció, pero ella ya se levantaba.

¿Ves? añadió él no necesita a quien huye. Yo tampoco.

Empujó el cochecito por el sendero sin mirar atrás. Por primera vez en meses, su paso era firme.

Al regresar, abrió la ventana. El aire fresco invadió la habitación y Nico rió.

Begoña se sentó a su lado y susurró:

¿Sabes, pequeño? Todo va a estar bien.

Y esta vez lo creía.

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María permaneció mucho tiempo en el vestíbulo, apretando la hoja con dedos temblorosos. Las letras se difuminaban ante sus ojos, pero cada palabra cortaba como un cuchillo.
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