He hecho un test de ADN y resulta que no es mi hija me entregó mi marido, Iñigo, al abrir la puerta.
¡Lucía, ya basta! ¡Es la tercera vez este mes que te lanzas con cosas así!
María, te explico: mi nieta está enferma y no tengo a quién dejarla.
¿Y a mí qué? No puedo estar cambiándote de sustituto cada semana. ¡Esto no es una guardería, es una farmacia!
Sofía se quedó en un rincón del almacén, fingiendo que organizaba los frascos de pastillas. La responsable de la farmacia, Carmen Rodríguez, regañaba a Lucía por otro descanso. Lucía protestaba, casi llorando.
Dame una última oportunidad, ¡prometo no volver a hacerlo!
Justo esa será la última, frunció el ceño Carmen. Si vuelve a pasar, despido sin más.
Lucía asintió y corrió a su mostrador. Sofía suspiró. Trabajar en una farmacia no era fácil: clientes impacientes, jefe estricto y una rotación constante de personal. Pero necesitaba el sueldo.
Al volver a casa al atardecer estaba agotada. El piso estaba vacío: Iñigo todavía no había llegado del trabajo y su hija Carla estaba en casa de su amiga Lidia haciendo deberes. Sofía se cambió, puso la tetera y se dejó caer en el sofá.
Tenía cuarenta y dos años y, últimamente, se sentía mucho mayor. Fatiga crónica, migrañas, insomnio. Los médicos hablaban de estrés y le recetaban vitaminas, pero nada le aliviaba.
El móvil vibró con un mensaje. Carla decía que se quedaría cenando con Lidia y volvería antes de las nueve. Sofía respondió con un breve vale, no tardes.
Carla, de quince años, era una auténtica copia de su padre: pelo oscuro, ojos castaños, nariz recta. Iñigo siempre se pavoneaba de que la habían llevado a él, no a su madre. Sofía, rubia y de ojos grisáceos, contrastaba.
La puerta se abrió y entró Iñigo, tiró la mochila al recibidor y se dirigió a la cocina sin saludos.
Hola dijo Sofía. ¿Cómo ha ido el día?
Normal.
Él se sirvió un vaso de agua y lo bebió de un trago. Sofía lo observó, intentando descifrar qué pasaba. Iñigo estaba más serio de lo habitual; normalmente llegaba de buen humor y charlaba sobre el trabajo.
¿Todo bien?
Sí murmuró y se internó en la habitación.
Sofía frunció el ceño. Algo estaba claramente mal; quizás problemas en la farmacia. Iñigo era gestor en una empresa de distribución y los períodos de tensión no faltaban.
Se acercó a él, que estaba sentado en la cama mirando al vacío.
Iñigo, ¿qué ocurre? Estás raro.
Él levantó la vista. En sus ojos había una frialdad que nunca había visto.
Tenemos que hablar.
¿De qué?
De Carla.
Sofía se sentó junto a él.
¿Qué pasa? ¿Algo le ocurre?
Ella está bien. Yo no.
No entiendo.
Iñigo se levantó, abrió el armario y sacó un sobre.
Léelo.
Sofía tomó el sobre, con el sello de un laboratorio. Dentro había una hoja con tablas y cifras. La hojeó sin comprender.
¿Qué es esto?
Un test de ADN cruzó los brazos Iñigo. Lo hice hace un mes.
Sofía sintió un escalofrío.
¿Qué test? ¿Por qué?
De paternidad. Quería confirmar que Carla era mi hija.
¿Estás loco? exclamó Sofía, saltando del sofá. ¡Claro que es tu hija!
No, contestó Iñigo con serenidad. No lo es. Mira aquí, al final. Conclusión: paternidad excluida.
Sofía miró la parte inferior del documento: en letra negra sobre fondo blanco decía Probabilidad de paternidad: 0%.
Debe ser un error murmuró. No puede ser cierto.
Entonces, ¿por qué me lo dices? la voz de Iñigo se volvió dura. ¿Tienes algo que contar?
¿Qué? ¡No entiendo nada!
No te hagas la inocente. Has sido infiel. Carla no es mía.
Sofía se desplomó en la cama, las piernas flácidas, la cabeza aúlla.
Nunca te he engañado. ¡Jamás!
Entonces, ¿por qué el test dice lo contrario?
No lo sé. ¿Y si el laboratorio se equivocó? ¿Y si mezclaron las muestras?
Iñigo esbozó una sonrisa irónica.
Todos dicen lo mismo. El laboratorio es el mejor de la ciudad, no comete errores.
Iñigo, escúchame Sofía agarró su mano. Te juro que nunca te he engañado. Carla es tu hija, lo sé.
Él retiró la mano.
¿Vas a seguir mintiéndome?
No miento.
Bien, me voy a pensar. Me quedaré unos días en casa de la madre.
¡No puedes irte así! ¡Tenemos que aclararlo!
Lo aclaras tú. Estoy harto de mentiras.
Salió cerrando la puerta de un portazo. Sofía quedó con el sobre en la mano, sin poder creer lo que leía. Cada día de embarazo, cada momento Carla había sido su hija con Iñigo, y ahora todo se desmoronaba.
Las lágrimas le corrían por la cara. ¿Qué hacía ese test?
A las nueve volvió Carla, alegre, con los ojos chispeantes.
¡Mamá, hola! Lidia y yo hablamos de un proyecto de biología.
Sofía se secó y fingió una sonrisa.
Qué bien, hija.
¿Estás triste? preguntó Carla, observando a su madre.
No, solo cansada. Ve a cenar.
¿Y papá?
Se ha ido a casa de la abuela. Tiene cosas que hacer.
Carla se encogió de hombros y se dirigió a la cocina. Sofía se quedó pensando en qué hacer. Llamó a su amiga Violeta.
¡Sonia, hola! ¿Cómo vas?
Vio, tengo un problema. ¿Puedo pasar?
Claro, ven. ¿Qué pasa?
No quiero contarte por teléfono. Llego enseguida.
Violeta vivía en un piso de dos habitaciones en el barrio de Chamberí; se conocían desde la escuela y se confiaban ciegamente.
Al llegar, Violeta la recibió con el ceño fruncido.
¡Qué cara más pálida! Siéntate y cuéntame.
Sofía le explicó el test, las acusaciones de Iñigo y su partida.
¿El test mostró cero por ciento?
Sí.
¡Imposible!
Yo tampoco lo creo.
Violeta reflexionó y, finalmente, dijo:
Lo más sensato es repetir el análisis en otro laboratorio.
¡Exacto! Sofía se iluminó. Necesito una segunda prueba.
Al día siguiente buscó en internet varios centros de análisis en Madrid, eligió el que tenía mejores reseñas y pidió cita. Iñigo no respondía a sus mensajes; Carla preguntaba por su papá y ella le decía que la abuela estaba ocupada.
El sábado, Sofía y Carla fueron al centro médico. Carla no entendía por qué necesitaban un análisis, pero Sofía le dijo que era por prevención. Le tomaron un hisopo bucal; prometieron resultados en una semana.
Mamá, ¿para qué? preguntó Carla de regreso a casa.
Sólo por precaución, cariño.
La semana se alargó eternamente. Sofía trabajaba, cocinaba, limpiaba, pero su mente solo giraba en torno al resultado.
Al quinto día, Iñigo volvió a llamar.
Hola, ¿cómo están?
Bien respondió Sofía, seca. Carla pregunta por ti.
Dile que pronto vuelvo. Tengo que pensarlo.
Hice una segunda prueba, en otro laboratorio.
¿Por qué?
Para comprobar. Confío en que el primero estuvo equivocado.
Sofía, basta de engaños.
No me engaño. El informe llega en dos días. Ven y lo vemos juntos.
Silencio.
Vale, iré.
El lunes Sofía recibió el informe por correo. Con manos temblorosas abrió el archivo. Las palabras repetían: Probabilidad de paternidad: 0%. Dos pruebas diferentes, dos laboratorios, mismo resultado.
Ese mismo día Iñigo llegó a casa. Sofía le mostró el segundo informe; él asintió.
Lo ves, mismo caso.
No entiendo ¡Yo nunca!
Los hechos hablan. Carla no es tu hija. Así que, por tanto, tú me engañaste.
Sofía se quedó sin palabras. Iñigo se levantó, tomó su chaqueta.
Me voy unos días a casa de mi madre.
¡No puedes irte! Tenemos que solucionar esto.
Soluciona tú sola. Estoy cansado de mentiras.
Salió con la puerta dando un fuerte golpe. Sofía se quedó sentada, el sobre todavía entre sus manos.
Al día siguiente, Carla volvió del instituto, llena de energía.
¡Mamá, papá! En clase nos van a hacer pruebas genéticas para conocer nuestros orígenes.
Iñigo sonrió sin mucho entusiasmo.
Si quieres, hazlo. Nosotros no vamos a participar.
Carla aceptó, y unas semanas después recibió los resultados: Origenes mayoritariamente ibéricos, con toques de otras regiones europeas.
Iñigo se limitó a comentar que estaba interesante.
Una tarde, mientras Sofía revisaba unos viejos documentos, encontró una ficha médica de hace quince años. En ella se anotaba: Infertilidad, propuesta de fecundación asistida.
Llamó a la clínica donde la habían atendido. La recepcionista la puso en contacto con la responsable.
Buenas, soy Sofía, quiero saber qué material se usó en la fecundación de 2009.
Déjeme buscar Allí está. La intervención la realizó el Dr. Serrano, que ya falleció. En la hoja dice que se utilizó material de donante, sin especificar quién.
¿No hay registro del donante?
No. En esos años la normativa era menos estricta.
Sofía comprendió entonces que Carla había nacido de una donación anónima, no del esperma de Iñigo. No había infidelidad, solo una decisión médica que ella había aceptado sin comprender del todo.
Esa noche le contó todo a Iñigo.
Así que nunca firmaste nada?
No, confié en el médico.
Iñigo caminó por la habitación, pensativo.
Entonces he criado a una hija que no lleva mi sangre.
¡Pero sí la lleva! exclamó Sofía. La hemos criado, la amamos, la educamos.
La sangre es distinta, Sofía.
Sofía tomó sus manos.
No te engañé. No fallé. Fue el sistema.
Iñigo guardó silencio.
¿Te vas a ir?
No lo sé.
Pasaron días tensos. Iñigo seguía en casa, pero distante; hablaba con Carla como siempre, pero con Sofía evitaba el contacto.
Una noche, Iñigo la llamó a la cocina.
He decidido quedarme.
Sofía sintió que el peso se aliviaba.
¿De verdad?
Sí. Carla es mi hija, con sangre o sin ella. La he criado, la quiero. Eso vale más que cualquier prueba.
Pero
No vamos a decirle nada a Carla. Mantengamos la historia.
Sofía asintió, aliviada. Se abrazaron y el ambiente se relajó.
Con el tiempo, la vida volvió a la normalidad. Sofía siguió en la farmacia, Iñigo en su empresa de distribución y Carla en el instituto, sin sospechas sobre su origen.
Un día, Carla volvió del colegio emocionada.
¡Mamá, papá, en la escuela nos van a hacer pruebas de genes para conocer nuestros antepasados!
Iñigo sonrió.
Hazlo si quieres, pero nosotros nos quedaremos con lo que ya sabemos.
Carla aceptó y pronto recibió un informe que mostraba raíces ibéricas y alguna chispa vasca.
Sofía miró a Iñigo con gratitud; él había perdonado una situación que nunca fue culpa de ella. Ambos comprendieron que la familia no se mide en cromosomas, sino en los momentos compartidos.
Al final, la lección fue clara: el amor y el cuidado son los verdaderos lazos, y ninguna prueba de ADN puede cambiarlo.







